“Siento la necesidad y la obligación de hablarle a los varones de machismo”

Por Alejandra Rodríguez*.
Fotos: Leonardo Rendo*.

En diálogo con ANCCOM, el standupero Ricardo Bisignano habla de su vida, sus influencias, su carrera y su visión del stand up, concebido como herramienta para pensar lo social, lo político y las cuestiones de género.

-¿Cómo se dio tu interés por lo social y lo político que desplegás en tus shows?

-Hice la secundaria en el Colegio Nacional Nicolás Avellaneda, era el más combativo de esa época. Tenía una bajada de línea tan de derecha en mi cabeza, que me comía bullying de todos mis compañeros. Repetía lo que decían mis viejos y no entendía lo que pasaba. El factor fundamental fue una marcha a la que fui con compañeros de colegio porque era llamativo para mí. Se habían hecho una serie de indagatorias a diferentes represores en Comodoro Py y asistimos a la de Massera. En el camino me iban explicando quién era ese represor, me hablaban de torturas, desaparecidos y yo, en mi inocencia preguntaba, “¿Pero el presidente sabe esto?” “¿Por qué está libre?” Iba aprendiendo la historia argentina en un viaje en tren a Retiro. Cuando llegué a Comodoro Py tuve una experiencia muy interesante, aparecieron sandwiches de milanesa, que rechazaba, porque no tenía dinero y pensé que me los estaban vendiendo, “somos cinco, uno es tuyo”, me contestaron. Aprendí el compañerismo en un segundo. Me quedé re copado hasta que nos reprimieron y nos encarcelaron. Fue un quiebre en mi vida, porque quise saber por qué me pegaron. ¿Por decir que Massera era un asesino? ¿Si en verdad lo era?.

-¿Cuándo fue esta situación que contás?

-Era año 1998. Luego milité en el MST por un año. Estaba perseguido, porque mi viejo me había dado a entender que militar era estar en la clandestinidad, que por haber estado preso no iba a poder salir del país, me iban a desaparecer. En esa época reprimían demasiado a los estudiantes. El gobierno de Carlos Menem lo hacía con mayor ensañamiento en los aniversarios de la noche de los lápices, que iban todos los colegios secundarios, que en las conmemoraciones del 24 de marzo con organizaciones de izquierda.

-¿Cuáles fueron tus primeros empleos?

-Trabajé desde los 13 años en la peluquería de mi viejo. En el 2001 vendí relojes en la calle. Ese año con mi mamá pusimos un delivery de comidas caseras. Al año siguiente con 21 años, me animé a enfrentar el mandato familiar para dedicarme a la actuación. Me había quedado sin ingresos por cuatro meses y empecé a tocar la guitarra en los colectivos de manera intermitente, durante diez años.

-¿Cómo te sentiste haciendo arte en la calle?

-Es muy difícil encarar que te dejen subir a un colectivo porque es ponerse en un lugar de pedirle un favor a quien se está arriesgando, si te sube. Hay que romper prejuicios que tienen que ver con estar haciendo algo que está al margen de la sociedad, una visión burguesa que determina qué se considera trabajo y qué no. En su momento hubo una idea de varios artistas callejeros de plantear la posibilidad de tener algún tipo de permiso, pero fue denegado y hoy todo va en dirección de tornar ilegal la actividad.

-¿Qué fue lo que te discontinuó tus actuaciones en el colectivo?

-Había nacido mi hijo Maxi, quería darle los beneficios de un trabajo tradicional, por lo que un año vendí productos de laboratorio para peluquerías y después, tres años y medio, estuve en una empresa de electrodomésticos. Me sacrifiqué pensando que le estaba dando un futuro mejor a mi hijo, pero terminé con tres hernias de disco y con la cabeza arruinada. La venta me generaba cargo de conciencia, por convencer a gente de comprar algo que no quería y que le podía generar un perjuicio a futuro.

-¿Cuándo regresaste a lo artístico?

-En el 2009 retome los colectivos, vivía bien. La impronta de lo que estaba haciendo se veía en la gorra. Pasé a hacer stand up en el 2011 en bares, que estaban llenos. Se aplicaba el paradigma de la efectividad: un comediante tenía que encarar a un público muy heterogéneo que no lo conocía y hacerlo reír. Había que ser poco polémico, intentar agradarle a la mayor cantidad de gente posible.

-¿Cuáles son tus influencias en el humor?

-Quino, Caloi, Fontanarrosa, Les Luthiers, Hugo Varela, Leo Masliah, Jorge Schussheim, Enrique Pinti y Tato Bores, entre otros. Como parte de una búsqueda propia veía todo arte escénico en relación con el humor: clown o artistas callejeros como “Circo Marisko” o “El Payaso Chacovachi”. Cuando apareció internet fue una genialidad, porque pude conseguir lo que me faltaba. Con respecto al stand up, veía a Seinfeld, como sitcom, George Carlin y Eddie Murphy.

