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«Conurbano profundo»: un saraseo malintencionado de cronistas y tuiteros

Por Leonardo Torresi.

El Conurbano habla, pero no la dan tanta bola. Como dicen los académicos, el Conurbano “es hablado” y lo que está del otro lado de la General Paz, funciona como una referencia. Ahí aparece ese verso poético de la mala intención: “el conurbano profundo”

¿Profundo respecto de qué? ¿De la Capital? ¿De la parte del conurbano que no es profunda? ¿Habría, por oposición, una “capital superficial”, un primer conurbano un poco más abajo y, finalmente, el conurbano profundo?

En el conurbano nació una expresión: “Gatillo fácil”. Se sabe quien es el autor. Toto Zimerman, un abogado de las causas populares que adaptó el “gatillo alegre” de Rodolfo Walsh.

¿La expresión “Conurbano profundo” la habrá inventado alguien o se hizo sola? ¿Habrá sido Borges? “Profundo” parece de esas palabras del gusto del genio ciego.

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Si la profundidad se desplegara hacia los costados, como la mayoría de las cosas en la vida normal, acá parece no aplicarse.

Conurbásico: en gran parte de la franja Riachuelo el primer conurbano que aparece es el orillero, mientras que lejos del limite existen lugares de lo más bacanes como Banfield o Adrogué.

El “conurbano profundo”, es decir pronunciar esa pareja de palabras con el tono de estar descifrando un secreto antropológico, fue la gran tentación de las perimidas crónicas de las revistas premium y de la piolada tuitera.

Quizá porque la palabra es linda (“profundo” podría ser el nombre de un vino o de un disco de José Larralde), algunos vecinos se la apropian.

“Acá en el conurbano profundo”, insiste un reputado twittero de González Catán que se ufana de vivir a pocas cuadras de una ruta, un hecho que caracteriza como la única forma real de experimentar la conurbanidad. La profunda, por supuesto. Quizá hacían falta más relatos crueles de lo que pasa en la superficie. Ahora que todos, todas, todes, nos llamamos el Amba, la pandemia, en su faceta justiciera, al menos se ocupó de unificar algunos.