La última gira **Por SEF
Hay un poema de Laura Wittner que me gusta mucho. Se llama “Cuando conocí a los perros”.
El poema dice lo siguiente:
Pobres los perros / repetíamos / que se nos mueren antes, / se van en episodios / que ni ellos entienden. / Y dejan esa memoria / rara, que no termina de ser trágica ni cómica, / recuerditos que salen al patio / a enredarse con otros / para bien o para mal, / guiados, confusos / por nada más que el instinto. / Y cómo nos miraron, / enormes / directo a los ojos, / queriendo darnos un consuelo, / para esas cosas / de humanos; / pidiendo consuelo y agua / para sus cosas de perros. / Sara, Beto, Dongo, / Chango, Pamela, / Tinka / Perlita / Lanki.
Es hermoso el poema de Laura, ¿no? Logra algo fundamental: que el lenguaje se vuelva vital y se salga de la literatura.
Tan vital que logró algo que yo no había podido hacer en años: escribir sobre un gran amigo. Un tipazo.
Su nombre era Soda.
Y era un fenómeno.
Era un Border Collie “tricolor” de la gama de los marrones. Tenía una facha absoluta, como la de Brad Pitt encarnando al personaje de Cliff Booth cuando repara los techos californianos con el torso al desnudo en Once Upon a Time in Hollywood.
Quien se cruzaba por la calle a Soda se paraba para felicitarme por tan hermoso perro. Supongo que él lo sabía porque, cuando alguien le decía que era hermoso, su cola se convertía automáticamente en un ventilador.
Era un perro sumamente cariñoso y juguetón. Le gustaba mucho hacer travesuras, como la vez que, dando un paseo por el Parque de las Colonias —el Central Park de los lanusenses—, le comió el copo de nieve a una nena que, de un momento a otro, pasó de tenerlo en su mano a solo ver la punta del palito rosa dentro del hocico de mi perro. Automáticamente tuve que pedirle disculpas al padre de la nena y comprarle otro copo.
Una vez se me escapó del departamento y lo busqué desesperado durante varios minutos. Ya en estado de llanto y desesperación porque no aparecía, me quedé tirado en el pasillo del piso. De pronto se abrió la puerta del ascensor y estaba Soda, erguido con sus dos patas sobre el pecho de un tipo desconocido mientras lo lengüeteaba todo.
El hombre resultó ser un nuevo vecino del edificio y, por suerte, tenía la mejor onda con Soda. Me contó que cuando llegó lo vio en el palier, frente a la puerta del ascensor, esperando que se abriera.
Otra que recuerdo ahora, mientras escribo la columna, fue la vez que una vecina, cansada de que Soda hiciera sus necesidades en su puerta (más allá de que le juntábamos sus cosas con bolsa, a la mujer no le gustaba que usara su puerta de inodoro), me esperó a que pasara con Soda a la hora del paseo nocturno para advertirme que no quería saber más nada, por más que limpiara, con que pasara con el perro por su puerta.
Y mientras me lo decía, Soda hizo caca para luego, con sus dos patas traseras, pegar dos latigazos como si fueran las patadas de un caballo y pintarle con sus restos la pared de la casa a la vecina, que para ese momento ya estaba en un grito de furia viendo el frente de su casa, que le había quedado como el fresco de la Capilla Sixtina.
—Vamos, Miguel Ángel —le dije a Soda.
Y nos fuimos entre los gritos de furia de la doña.
Soda tenía devoción por las pelotas de tenis. Le encantaba que se las tiraran para ir desesperado a buscarlas y traerlas, todas babeadas, para que se las volvieras a tirar. Era su forma de hacerte entender que te quería. Si estabas en casa y él venía con la pelota para dártela, era sinónimo de que ya eras su amigo.
Eso y que te recibiera con el hocico cabeceándote los huevos o los ovarios. Era un tipo raro, pero esa era su forma de demostrarte cariño.
A los que odiaba con toda su alma y con los que jamás se iba a encariñar era con los gatos. No los podía ni ver. Les podía ladrar un día entero si era necesario. Sus cuerdas vocales no tenían fin si se trataba de gritarle a un gato. Tenía las cuerdas vocales de Steve Perry, el cantante de Journey.
