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La balanza de las cosas *** Por SEF

Ayer, con mis hijos, comenzamos a ver nuevamente Cobra Kai, una serie derivada de las películas de Karate Kid, en la que sus dos protagonistas, Johnny Lawrence y Daniel LaRusso (interpretados por William Zabka y Ralph Macchio), no se toleran. Siguen enemistados desde la final del torneo juvenil All Valley, cuando LaRusso le ganó a Johnny con la famosa patada de la grulla, que hoy nos damos cuenta de que fue ilegal.

Ese hecho determinó no solo que su enemistad perdurara en el tiempo, sino también que sus vidas se inclinaran como una balanza. Una de esas balanzas que tenía mi familia en el almacén mayorista y que hoy son objeto vintage de culto y decoración. Una balanza que, desde aquella final, se inclinó para un lado y no para el otro.

A Daniel, ganar aquel torneo le vaticinó un futuro brillante: dueño de una concesionaria de autos mega exitosa, con un poder económico enorme, vive en la zona de Encino (llevado al conurbano serían Las Lomitas) con su familia hegemónica, una mujer bellísima interpretada por Courtney Henggeler y dos hijos que, aunque intenten presentarlos como menos hegemónicos, siguen siendo blancos con problemas de niños ricos.

Del otro lado de la balanza, la vida de Johnny nunca pudo superar aquella patada de la grulla. Si bien es el más hegemónico de todos por su naturaleza física —rubio, de ojos celestes y buen porte—, ahora vive en un barrio precario de clase media-baja, en un complejo de apartamentos en la zona de Reseda (trasladado al conurbano bonaerense sería una especie de monoblocks), sumido en el alcoholismo, con su casa llena de botellas de cerveza de una marca muy barata y ganadora de todos los concursos a cirrosis.

Trabaja haciendo mantenimiento en las casas de gente adinerada, donde lo tratan mal, le pagan poco y, para completar el cuadro, está envuelto en deudas.

Ah, y está envuelto sentimental y físicamente en los años ochenta. Todo lo que lo rodea, su auto, su ropa, su televisor, su vocabulario, su percepción del mundo, todo, absolutamente todo, parece detenido desde aquella final perdida en el año 84.

La primera escena que vemos de él es el sonido de un despertador digital de los ochenta, como el que tenía mi papá en su mesita de luz cuando era chico, que le sonaba el despertador encendiendo la música de la Rock & Pop.

Johnny lo apaga de un manotazo mientras tira botellas de cerveza vacías y, al despertar, toma un trago del culito que le había sobrado de la noche anterior.

Uno podría pensar que aquella patada de la grulla determinó el destino de los dos. Que Daniel ganó el torneo y, de paso, ganó la vida. Y que Johnny perdió ambas cosas.

Pero a medida que avanza la serie entendemos que ninguno de los dos pudo salir del todo de aquella final. Uno quedó atrapado en la victoria. El otro, en la derrota.

Sin embargo, Cobra Kai se encarga de mostrarnos que las balanzas nunca se quedan quietas. Que a veces el que parece haber ganado todo está perdiendo algo que no se puede comprar, y el que perdió todo todavía tiene alguna posibilidad de empezar de nuevo.

Cuestión que, a medida que avanzan los capítulos, estos dos antagonistas se van cruzando. No dejan de vivir en una especie de mismo municipio. Y van lidiando con sus problemas, a veces inclinando la balanza del almacén de mi familia hacia un lado y a veces hacia el otro.

Con Andy ya la habíamos visto completa en su momento. Alicia, cuando se estrenó, aún no había nacido y ahora encuentra una fascinación absoluta por la serie.

—Veamos la de Cobra Kai que nunca morirá.

Dice esto haciendo alusión distorsionada al famoso lema del dojo de karate que le puso nombre a la serie: Cobra Kai Never Dies.

La abuela de YBC, cuando esta era chica, le había dicho que, si un nene se sobrepasaba con ella en alguna oportunidad, tenía que darle una patada en los testículos para anularlo por completo. Alicia, viendo la serie de karate, aprende lo mismo.

