El peso del ser *** Por SEF
Hace unos días fuimos al control pediátrico con los nenes y mi hijo mayor estaba leyendo un libro de cuentos que le habían mandado en el colegio mientras el doctor revisaba a su hermana.
Lo leyó durante toda la consulta, sin despegar los ojos de las hojas que iba pasando.
Cuando nos fuimos, el pediatra, que lo había estado observando durante toda la consulta, lo felicitó por estar leyendo.
—No es común hoy en día que los nenes lean.
Con la madre le aclaramos que era un libro del colegio, pero el médico insistió: fuera obligatorio o no, no era común ver hoy en día a un nene leyendo.
Me quedé pensando en eso durante unos días.
Recuerdo que, de chico, cuando le decía a mi mamá que me aburría, ella me respondía que mejor, que así sentía todo el peso del mundo encima mío y me inventaba algo para salir de ese estado. A diferencia de hoy, aburrirse estaba bien, era productivo.
Mi mamá, sin saberlo, planteaba algo parecido a lo que el filósofo alemán Martin Heidegger reflexionó sobre el aburrimiento: esa sensación de quedar aplastado bajo el peso de tu propio ser y tener que inventar algo para salir de ahí.
Entonces, para combatir el aburrimiento e intentar no quedar aplastado, mi mamá me ponía a dibujar, a empanar milanesas de carne, a patear la pelota en el patio de mis abuelos o simplemente a mirar el cielo y buscarles formas a las nubes.
Qué juego olvidado y tan noble el de buscarles formas a las nubes. Recuerdo en la terraza de mi casa haber visto una nube igual a un tiranosaurio rex una vez.
Un sábado mi mamá me compró unos libros en una librería que estaba en la estación Lanús, una que ya no está hace tiempo, y me dijo:
—Tomá, para cuando te aburras.
Entonces, los días que me aburría, leía esos libros. Me acuerdo de El principito, de Antoine de Saint-Exupéry; El maravilloso mago de Oz, de L. Frank Baum; Cuentos de la selva, de Horacio Quiroga; y mi favorito, Robinson Crusoe, de Daniel Defoe.
En los días sin sentido, esas historias eran películas para mí. Películas que sucedían en mi cabeza mientras las hojas iban y venían, como las de mi hijo en el consultorio.
Más tarde, como me había enganchado con la lectura, mis abuelos me compraron toda una colección que venía con la revista Genios. Esa misma en la que venían la calculadora inteligente o el reloj despertador también traía una colección de libros.
Ahí aparecían títulos clásicos como Drácula, de Bram Stoker; La vuelta al mundo en ochenta días y Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne; La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson; Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. En fin, infinidad de títulos.
En los veranos en Mar del Plata, cuando nos íbamos todo enero con mi mamá, mi hermana y mi abuela, llegaba un momento en que ya me aburría de escuchar los mismos dos casetes en el walkman, lado A y lado B, una y otra vez: Esquivando charcos, de La Renga, y Signos, de Soda Stereo.
Entonces mi mamá me mandaba a un local a cambiar unas revistas viejas de historietas de Patoruzú que teníamos en un cajón del departamento por otras nuevas. A la noche me leía dos o tres historias del cacique tehuelche y de su eterno y pícaro rival Isidoro Cañones. Al otro día las cambiaba por otras. Y así sucesivamente hasta que terminara la temporada o me leyera toda la colección.
Esas revistas todavía siguen guardadas en ese mismo cajón del departamento de Mar del Plata, esperando silenciosamente el momento de volver a ser leídas.
Mientras escribo esto pienso que este verano podría decirle a mi hijo que las lea. Y así volver a traer al mundo al dueño de la célebre frase: “¡Ahijuna, canejo!”.
Pero hasta ahora vengo contando una película de Hollywood perfecta, de un nene prodigio lector desde chiquito, y estaría mintiendo descaradamente, porque no siempre fue todo lectura.
Cuando comenzó la era del Family Game y, posteriormente, del Sega Genesis, también fui capturado por las nuevas tecnologías. Pasaba horas jugando al International Superstar Soccer Deluxe, al Mario, al Sonic y al Mortal Kombat.
