Murió Héctor Timerman, canciller de Cristina y preso político de Macri

Por Daniel Riera.

Víctima de una arbitrariedad política y una saña que se extendió aún en la enfermedad terminal, falleció esta madrugada Héctor Timerman, ex canciller durante el gobierno de Cristina Kirchner, preso político del gobierno de Mauricio Macri. Timerman tenía 65 años, estaba en prisión domiciliaria y su «delito» había sido impulsar un memorándum de entendimiento con la República Islámica de Irán a efectos de esclarecer el atentado a la AMIA del 18 de julio de  1994. En otras palabras, se lo procesó por una medida de gobierno que, equivocada o no, estaba dentro de sus facultades. El juez Claudio Bonadio, cuando no, consideró que Timerman intentaba encubrir el atentado. El memorándum, además, fue aprobado por la Cámara de Diputados y por el Senado de la Nación, es decir que fue sometido al parlamento para su aprobación o rechazo, como corresponde con los tratados internacionales. La situación jurídica es aún más grave y más disparatada si se considera que el memorándum jamás entró en vigencia: Irán jamás lo ratificó, lo que torna aún más abstracta la persecución posterior.


Timerman tenía cáncer y estaba haciendo un tratamiento experimental en una clínica estadounidense. En enero del año que termina, el Departamento de Estado de los Estados Unidos le revocó la visa y le impidió viajar para tratarse porque el juzgado de Bonadio no le había concedido la excarcelación. En las circunstancias de salud en que estaba Timerman, demorar su tratamiento significaba apurar su muerte. Fue entonces cuando tres horribles trolls del gobierno -el «periodista» Eduardo Feinmann, el «escritor» Federico Andahazi y Fernando Iglesias, el tercero de ellos diputado nacional por el oficialismo, lo cual es una verdadera vergüenza para el parlamento argentino- se burlaron de su enfermedad y le recomendaron que se tratara en Venezuela, Cuba o Irán.  Remedaron así el «Viva el cáncer», aquella horrorosa pintada que celebraba en 1951 la enfermedad de Eva Perón, con una diferencia:  la pintada era anónima y estos tres canallas demostraron su falta de vergüenza suscribiendo sus burlas.


Llegaron a acusarlo de traición a la patria, acusación que lo honra si se considera que el anterior acusado por el mismo supuesto delito había sido Juan Domingo Perón, en 1955.  No deja de ser doloroso, sin embargo, que la acusación haya procedido de la propia AMIA, cuyas actuales autoridades son afines al gobierno de Mauricio Macri. La Cámara Federal le revocó luego la medida. Murió un hombre digno que sirvió a su país desde la función pública. Murió siendo un preso político (como lo había sido su padre, el legendario periodista Jacobo Timerman, durante la última dictadura cívico militar), con una negligencia judicial que facilitó su muerte, con una corte de seres despreciables que la alentó desde las redes sociales.  “No sé qué me duele más, si saber del cáncer o la ofensa escuálida de la acusación. Duele, todo duele demasiado”, escribió alguna vez. Todo el respeto del mundo para su memoria.

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