A 42 años del asesinato de Paco Urondo y la desaparición de Alicia Raboy

Hace 42 años, en Mendoza, el policía de la dictadura Celustiano Lucero asesinó de un culatazo a Francisco “Paco” Urondo, uno de los poetas argentinos más grandes de la historia, también notable periodista y militante montonero. Ese mismo día su esposa, Alicia Cora Raboy, también periodista, y la hija de ambos, Ángela Urondo Raboy (todavía una bebita), fueron detenidas. Alicia está desaparecida hasta hoy. Tras las huellas de sus padres en muchos aspectos, Ángela es escritora y periodista.  Alicia y Ángela estuvieron en el D2 de investigaciones de Mendoza. Aquí van algunas piezas en homenaje a la memoria de Paco y Alicia.

Poemas de Francisco Urondo

“La pura verdad” (De El otro lado, 1967)

Si ustedes lo permiten,
prefiero seguir viviendo.

Después de todo y de pensarlo bien, no tengo
motivos para quejarme o protestar:

siempre he vivido en la gloria: nada
importante me ha faltado

Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado
de las cosas de este mundo con inconsciencia y dolor y
miedo y apremio.

Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve
sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables.

Me avergüenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe,
melancólica, débil, poco interesante,

un abanico de plumas que el viento desprecia,
caminito que el tiempo ha borrado.

Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin darme cuenta, voy iniciando
una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a cualquiera o aburrir de golpe.

Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi memoria ha muerto y se queja
con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos.

El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme, pero lo he derrotado
para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algún día.

Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la Cenicienta, aunque
algunos

me recuerden con cariño o descubran mi zapatito y también vayan muriendo.

No descarto la posibilidad
de la fama y el dinero; las bajas pasiones y la inclemencia.

La crueldad no me asusta y siempre viví
deslumbrado por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.

Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud
y en mi destino y en la buena suerte:

sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido
y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.

Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra;
compartir este calor, esta fatalidad que quieta no sirve y se
corrompe.

Puedo hablar y escuchar la luz
y el color de la piel amada y enemiga y cercana.

Tocar el sueño y la impureza,
nacer con cada temblor gastado en la huida.

Tropiezos heridos de muerte;
esperanza y dolor y cansancio y ganas.

Estar hablando, sostener
esta victoria, este puño; saludar, despedirme

Sin jactancias puedo decir
que la vida es lo mejor que conozco.

 

“No puedo quejarme” (De Poemas póstumos, 1972)

Estoy con pocos amigos y los que hay
suelen estar lejos y me ha quedado
un regusto que tengo al alcance de la mano
como un arma de fuego. La usaré para nobles
empresas: derrotar al enemigo– salud
y suerte–, hablar humildemente
de estas posibilidades amenazantes.

Espero que el rencor no intercepte
el perdón, el aire
lejano de los afectos que preciso: que el rigor
no se convierta en el vidrio de los muertos; tengo
curiosidad por saber qué cosas dirán de mí; después
de mi muerte; cuáles serán tus versiones del amor, de estas
afinidades tan desencontradas,
porque mis amigos suelen ser como las señales
de mi vida, una suerte trágica, dándome
todo lo que no está. Prematuramente, con un pie
en cada labio de esta grieta que se abre
a los pies de mi gloria: saludo a todos, me tapo
la nariz y me dejo tragar por el abismo.

 

“La verdad es la única realidad” (De Cuentos de batalla, 1976).

Del otro lado de la reja está la realidad, de
este lado de la reja también está
la realidad; la única irreal
es la reja; la libertad es real aunque no se sabe bien
si pertenece al mundo de los vivos, al
mundo de los muertos, al mundo de las
fantasías o al mundo de la vigilia, al de la explotación o
de la producción.
Los sueños, sueños son; los recuerdos, aquel
cuerpo, ese vaso de vino, el amor y
las flaquezas del amor, por supuesto, forman
parte de la realidad; un disparo en
la noche, en la frente de estos hermanos, de estos hijos, aquellos
gritos irreales de dolor real de los torturados en
el angelus eterno y siniestro en una brigada de policía
cualquiera
son parte de la memoria, no suponen necesariamente
el presente, pero pertenecen a la realidad. La única aparente
es la reja cuadriculando el cielo, el canto
perdido de un preso, ladrón o combatiente, la voz
fusilada, resucitada al tercer día en un vuelo inmenso
cubriendo la Patagonia
porque las masacres, las redenciones, pertenecen a la realidad, como
la esperanza rescatada de la pólvora, de la inocencia
estival: son la realidad, como el coraje y la convalecencia
del miedo, ese aire que se resiste a volver después del peligro
como los designios de todo un pueblo que marcha
hacia la victoria
o hacia la muerte, que tropieza, que aprende a defenderse,
a rescatar lo suyo, su
realidad.
Aunque parezca a veces una mentira, la única
mentira no es siquiera la traición, es
simplemente una reja que no pertenece a la realidad.

