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A 34 años de México 86: la emotiva historia de Héctor Enrique, el campeón del mundo que surgió de Lanús

Por Agustín Challiol.

Pelé o mejor dicho Pelecito, como todos lo conocían por los rincones de Lanús, era un humilde pibe que, al igual que muchos niños, tenía la ilusión de triunfar en la vida. Y en su caso, ese éxito lo terminaría encontrado en una cancha de fútbol.

Pero claro, su camino a la gloria no estaría para nada fácil. Criado en Burzaco, más precisamente en el barrio Loma Verde, Héctor «el negro» Enrique recuerda los sacrificios dentro de su familia y los compara con una Copa del Mundo, la misma que consiguió en México un día como hoy, pero de 1986. “Los verdaderos campeones fueron mis viejos”, con estas palabras, el ex volante del Grana resume su enorme carrera en diálogo con La Unión de Lanús.

Y sí, si hoy existen dos estrellas bordadas en el escudo de Argentina, una de ellas, en parte, también es gracias a los padres de Enrique. ¿Por qué? Por el simple hecho de que gracias a ellos, el Negro, a sus 16 años, decidió dejar de trabajar en una tornería para retomar de lleno con el deporte. A partir de ese momento, todo lo que vendría luego ya es historia. Dos años más tarde, conseguiría debutar en la Primera de Lanús y lograr el Ascenso de la C en 1981. Mientras que la frutilla del postre llegaría el 29 de junio de 1986, cuando gritó campeón del mundo con la Selección Argentina.

Héctor Enrique en los ’80, como jugador de Lanús

-Qué lindo debe ser sentirse campeón del mundo…

-La verdad que sí. Mi sueño era ponerme la camiseta de la Selección, ni pensaba en una copa mundial. Mi primer deseo en realidad era jugar en la Primera con Lanús, me acuerdo que yo era pibe, veía entrenar a los jugadores y decía “que ganas de estar ahí”. Pero ni se me pasaba por la cabeza ser campeón del mundo.

-Qué es lo primero que se te viene la mente sobre el Mundial?

Mi convocatoria. Íbamos a entrar a Ezeiza, yo estaba muy bien, volaba. Nadie creía ni confiaban en nosotros. Sinceramente no me acuerdo haber entrenado tanto como para ese Mundial. Ahí jugamos varias finales del mundo en ese Mundial. No existen, ni hay partidos amistosos. Todas eran finales del mundo.

-¿Exigía mucho Bilardo?

– Era un tipo al que se lo obedecía a rajatabla, el que dice lo contrario, miente. Hacía los cambios, se encargaba de todo. Con Pachamé y Echeverría.

-¿Qué rescatas de ese plantel?

-Era un grupo que siempre iba de frente, nos decíamos las cosas sin ocultar nada. Había mucha personalidad en ese plantel, sobre todo dentro de la cancha. Una gran anécdota que recuerdo es antes del Mundial, en un cumpleaños de Pasarella. Festejamos el cumpleaños y casi terminando, ponen música, hacen una ronda y me puse a bailar con Bilardo. Los únicos éramos. ¡Pero no sabes! Como loco, tirados en el piso, movíamos los hombros, no terrible. Y cuando ya nos estamos por ir a dormir, uno imagina que al otro día arranca un poquito más tarde, ya era de madrugada. Al otro días, ocho de la mañana todos en la cancha listos para entrenar, órdenes de Bilardo, ja. Pero esa anécdota unió mucho al grupo.

Enrique campeón del Mundial 86.

-¿Cómo arrancaste el sueño de ser jugador?

-Huy que lindo, un montón de recuerdos. Siempre cuente cuando viajaba para ir a entrenar,  yo iba colado en el tren volviendo de entrenar y mi bolso era una bolsita de nylon. Con una mano iba agarrado al fierro del tren y con la otra llevaba la mis cosas. Imaginate, lo tomaba en Lanús, venía lleno y  antes se viajaba con todas las puertas abiertas, no era como hoy. Y cuando va a pasar el puente Escalada me meto más adentro y uno de los fierros me pegó en el brazo, de milagro no me quebré ni maté.

-Era un presupuesto viajar todos los días…

– Olvidate. Un día iba en el colectivo y el boleto valía $10 ponele y le saqué de $5, era pobre, no me quedaba otra no es que lo hacía de pillo. Y en el viaje el chofer me iba mirando, yo pensaba “este me cagó, seguro me baja”. Y cuando llegamos a una parada me dice: “pibe acá te tenes que bajar” y yo no tenía un mango, me volví caminando hasta Loma Verde. Ahorrarme cinco pesos, significaba muchísima guita.

-¿Y qué te impulsó a ser jugador?

– Mi familia. En ese tiempo la situación en casa no era la mejor. Mi vieja limpiaba en tres casas y  mi viejo hombreaba bolsas. Yo me crié en una casa donde el laburo era querido y respetado. Papá conseguía un trabajo y decía “qué bueno, lo tengo que cuidar como oro”. Papá siempre llegaba fusilado y nosotros le decíamos que dé parte enfermo. No había chances de que lo haga, se ofendía cuando le decíamos eso. Mis viejos sufrían la verdadera presión de sacar una casa y familia adelante.

-¿Te tocó salir a laburar de joven?

-Sí, pero porque yo quise ayudar en la casa, nunca me obligaron. Al contrario, no querían. Siempre me acuerdo de la libreta de fiado que había en casa y yo no quería eso, pero en el buen sentido. Todos queríamos progresar. Yo decidí dejar el fútbol a los 15 años fútbol y me fui a trabajar a una tornería en Lanús, ahí por Máximo Paz. Y mi viejo, no me decía nada, pero lo notaba triste. Era una decisión que yo había tomado, ya siendo jugador de las Inferiores en Lanús.

-¿Aprendiste algo?

-Poco. Sí que ahí valoré y me di cuenta que el fútbol era lo mío. Laburaba 11 horas, entraba a las 7 de la mañana y me iba a las 17, no podía jugar más. Me la pasaba encerrado, ganaba poco y extrañaba a la pelota. Y un día, después de haber terminado un laburo me senté a descansar y me puse a leer el diario. Me agarró mi jefe y me dice: “Enrique, a usted no le pagan para leer el diario”, y le digo ‘si capataz, usted tiene razón pero ya terminé el trabajo y estoy descansando’. Y me cagó a pedos, lo putee de arriba abajo y me fui a la mierda.

Enrique como ayudante de Maradona en el Mundial de Sudáfrica 2010.

-¿Y en ese momento volviste a Lanús?

-Exacto. A los 17 aproximadamente arranco a jugar en Primera y por suerte, gracias a Lanús, que me permitió cumplir ese sueño.

-Te tocó estar en una etapa difícil del club…

-Sí, yo siempre digo que soy un hijo de Lanús. Por suerte, en aquel torneo que ascendimos se dio lo que tanto queríamos y les pude devolver algo de lo que tanto me dieron. En el club yo me formé como persona, nunca me olvido.

-¿Por qué el gol a los ingleses fue Granate?

-Ja, lo dije hace poco. Y la verdad es así, Diego es de Fiorito y yo, no nací en el barrio pero toda mi vida estuve ahí. Yo di el pase y Maradona terminó de definir.

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