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“Ahí comienza el mundo” **Por SEF

Me gusta estar sentado en el jardín de casa los domingos a la mañana. Tengo un banco de plaza que heredé o, mejor dicho, hurté de alguna escenografía de una obra y nunca más lo devolví, y suelo sentarme ahí o en las reposeras marplatenses que tengo. Tomo unos mates y observo y escucho.

Pasan vecinos que se plantean qué van a comer al mediodía, otros que huelen las flores de la reja de mi casa e intentan adivinar qué clase de flor es, o huelo el olor a carbón de las parrillas de la zona.

Como soy culo inquieto, tampoco es que estoy mucho sentado. A veces no estoy. O recorto las palmeras que se me están viniendo arriba y a veces tienen ramas cerca, o simplemente las corto para que me dé más el sol. O acomodo la enredadera del ojo del poeta para que no se le vaya a la vecina, que ya me aclaró, con pocas ganas, que no la quiere de su lado. O acomodo el jazmín que, como estamos en primavera, comienza a dar flores blancas y olor dulce. O simplemente veo el cielo y su eternidad.

El cielo y el mar se parecen. Ambos son eternos. Uno arriba y otro abajo. El color es similar.

Cuando era chico, una vez le pregunté a mi mamá, estando aburridos en la playa en Mar del Plata, qué era lo que había allá al fondo, señalando el horizonte. Y ella, muy rápidamente, como para sacarse el tema de encima, me respondió:

—Ahí comienza el mundo.

Ella no lo sabe, pero esa frase me marcó.

Yo no sé si es verdad o, mejor dicho, yo sé que no es verdad. Pero, como muchas veces en la vida, elegimos creer más en una mentira que en una verdad. Como los nenes que, a determinada edad, saben que el gordo vestido de invierno que aparece los 24 a la noche es el padre, pero para seguir recibiendo regalos eligen hacerse los boludos y seguir creyendo.

Yo soy ese mismo nene en esa playa de Mar del Plata eligiendo creer eso: que ahí comienza el mundo.

Entonces sé que cuando miro el eterno cielo o cuando miro el horizonte en el mar ya no estoy solo y nunca lo estaré, porque ahí comienza todo. Y desde ahí hasta el infinito y más allá, como dice Buzz Lightyear, el capitán del espacio al que se le rompió su nave en Toy Story.

Yo prefiero al otro Capitán del Espacio, al de chocolate y dulce de leche que venden en zona sur.

Ahora mismo estoy sentado en el jardín y hay tres aguiluchos que vuelan en ese cielo celeste. Chillan y gritan como gimiendo.

Quizá estén ahí, viendo ese horizonte, y el aguilucho mamá le esté diciendo a sus hijos que ahí comienza el mundo.