El mejor chori del mundo **Por SEF
Espero a mi hijo que salga del colegio sentado en la casa de la esquina. Desde ahí tengo vista directa al colegio.
Tengo la mala costumbre de no hablar con ningún padre. Tampoco hay muchos: son, en su mayoría, madres que ya tienen un grupo entre ellas y hablan entre sí. Entonces, por una cuestión sumamente relacionada con la timidez, me quedo sentado esperando enfrente.
Cuando era chico, mis padres estaban separados y la función de mi papá —casi diría la única— era pasarme a buscar a las siete y media para llevarme al colegio y a las doce para retirarme. Él se quedaba, al igual que yo, en la esquina. A veces hablaba con otros padres que conocía del barrio, de la vida, y a veces simplemente se quedaba arriba de su Duna rojo. Yo caminaba hasta la esquina y me subía.
No había mucha interacción con mi papá una vez que emprendíamos el viaje. Poco y nada. Ni recuerdo si sonaba música. O, mejor dicho, no lo recuerdo porque le habían robado el estéreo y, en su lugar, había un hueco vacío con cables colgando. Solía usar una pequeña radio AM que sintonizaba mal. Tampoco funcionaba demasiado, salvo que le dieras un par de golpes contra el asiento, así que ni la usaba.
Lo único que recuerdo es una vez que estaba malhumorado y, ante las señas de un padre que no comprendió que le decía que NO acelerara, le pisó la cola a un gato que, además de quedarse sin cola, casi se queda sin su vida.
A los lectores y lectoras les quiero transmitir tranquilidad: el gato vivió y fue adoptado por una vecina. Bueno, de esto ya pasaron más de veinte años, así que ahora mismo no creo que siga vivo, pero en su momento continuó con su vida, feliz y sin su cola. Eso lo hacía distinto. Lo distinguía de los demás gatos. Le daba un plus.
Retomando un poco, con mi hijo trato de hacer las cosas un poco diferente. No sé si mejor. Diferente.
Una vez que veo que la señorita los está sacando, bajo del auto a buscarlo. Pongo mi brazo sobre sus hombros y, mientras caminamos hacia el auto, le pregunto cómo le fue en el colegio, qué fue lo más copado que vivió en la mañana.
A partir de ahí, fluye durante unos buenos minutos una charla, todo lo fluida que puede ser con un preadolescente. A veces es algo referido a un partido de fútbol en el patio; a veces, sobre algo de matemática que le explicaron y que, obviamente, me cuenta que no entendió; o algún chisme de una nena que le gusta a un «supuesto amigo».
Mientras él me cuenta todo esto, ponemos música. Música que a él le gusta y que, en gran parte, le fui pasando yo. Algo de Soda, Calamaro, Fito, Charly, Conociendo Rusia. Mucha cultura nacional. A veces la charla se interrumpe por alguna de las canciones y simplemente volvemos cantando algún estribillo a los gritos hasta casa.
Hace unos días, volviendo un viernes del colegio, fue uno de los primeros días en los que comenzó a calentar el sol y hacía calor. Veníamos los dos con las ventanillas bajas, transpirando, y justo en una esquina vimos un puesto de choris.
Le pregunté si quería uno y, ante lo afirmativo de su respuesta, bajamos a comprar.
Chori y Coca de almuerzo.
¿Existe algo más potente que comer con tu papá, un viernes al mediodía, un chori y una Coca? Creo que no. Que es imbatible. Y eso que nosotros tomamos agua en casa, pero el chori y la Coca en botella de vidrio no tienen rival. Cualquiera que se les interponga tiene que sacar del medio, como los egipcios después del gol de Enzo Fernández, que no sabían dónde estaban parados.
Automáticamente me acordé de una vez en la que, volviendo con mi abuelo de un mayorista que estaba ahí, al lado del puente Victorino de la Plaza, ese que divide Avellaneda de Barracas, bordeando el Riachuelo, vimos un puesto de choris un tanto polémico.
Mi abuelo, como ya era la una, me dijo que paráramos a comer ahí. Él conocía el puesto y aseguraba que era de buena calidad.
Me acuerdo de que era todo un desastre. El puesto se caía a pedazos. La parrilla, de tanto humo que largaba, no se veía y apenas distinguías el chori de la bondiola.
Mi abuelo intercambió dos o tres palabras con el parrillero en medio de la humareda y nos fuimos con los dos choris en la mano: chimi para uno y criolla para el otro.
Yo no sé cuál era el secreto de ese lugar. No lo sé y nunca se lo pregunté a mi abuelo porque, como todo mago, moriría antes de revelar cómo saca el conejo de la galera.
Pero ese puesto precario, con ese parrillero que sacaba transpiración de su axila y regaba la parrilla mientras movía de un lado hacia el otro toda su mercadería, o el humo bendito que largaba a fogonazos, o simplemente el aire envenenado del Riachuelo lograron algo que… no lo sé.
Lo cierto es que ese chori fue el mejor chori que comí en mi vida. Y eso que desde ese día hasta hoy he comido bastantes, pero jamás uno como ese.
Tampoco pude volver a comerlo. El puesto, así como ese día apareció entre las sombras del Riachuelo, al tiempo desapareció. Nunca más lo volví a ver. Como si después de servirnos esos dos flamantes choris el puente se lo hubiera tragado.
Me acuerdo de que mi abuelo solo me dijo:
—Y… Está bueno, ¿no?
—Buenísimo —le dije.
Y seguimos rumbo a casa.
Cuando llegamos a casa de mis abuelos, mi abuela estaba re caliente porque habíamos comido en la calle. Ella nos esperaba con la mesa servida y dos platos con un bife ancho y tomate para cada uno.
Mi abuelo me guiñó el ojo y le dijo que habíamos comido algo al paso para evitar que ella tuviera que ponerse a cocinar.
Lo cierto es que a mi abuela le molestaba más el hecho de haber tenido que ponerse a cocinar esos bifes que el hecho de que nosotros hubiéramos comido algo antes, eso le importaba poco. Si había algo que no le gustaba para nada en el mundo a mi abuela era tener que ponerse a cocinar.
Lo mismo nos ocurrió con mi hijo el otro dia.
Llegamos a casa y la madre nos esperaba con fideos. También odia cocinar, como mi abuela, pero, a diferencia de ella, no nos dijo nada. Ante la grandeza de la Coca de vidrio y esos dos choris, sabía simplemente que no podía empezar a competir.
A veces, las cosas se repiten sin buscarlas. Como una pelota que pateaste de chico contra una pared y vuelve treinta años después.
Quizá el día de mañana mi hijo compre un chori con su hijo y le diga que una vez probó el mejor chori del mundo un viernes al mediodía.
Ojalá que sí. Ojalá que eso suceda.