-Tenías un chiste en tus inicios que se refería a la actitud que una mujer debía tener al usar calzas llamativas, ¿cómo se dio que lo dejaras de hacer?

-Hace tres años, en un show en La Plata, mientras la gente estallaba, una chica me iba contestando los chistes machistas. Le pedí que lo siguiera haciendo, así no los volvía a repetir más, nadie nace deconstruido. Si se reacciona con enojo a la crítica y se le adjudica al público que está sensible, se sigue replicando un mensaje opresor. No tengo intención de burlarme de alguien que está en situación de vulnerabilidad, porque no es comedia, aunque el humor masivo se base en eso. Hay gente que se va a reír porque genera una representación afín con el discurso reinante, si se repite, causa gracia porque se está alienado.

-¿Cómo es tu posicionamiento en materia de género?

-Siendo varón no hablo de feminismo, me lo explican las mujeres. Siento la necesidad y la obligación de hablarle a los varones de machismo, porque si no, me meto y salto, soy cómplice. Siento el rol de marcarle el terreno al macho para pedirle que pare, me siento afectado en el proceso de deconstrucción.

Ricardo Bisignano, Estación Congreso de Tucumán, Línea D, Ciudad Autónoma de Buenos Aires. 24 de enero de 2019. Fotos: Leonardo Rendo/ANCCOM

-¿Cómo ves el lugar que ocupa la mujer en el ambiente del stand up?

-En el stand up hay reglas, la mujer no abre el show, porque “baja la energía”, no van dos mujeres juntas, tampoco lo cierra. Entonces, ¿dónde va? Era la pregunta que nos hacíamos. La mayoría de los que programan son varones y cuando les toca hacerlo a mujeres, alienadas, también, eligen hombres.

No tengo intención de burlarme de alguien que está en situación de vulnerabilidad, porque no es comedia, aunque el humor masivo se base en eso”

-¿Hay un cupo femenino en el ambiente del stand up?

-En la Jam de Stand Up, un encuentro importante de standuperos/as de varias generaciones, hubo una discusión interna acerca del cupo femenino, a raíz de las fotos que nos sacábamos al final de cada presentación, éramos todos varones. Se dio a entender que las mujeres eran menos efectivas y eso es mentira. Si a un público en un contexto de sociedad machista no le das nunca espacio a mujeres para mostrar su arte, cada vez que aparezca una, luego de una serie de comediantes, hablando en código masculino, va a chocar con el relato y a sufrir una carga peyorativa.

-¿Notás cambios en el stand up?

-Hoy que hay más mujeres en la Jam, se nota que en el privilegio del varón de manejar la escena no se preocupó por generar mayor calidad. Hoy la mujer produce material mucho más interesante, sus historias tienen más profundidad. Vienen acalladas, pero trabajando durante mucho tiempo, para lograr conseguir su espacio y cuando lo logran marcan diferencia. Reciben devoluciones despectivas como: “me hiciste reír mucho por ser mujer”. Genera miedo que ganen ese lugar. La opresión sigue naturalizándose en todos los aspectos, no solo por cuestiones de género. A Javicho, un comediante amigo, le dijeron: “muy bien, me sorprendiste por ser boliviano”.

-¿Cómo se fue dando tu viraje de un guión con observaciones graciosas de la vida cotidiana a un show con contenido político?

-Quería ser lo más sincero posible, sociabilizar ideas sin ponerme en un lugar de decirle a los demás como tienen que pensar, ya no me interesaba agradarle a cualquiera. Cuando asume Macri baja por completo el consumo en los bares, muere el paradigma de la efectividad y los comediantes tuvimos que empezar a conseguir nuestro propio público para poder subsistir.

-¿Cómo lográs armonizar el remate gracioso, que no siempre coincide con la manera propia de pensar, con tu necesidad interna de sinceridad?

-Busco ser coherente con mi pensamiento y cuando digo lo contrario, me interesa que quede claro que es una ironía, no lo estoy diciendo por generar un efecto que sea la risa de por sí. Llega un momento que se habla con un código de humor arriba del escenario sin pensarlo, ni buscarlo. Cuando la apuesta pasa por hacer foco en el contenido de lo que se dice, se torna un desafío más interesante.

-En este contexto, ¿cómo jugó la convergencia mediática?

-Aparece el boom de Instagram en el 2016, que hizo crecer en popularidad a algunos comediantes y el resto desapareció. En su momento se podían conseguir seguidores de manera orgánica y después hubo que pagar, yo no lo hice. No me siento cómodo haciendo videos de Instagram, se suele apelar a un humor universal. El público pide para el escenario lo mismo que ve ahí y no me interesa.

-¿En qué red social te sentís más cómodo?

-En Twitter, porque empecé allí a crecer siendo auténtico. Cualquier chiste que se me ocurría lo publicaba ahí. Tengo el ego puesto en función de vivir esto siendo libre y construir un vínculo con un público afín, es un trabajo más largo pero más sólido.

*(Agencia de Noticias – Ciencias de la Comunicación – Universidad de Buenos Aires).

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