Así tituló el asesinato de Urondo el diario mendocino Los Andes
Urondo según Juan Gelman

Para Paco nunca hubo contradicciones entre la militancia por una patria justa, libre y soberana, y la condición de escritor. En sus poemas se puede ver la profunda unidad de vida y obra que un autor y sus textos pueden alcanzar. No hubo abismo entre experiencia y poesía para Urondo. “Empuñé un arma porque busco la palabra justa”, dijo alguna vez.

En 1975 junto con Rodolfo Walsh se pone a trabajar en la confección de una respuesta al golpe militar que se iba a venir. Dicho plan no apuntaba a un improbable freno al golpe sino a una respuesta orgánica que dificultara el despliegue inicial de los militares en las primeras 48 horas. El documento fue llevado a la dirigencia de la organización, la cual nunca llego a ejecutar la propuesta de los compañeros sin que implementó otro plan de operaciones, para el cual no fueron llamados a discutir ni Walsh ni Urondo. Por consiguiente la prensa montonera siguió funcionando como si hubiera un futuro electoral: pensando en una revista ¡e incluso en un diario! Esto, naturalmente, traía como consecuencia la necesidad de mantener más o menos congregado un aparato importante, con grandes locales, imprentas, etc. Un blanco terriblemente fácil para el enemigo.

En mayo de 1976, la organización decide trasladar a Paco a Mendoza. Un error según opiniones actuales y contemporáneas, ya que dicha provincia desde 1975 era una sangría permanente. El 17 de junio, en un contexto de derrota, cae Francisco Urondo como consecuencia de una cita envenenada.

El compañero y amigo Rodolfo Walsh, así relata el momento: “Hubo un encuentro con un vehículo enemigo, una persecución, un tiroteo de los dos coches a la par. Iban Paco, Lucía con la nena y una compañera. Finalmente el Paco frenó, buscó algo en su ropa y dijo: “Disparen ustedes. Luego agregó “Me tomé la pastilla y ya me siento mal.  (N de la R: En el juicio a sus asesinos realizado en 2011, quedó establecido a través de las declaraciones del perito forense que Urondo no había tomado jamás la pastilla de cianuro que dijo haber tomado, que tenían siempre a mano los combatientes montoneros si caían en manos del enemigo. Esta comprobación permite entender que Urondo se quedó cubriendo la retirada de la militante Reneé Ahuali, Alicia y la pequeña Ángela). La compañera recuerda que Lucía dijo: ¡Pero papi, por qué hiciste eso!” La compañera escapó entre las balas, días después llegó herida a Buenos Aires.

También luchó contra un sistema social encarnizado en crear sufrimiento, para que el mundo entero entrara en la historia de la alegria. Las dos luchas fueron una sola para él. Ambas lo escribieron y en ambas quedó escrito.

Palabras

Dicen que un escritor atraviesa al morir un purgatorio de veinte años en la memoria pública. El plazo está más que cumplido para ese gran poeta que fue –que es– Francisco Urondo, caído en combate contra la dictadura militar un día de junio de 1976, a los 46 de edad. Dejaba un libro inédito, Cuentos de batalla, que se perdió en la noche genocida. Como Rodolfo Walsh, como Haroldo Conti, Paco escribió hasta el final, en medio de tareas, urgencias y peligros de la vida clandestina. Para estos pilares de la literatura nacional nunca hubo contradicciones entre la militancia por una patria justa, libre y soberana, y la condición de la escritura. Cuando en este tiempo de la despasión se recuerdan las polémicas de los años sesenta –unos pretendían hacer la Revolución en su escritura; otros, abandonar su escritura en aras de la Revolución–, se percibe en toda su magnitud lo que Paco, Rodolfo, Haroldo nos mostraron: la profunda unidad de vida que un escritor y sus textos pueden alcanzar.

No hubo abismos entre experiencia y poesía para Urondo. “Empuñé un arma porque busco la palabra justa”, dijo alguna vez. Corregía mucho sus poemas, pero supo que el único modo verdadero que un poeta tiene de corregir su obra es corregirse a sí mismo, buscar los caminos que van del misterio de la lengua al misterio de la gente. Paco fue entendido en eso y sus poemas quedarán para siempre en el espacio enigmático del encuentro del lector con su palabra.

