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¿De dónde sale el sol? ** Por SEF

Salió el sol.

Hacía un mes que la ciudad parecía la Ciudad Gótica de Bruno Díaz. Fría, oscura y húmeda. Hoy todo fue distinto cuando desperté y vi el cielo sin nubes. El día lo predispone a uno de otra forma. La ausencia de sol te mal predispone. Te activa a ese relator de la contra que todos llevamos adentro y que te transmite jugadas negativas durante todo el día. El sol no solo ayuda a producir vitamina D. También te ayuda a vivir.

Y esto no solo me sucede a mí, sino que les ha sucedido a varios. Si no, pregúntenle a George Harrison cuando compuso esa canción hermosa para los Beatles: Here Comes the Sun.

“Here comes the sun / And I say, ‘It’s all right’”.

O, más cercano, el Pity, cuando lideraba aquella hermosa banda que fue Intoxicados. En aquel momento, cuando él aún podía componer antes de caminar hacia su autodestrucción y terminar haciéndole honor al nombre de su banda, nos cantaba: “Ya está saliendo el sol, que es / sin duda, mi Dios”.

Ejemplos sobran.

Por eso, hoy, cuando desperté y vi el sol, me sentí uno de ellos diciendo que ahí venía el sol y estaba todo bien.

Hacía frío cuando me levanté, tanto que tuve que encender la estufa y ponerla, no al máximo, pero casi. Andy no quería despertarse para ir al colegio. Alicia tampoco lo quiso hacer un poco más tarde. No los culpo. Estaban ovillados, en posición fetal, calentitos en la cama. ¿Quién inventó que al colegio se tiene que entrar a las 7:45 hs.?

Todas las mañanas hago una misma rutina. Me despierto a las 7:25. Me quedo en la cama hasta las 7:30 —ya sabiendo que vamos a llegar tarde— mirando el techo con la mente en blanco. O no tan en blanco. En esos cinco minutos me creo, al igual que en una obra, un verosímil para seguir viviendo, para seguir creyendo.

Lo único que mantengo en alerta es el oído, pendiente de escuchar si canta el pajarito cerca de mi ventana. Ahí me doy cuenta de cómo está el día. Si canta, hay sol. Si no, directamente, al igual que mis hijos, continúa en su nido durmiendo. Ni se calienta por salir a escena.

Termino de tomar fuerzas y me levanto, tapo a mi hija, que, como dije, continúa durmiendo un poco más (tiene la suerte de los dioses de ir al turno tarde), saludo a la perra, que tampoco hace mucho esfuerzo para salir de su colchón, y le enciendo la luz del velador a Andy para que vaya despertando.

Hago su leche, me hago el café y saco a la perra, que siempre tarda en hacer sus necesidades. Con frío, directamente decide aguantarse hasta que le explote la vejiga. Como en aquel capítulo de Los Simpson en donde el padre de Homero, por no poder hacer pis en medio de un viaje en el que no lo dejaban bajar a un baño, termina sufriendo daños renales graves por aguantar las ganas de orinar.

Antes de salir le pregunto a Andy si no se olvida de nada. Vemos cómo YBC sale de la pieza con la bata de Sandro a saludarlo y desearle buena jornada y luego se mete de nuevo también en la cama. Hasta allí ha llegado su misión, como la de muchos padrinos que generalmente tiran “bomba de humo” luego del bautismo.

Con la envidia de saber que todos continúan durmiendo, nos vamos.

Hacía un mes, como dije, que el camino lo hacíamos sin luz. Todo nube, llovizna y oscuridad.

Hoy lo hicimos con un cielo resplandecientemente celeste.

Antes escuchaba el informativo camino al colegio, pero me di cuenta de que las noticias eran tan o más pálidas que el color del cielo y eso nos despotenciaba el día por completo. Entonces ahora ponemos música. Hoy, por ejemplo, fuimos escuchando Bon Jovi. Escuchamos parte de ese excelente disco que es Slippery When Wet, que tiene, entre otros temas, “Livin’ on a Prayer” y “You Give Love a Bad Name”.