A veces, volver a ver algo que ya viste te da tranquilidad. En un mundo donde no podés controlar absolutamente nada y pareciera que tu destino está atado con cinta Scotch, volver a mirar algo cuyo devenir ya conocés, cuyos capítulos podés recorrer sin sorpresas, te da cierta estabilidad en esa balanza. Ya no estás pesando kilajes, estás pesando emocionalidad.

Hace un tiempo leí un artículo de un psicólogo sobre Friends. Decía que volver a mirar una serie que conocemos de memoria nos permite regresar, aunque sea por un rato, a una versión anterior de nosotros mismos.

Al parecer, ver por enésima vez a Ross separándose de Rachel, a Chandler haciendo chistes y a Joey comiendo cualquier cosa que encontrara en una heladera nos daba cierta tranquilidad. Nos devolvía a ese joven que todavía tenía a sus amigos cerca, que creía que cualquier problema podía resolverse y que no vivía inundado de mensajes y pantallas.

Quizá por eso tanta gente sigue mirando Friends treinta años después. Es una especie de clonazepam natural para irse a dormir, pero sin tener que ir a la farmacia.

Hace unos días, en el cuaderno de comunicaciones de Andy, su maestra nos envió una nota en la que nos contaba que había manifestado estar angustiado por la muerte de su bisabuelo.

No es para menos. Todos lo estamos.

Pero Andy, que es un nene frágil y de pocas palabras, no nos había dicho nada al respecto.

Quizá por eso me pidió volver a ver Cobra Kai. Quizá por eso vemos mil veces Volver al futuro, Rocky, Lost, etc. Para seguir pegados a ese pedazo de cinta Scotch e intentar controlar, de alguna forma, la balanza del mundo, que a veces se nos inclina del lado de LaRusso y otras del de Lawrence.

Mi abuelo tenía 89 años y parecía tener controlado, de alguna manera, su final. No tenía problemas importantes de salud. Vivía solo, manejaba y llevaba una vida completamente independiente.

Menos de un mes antes de morir había renovado el registro de conducir y hecho la VTV. A los 89 años, mi abuelo tenía más papeles al día que la mayoría de los autos que circulan a diario por el conurbano.

Evidentemente, tenía pensado seguir andando.

Pero una mañana, la cinta Scotch de su destino no aguantó.

Se cayó de la cama mientras dormía, se abrió la oreja y, en aquel hospital, mientras le daban los puntos para curar la lastimadura, pescó una neumonía que, en menos de una semana, hizo que abandonara su cuerpo terrenal.

No estaba en los planes de nadie. Mucho menos en los de él. Pero, como leí, el destino es todo lo que uno no sabe de sí mismo.

Ahora nuestra balanza quedó desbalanceada.

No pesa nada.

Por eso, quizá, nos abocamos todas las noches a ver Cobra Kai y a fingir que no sabemos que, al final de la serie, terminan todos amigos. Que Johnny y Daniel, después de más de treinta años de enemistad, deciden poner un dojo en común y formar definitivamente una amistad.

Mirando todas las noches esta serie intentamos seguir pegados a esa cinta que se rompió hace unos días. Tratamos de convencernos de que todavía podemos controlar algo, aunque sea el destino de dos tipos que siguen peleándose por una patada que ocurrió en 1984.

Y nos encontramos con algo parecido a lo que Pink Floyd llamó The Dark Side of the Moon: esa parte de la vida que permanece fuera de nuestra vista hasta que, de golpe, nos toca conocerla.

Ahora, mientras escribo esto, el sol entra por la ventana y se refleja en la pantalla de la computadora. No sé muy bien qué estoy escribiendo. Quizá sea otra manera de intentar equilibrar la balanza. Como me enseñó Telma, mi psicóloga, escribir lo que te hace mal es una forma de soltarlo.

Ahora nuestra balanza tiene un peso nuevo. Uno que no sabemos dónde poner.

Mejor ver más Cobra Kai, mejor ver a los amigos de Nueva York que toman café en el Central Perk. Fingir que, por un rato, estamos dentro de un mundo donde sabemos lo que va a pasar.

Ojalá Johnny Lawrence deje de tomar esa cerveza barata. A esta altura de su vida, por lo menos podría darse el gusto de tomar una que no le produzca tanta acidez.