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El saladero de Rosas en Monte Chingolo: la historia que une al Restaurador con Lanús

En 1815, un joven de 22 años llamado Juan Manuel de Rosas, se asoció con sus amigos Juan Nepomuceno Terrero y con Luis Dorrego, para fundar la empresa Rosas & Terrero, que se dedicaba a la explotación ganadera, el acopio de frutos y el salado de carne vacuna y de pescado. Esta última actividad la desarrollaban en un saladero en el sitio que hoy conocemos como Monte Chingolo. El saladero como tal funcionó apenas cinco años en ese sitio, pero la casa sobrevivió dos siglos y, lamentablemente, ya no quedan ni rastros de ella. En su dirección, Magdalena 940, se erige una propiedad moderna y tal vez sus actuales habitantes ni sepan que le perteneció a Rosas.

“Junto al camino principal de acceso habían hallado restos de piletones de ladrillo vasco de 1.20 m de profundidad. En ese lugar no crecía nada debido al salitre que afloraba. Este hecho alimentó la idea de que allí había funcionado un saladero. En la década del treinta llegó una comisión buscando un sauce, un paraíso y un ombú que presumiblemente rodeaban una construcción en la que, a partir de 1815, funcionó un saladero perteneciente a la sociedad integrada por Dorrego, Rosas y Terrero…” , puede leerse en un trabajo publicad por la Sociedad de Arquitectos de Lanús en 1989.

Juan Manuel de Rosas tuvo un saladero en Lanús.

El saladero fue fundado el 25 de noviembre de 1815. Según una publicación de José Luis Mignelli para el blog del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas de Gral San Martín, «la casa habría sido construida en 1778 por el padre del General Wenceslao Paunero y consta [ahora debemos decir, con tristeza, «constaba»] de tres cuerpos contiguos de distintas alturas. Las paredes están asentadas en barro y conchilla. La fachada principal orientada hacia el Río de la Plata (SE) se encuentra hoy encerrada en el interior de la manzana y es pared de 0.90 m de espesor, asegurada con zunchos de hierro forjado consistentes en dobles eses (S), unidas por pernos que traban el conjunto».

Foto tomada en la década de los 90, cuando el saladero de Rosas aún existía.

Ni rastros quedan del saladero de Rosas, como se ve en la foto que encabeza esta nota. Fue el último testimonio, el último vestigio arquitectónico de una industria que ya no existe. Y fue, a la vez, un lugar importante en la vida de uno de nuestros más grandes próceres. Fue. Una pena.

(Foto propiedad actual: Mauro Ferrero)