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Cosas que hay en Capital y que ni sueñes con ver en el conurbano

Por Leonardo Torresi.

Cosas que hay en Capital y que nunca hubo, ni hay, ni habrá en el Conurbano.

Una es el subte: el olor mezcla cloaca y cable quemado que sale de las bocas de la estaciones fue toda la vida para nosotros como un perfume importado.

Otra, hablando de olores fuertes, eran los incineradores, una palabra medio trabalenguas. Salvo que tuviéramos algún compañero de la escuela que viviera en uno de los 6 o 7 edificios que había en la parte del centro de las ciudades del conurbano, la experiencia con esa boca que conducía a esos pozos infernales la vivíamos cuando nos íbamos de vacaciones a un departamento en Mar del Plata. Por supuesto que siempre pedíamos ir a tirar la basura.

Y después está el taxi. Taxis en el conurbano hubo siempre, unos de otros colores, parados de a tres o cuatro frente a la estación, con una cabina con un teléfono para recibir los llamados.

Pero los taxis de parar por la calle, los negros y amarillos que Rolando Rivas manejaba sin apagar el faso, eran un privilegio de los porteños.

«Ganan ocho lucas, podrían tener un poquitito de auto», decía un colega como reproche a algunos compañeros de trabajo con mejor sueldo, porteños, y que iban a todos lados en taxi. «Ocho lucas» podrían ser 150 de ahora. O 200.

Conurbásico: amén del Uber y demás variantes, llegar al auto propio es la aspiración soñada y con suerte concretada del habitante del conurbano, mientras que el porteño siempre puede darse el lujo de disponer de una alternativa solo levantando un poquito la mano y en el lugar que se le antoje pararse.