Buitres de la derrota -que siempre se han cuidado mucho cada centímetro de piel- le han reprochado a Paco su capacidad de arriesgar la vida por un ideal. Paco No quería morir, pero no podía vivir sin oponer su belleza a la injusticia, es decie sin respirar el oficio que más amaba. Él había escuchado el reclamo de Rimbaud: “¡Cambiad la vida!” Estaba convencido de que sólo de una vida nueva puede nacer la nueva poesía. Mi confianza se apoya en el profundo desprecio/por este mundo desgraciado. Le daré /la vida para que nada siga como está, escribió. Fue -es- uno de los poetas en lengua castellana que con más valor y lucidez, y menos autocomplaciencia, luchó con y contra la imposibilidad de la escritura. También luchó con y contra un sistema social encarnizado en crear sufrimiento para que el mundo entero entrara en la historia de la alegría. Las dos luchas fueron una sola para él. Ambas lo escribieron y en ambas quedó escrito.

Alicia Raboy: los rastros de una nota

Por Ángela Urondo

No sabemos exactamente cuáles eran las notas de ella; estamos trabajando en eso, separando del archivo las notas de su sección que siguen el patrón de escritura que ella tenía pero este trabajo de rescate no está terminado ni rastrillado, solamente dos o tres notas estamos seguros que fueron escritas por ella.

Esa fue la primera nota que encontramos, de la que tenemos certeza que fue escrita por ella; viajó como corresponsal de Noticias a la Habana acompañando a Ber Gelbard que fue junto a una comitiva de industriales a reunirse con Fidel y tratar una serie de medidas para romper el bloqueo a Cuba. El trabajo de investigación los estamos haciendo con Mariana Baranchuk, que se está quemando los ojos en este proyecto de rescate.

En marzo de 2012 corroboramos que Alicia fue enviada como corresponsal a Cuba para cubrir una nota sobre Ber Gelbard y el anuncio del rompimiento el bloqueo. Primero encontramos su nombre mal escrito en un listado de periodistas que se entrevistaron con Fidel y a partir de ahí encontramos la primer nota.

Fragmento de la nota, fechada el 27 de febrero de 1974 :

“(…) La delegación argentina en pleno, concurrió al mediodía al puerto para recibir el primer envío de maquinaria argentina a Cuba. Se trata máquinas agrícolas incluidas en le rubro de automotores, que abarca el 54% del monto total de las operaciones.

Una vez más se manifestó el entusiasmo de la delegación empresaria notablemente impresionada –por otra parte- por la cálida acogida y la buena disposición de los cubanos para solucionar todo tipo de problema.

La delegación cuenta con móviles y “guaguas” (microómnibus) para trasladarse desde el lujoso hotel Havana Riviera donde se alojan, hacia los distintos puntos de agasajo.

Erigido a la orilla del Caribe, el Riviera mantiene las características que lo hicieron célebre entre los poderosos turistas norteamericanos antes de la revolución.

En el cabaret los empresarios pudieron disfrutar anoche de un show “al viejo estilo” con dos buenos cantantes y un grupo de coristas y bailarines. Simultáneamente se proyectaba en un salón cercano –pudiendo optar los visitantes entre uno u otro espectáculo- un largometraje referido al proyecto de “Educación Integral” que desarrolla Cuba en el nivel secundario de enseñanza, consistente en la complementación del estudio con el trabajo agrícola o industrial.

El único elemento disonante para los argentinos es el frío intenso que reina en La Habana, imposible de asociar con la tradicional imagen del Caribe. Desde las ventanas del hotel, los empresarios observan con nostalgia las fuertes olas golpean contra el malecón, sin haber disfrutado ni un solo día tropical (…)”

Yo había escuchado algo sobre un viaje de mi mamá a Cuba, pero no sabía en que contexto había sido. El día en que se estaba leyendo la sentencia del pimer megajuicio ESMA, yo tenía un prendedorcito con la cara de mis papás y una señora entre la multitud, lo ve y me pregunta si ella es Alicia.

Resultó ser Ana Amado, periodista enviada por Canal 7 a cubrir la misma nota, y como eran las únicas dos mujeres de la comitiva, les tocó compartir la habitación. Así que por ella supe intimidades del viaje y la razón de la nota: Gelbard. Gracias a este dato dimos con la primer nota.

 

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