Mi vecina actual, y la última de Soda, una noche nos llamó por teléfono para pedirnos que le “bajáramos” el volumen al perro porque ella no podía ver la tele tranquila. Le preguntamos qué estaba viendo y, cuando nos dijo “Tinelli”, le respondimos que Soda le estaba haciendo un favor, que la que tenía que bajar el volumen era ella.
Nunca entendió el chiste mi vecina porque desde ese día nunca más nos habló.
Cuando nació Andy, teníamos temor porque Soda era muy bueno pero muy torpe y no sabíamos cómo iba a ser la convivencia con un bebé. Entonces, durante el primer año de vida de Andy, tomamos la decisión de dejar a Soda en la casa de mis suegros hasta que el bebé fuera un poquito más grande.
Cuando Soda volvió de su exilio y conoció a Andy, lo amó a primera vista y decidió hacerse su granadero. Si venías a casa y Soda no te conocía bien, se paraba al lado de la cuna de Andy y automáticamente te mostraba sus colmillos de Drácula. Lo cuidaba como a nadie.
Y si Andy bebé se ponía a llorar, Soda se desesperaba aullando para que hiciéramos algo. Como diciendo:
—Estúpidos, ¿no ven que el bebé necesita algo?
Su mejor momento fue el peor de mucha gente: la pandemia.
La cuarentena fue una fiesta para Soda. Nos tenía las 24 horas para él. Ese año recuperamos el tiempo que lo tuvimos en el exilio y él lo disfrutó un montón. Todas las tardes, en medio de ese encierro necesario, nos íbamos a la terraza a comer mandarinas al sol —nuestra terapia y medicina anti-COVID—. Y Soda se comía dos o tres mandarinas solo mientras corría, asomado a la medianera, a las palomas que se posaban sobre el techo de chapa de la casa de al lado.
Soda era único.
Un mediodía volvía cansado de cursar de la facultad y me tiré a dormir una siesta. Soda no entró conmigo a tirarse sobre mi espalda, como a él le gustaba. En cambio, decidió quedarse afuera.
Me resultaba raro, pero era primavera y estaba calentito al sol, entonces pensé que quizá quería estar revolcado en el pasto, cosa que también amaba.
No pude dormir porque sentía que el tipo tenía una tos rara y salí a verlo.
Algo le pasaba.
Soda, el perro con más vitalidad del mundo, estaba de capa caída.
Lo llevamos a uno, dos, tres veterinarios. Nadie daba en la tecla hasta que, googleando (mi sentido hipocondríaco, al igual que el arácnido de Peter Parker, me sirvió para algo aquella vez), di en la tecla.
El Chrome respondió a mis preguntas: tenía moquillo.
A los días, después de dar con un veterinario de la vieja escuela, el resultado estaba a la vista. Apenas lo vio, me lo dijo:
—Tu perro se pescó el moquillo de cabeza.
El panorama no era alentador, pero Soda era el perro de las mil maravillas. Pensábamos que iba a zafar. Como cuando un equipo juega horrible, pero uno está convencido de que en el minuto noventa va a aparecer un gol de rebote. Siempre esperamos detrás del alambrado ese gol.
Una noche, mientras le cocinaba carne al horno para que comiera porque no lo venía haciendo, se descompensó y tomé la decisión de cargarlo en el auto y llevarlo adonde fuera.
Soda era muy grandote y no podía hacerlo solo. Entonces mi primo, que me hizo la gamba en un momento más que necesario, me ayudó y nos recorrimos todo el conurbano buscando un hospital canino para internarlo.
Mi perro Soda estaba haciendo sonar los últimos acordes de su vida.
Su despedida no podía ser de otra forma. Soda era del conurbano y no se iba a ir sin antes dar una última gira por el barrio.
En una madrugada nos recorrimos Lanús, Escalada, Avellaneda, Banfield, Temperley, Adrogué, Burzaco, Quilmes. Ninguno. Ningún hospital lo agarraba. Tenía que ser de infecciosos y los que había estaban todos abarrotados de perros.