Cuando estamos encima del puente —en realidad, viaducto, pero acá lo conocemos todos como “el puente”—, Andy me hace la misma pregunta de siempre, esa que estuvo sin respuesta desde hace un mes.

—¿De dónde sale el sol, papá?

Y lo que yo le respondo:

—Del río.

Observamos desde la cima del puente hacia donde muere la ciudad y nace el río. Aunque vivamos dándole la espalda, está ahí, a unas pocas cuadras que parecen eternas por la forma en que fue construida la ciudad, dejándolo de fondo en el olvido.

Pero, aunque lo neguemos, allí nomás, sobre el río, cada mañana arriba el sol. En esta parte del conurbano bonaerense, el sol sale por el este, en dirección al Río de la Plata, y se esconde por el oeste, hacia el interior de la provincia. Por eso, desde nuestro puente, el sol parece nacer del río.

Hoy lo vimos asomar desde allí.

Hoy las casas tenían otro color. Todo es más lindo con sol. Aunque haga frío, el sol lo mejora todo.

“El sol, la estufa de los pobres”, decía mi abuelo en un refrán que alguna vez sumé a una obra mía.

Mi abuelo una vez, en medio de un reparto en Glew, me confesó que odiaba el invierno y que contaba siempre los días para que la primavera y, a posteriori, el verano asomaran.

“Los días se vuelven más largos, todo cobra vida”, me dijo.

“Hay que pasar el invierno”, dijo un ministro de Economía alguna vez.

Mientras estamos embotellados arriba del puente por la cantidad de autos que intentan ir hacia Capital, le cuento a Andy que se dice que en el año 536 d. C., en buena parte de Europa y Asia, casi no hubo sol durante un largo período. Se decía de aquella época que el sol brillaba débilmente, como si estuviera eclipsado. Quizá en la Argentina de Milei estemos volviendo a esa época.

Esto me hace pensar en la tapa de The Dark Side of the Moon, de Pink Floyd, esa imagen icónica donde un prisma descompone un haz de luz sobre un fondo negro. Mi tema favorito de ese disco es “Time”, con los relojes interrumpiendo al principio, la guitarra de Gilmour y esa letra sobre descubrir que la vida se te está pasando, se te apaga poco a poco. Es demoledora cuando uno se detiene a escucharla.

Por eso, lo de Pink Floyd no se lo digo a Andy. Suficiente tiene con ir al colegio tan temprano como para decirle que la vida, tarde o temprano, al igual que el auto de mi vieja, nos deja sin batería.

Lo dejo en el colegio y continúo con mi vida. Escribo notas, gacetillas, tomo mate, compro comida, doy algún paseo en bicicleta, saludo a conocidos por la calle y me hago el distraído con otros para no tener que saludarlos. Sigo haciendo funcionar a la perfección el verosímil de la obra de mi vida.

Ahora estoy sentado en el auto, esperando a que Andy y Alicia salgan del colegio. Vidrio de por medio y detrás de mis Ray-Ban sepia, escribo esto mientras los Traveling Wilburys, tocando “Handle with Care”, me acompañan por la radio.

Pienso en que un tímido sol de primavera que se autopercibe invierno puede cambiar el sentido de cómo veíamos todo hasta recién.

Vivir con los días nublados es un poco como estar ciego. Pienso en aquella icónica película de los años ochenta, Contacto sangriento, en la que Frank Dux, encarnado por Jean-Claude Van Damme, debe pelear la final del Kumite sin poder ver, después de que su rival, el villano Chong Li, le arroja un polvo cegador a los ojos.

Pero, a diferencia de Dux, que había sido entrenado para luchar a ciegas por su maestro de ninjutsu, Senzo Tanaka, a mí nadie me enseñó a vivir de esa forma.

Así que agradezco que aquella estrella de fuego que está a aproximadamente 149,6 millones de kilómetros de la Tierra nos cambie la vida.

Ayer mismo el frente del colegio de mis hijos era gris ocre, apagado. Hoy es un gris blanco teñido de amarillo, lleno de vida.

Miro la ciudad iluminada. Miro el cielo. Observo cómo la tarde comienza a irse.

Y pienso que, por más que nadie lo vea, el sol siempre está ahí para nosotros, saliendo cada mañana desde el río.