Me acuerdo de estar con mi primo, Soda en el asiento de atrás sin dar más y nosotros ya rendidos de haber pasado por todos los hospitales sin ninguna respuesta. El sol estaba por salir cuando llamé a un teléfono que me habían pasado en el primer hospital y, en un último llamado agónico, una voz del otro lado del tubo me dijo:
—Si venís en quince, te lo interno.
Y allí fuimos.
Claypole era el destino final.
Soda permaneció dos días internado. Al tercero, se cerró el telón. Se fue de gira para siempre.
Entre los griegos, “humano” y “mortal” se decía con la misma palabra. Ellos aseguraban que las plantas y los animales no eran humanos porque no sabían que iban a morir. Se morían, claro, pero sin tener una vinculación individual, la de cada uno de ellos, con la muerte.
Laura, en el poema que cité al comienzo, dice algo similar: «Se van en episodios / que ni ellos entienden».
Sin ofender a los sabios griegos (y un poco a la extraordinaria Laura), yo creo que Soda fue el más humano y mortal de los animales.
El día anterior a la noche en que se descompensó nos regaló una tarde hermosa. Parecía haberse curado de toda enfermedad y jugó a la pelota como nunca.
Aquella última tarde entregaba todo lo que tenía para conseguir que la pelota jamás tocara el piso. La cazaba en el aire, nos la traía y esperaba que se la volviéramos a tirar. Una y otra vez. Hasta el cansancio. Hasta el final.
Quizás Soda sabía que se estaba muriendo. Quizás entendía mejor que nosotros lo efímero de esa tarde.
Ahora pienso que jugó un poco por él y otro poco por nosotros.
Esa tarde Soda nos hizo felices por última vez.
Después la luz del día se escondió.
Atrás de ella, Soda hizo lo mismo.
Sin decirnos nada, se había despedido.
Chochi, otro amigo necesario en un momento más que necesario, me acompañó a despedirme de él el último día que estuvo internado.
Soda, el perro más fiel y juguetón del mundo. El mejor ladrador de gatos y hacedor de abono en el barrio.
Aquel cachorrito que me había regalado YBC, escondido en una cajita cuando tenía tres meses, con un pañuelo bandana color rojo alrededor del cuello y una carta que decía:
“Me llamo Soda, como tu grupo favorito, y ahora vos sos mi dueño”.
Ese perro rockero, diez años después, había decidido dejar los escenarios.
Había optado por irse joven, entero, fachero como Brad en los techos, para conseguir alguna novia perruna a su altura en el cielo de los perros.
Con YBC y Andy le hicimos una pequeña despedida en casa. Tiramos sus cenizas mientras de fondo sonaba el disco Canción animal de Soda bien fuerte y, junto a ellas, pusimos su collar, su pelota —para que nunca le falte— y un dibujito que le había hecho mi nene.
En su lugar pusimos una palmera que creció de manera inexplicable y en tiempo récord. Una palmera mágica que, a veces, si ve algún gato en el techo, los vecinos dicen que la escuchan ladrar.
Hay una película que me encanta que se llama Marley y yo, basada en un libro autobiográfico del periodista estadounidense John Grogan. Cuenta la vida de una familia a través de los años que comparte con su perro.
Al final, el personaje de Grogan, interpretado por Owen Wilson, dice:
“A un perro no le importa si eres rico o pobre, brillante o torpe, listo o lento. Dale tu corazón y él te dará el suyo. ¿De cuántas personas se puede decir eso? ¿Cuántas personas pueden hacerte sentir extraordinario?”
Soda hizo eso. No solo nos hizo sentir extraordinarios, sino únicos.
Nuestro perro se fue en octubre de 2022, pero nos sigue acompañando. Tal es así que Alicia, mi hija más chica, no lo conoció, pero habla de él como si le hubiera tirado la pelota varias veces.
Una tarde, en Mar del Plata, estábamos en Playa Grande cuando, de la nada, apareció un Border Collie idéntico a Soda. Se acercó y me trajo una pelota.
Atrás, su dueño lo corría desesperado, pidiéndome disculpas.
Le dije que no tenía que disculparse por nada. Era yo quien le tenía que agradecer.
Estaba seguro de que Soda había reencarnado y ahora vivía en Mar del Plata.
Agarré de su boca la pelota, toda babeada, y se la tiré.
Y por un ratito, volvimos a jugar.