Una vez pasé tanto tiempo jugando que el cartucho literalmente empezó a sacar humo y se quemó la consola. Por más que después soplara el cartucho como una armónica, nunca volvió a arrancar.
Después llegó el tiempo del Counter-Strike y el Age of Empires en los cibers. También fui preso de esa tecnología y los libros quedaron de lado.
Y así fue por mucho tiempo hasta que mi camino se cruzó con la profesora de Lengua de octavo grado, la gran Filomia.
Era una profesora ya aventurera en años que seguía dando clases y tenía la mala fama en el colegio de hacerte leer mucho durante el año. Algo que entre los adolescentes no garpaba demasiado.
Cuando me tocó tenerla a Filomia no venía con demasiada agilidad para la lectura, había olvidado cómo se hacía para leer y la tecnología de 16 bits me había comido un poco el cerebro.
Un día, la profesora de Lengua nos mandó a comprar un libro que modificó mi vida para siempre.
Las mejores cosas pasan cuando uno menos se las espera. Como aquel campeonato de Lanús de 2007, que apareció luego de quedar eliminados de la Sudamericana. Nadie tenía en el radar la posibilidad de obtener nuestra primera estrella y, sin embargo, ocurrió.
De esa misma manera fue que en mi vida, sin esperarlo, apareció el libro que me devolvería a la lectura: Los días del Venado, de Liliana Bodoc.
Una novela magnífica. Una especie de El señor de los anillos, pero desde nuestros pueblos originarios, con unas Tierras Fértiles amenazadas por la llegada de un mal que viene desde el otro lado del mar: Misáianes. Una forma de operación mental que la autora hace sobre la novela de Tolkien, pero de manera magnífica y, a mi gusto, mejor.
Lo cierto es que ese libro volvió a pintar de color una parte del cerebro que tenía dormida.
Y empecé a leer de nuevo sin parar. Aunque las consolas no estaban dispuestas a rendirse tan fácilmente. Como los juguetes de Toy Story, que cobran vida cuando Andy se duerme, el Family Game y el Sega Genesis parecían despertar cada vez que yo abría un libro, dispuestos a organizar un Mortal Kombat para aniquilarlo.
Si bien ella nos había mandado solamente el primero, la novela formaba parte de una trilogía. Yo, obviamente, compré los otros dos: Los días de la Sombra y Los días del Fuego.
Después llegó Oficio de búhos, una especie de spin-off de aquel universo, con historias que expandían lo que ya conocíamos. Una especie de Fear the Walking Dead, algo revelador para la época porque ahora está de moda en las series seguir exprimiéndole jugo a un universo, pero en aquel momento no era algo tan habitual.
Liliana era de avanzada. También su literatura.
Esa mañana Filomia, con su indicación de lectura, me devolvió a las canchas.
Me devolvió un hábito que se había ido apagando entre cartucho y cartucho.
Con aquellas novelas de Bodoc, Filomia hizo el gol definitivo. Al igual que el gol de Lautaro Martínez a los 47 minutos del segundo tiempo contra los ingleses.
Fue contundente.
En la vida nos cruzamos con seres oscuros y luminosos. Filomia era de los luminosos.
A diferencia de la profesora de Matemática, que siempre tenía cara de culo y solo les daba bola a los de la primera fila y al resto nos mandaba directamente a Mordor.
Filomia, en cambio, no buscaba embrutecernos, sino emanciparnos.
En la vida, a veces, tenés que cruzarte con alguien que te inspire, que te emancipe justo cuando estás perdido.
Sin ir más lejos, pienso en nuestro querido Sandro. Escuchaba música desde chico. Le gustaban los boleros, los tangos y el rock and roll que empezaba a llegar desde Estados Unidos. Pero fue Elvis Presley quien terminó de mostrarle un camino.
Pienso que, si Sandro no se hubiera cruzado con la música de Elvis, quizá nunca habría terminado siendo Sandro de América. Tal vez se las hubiera rebuscado en Valentín Alsina, ayudando a su padre con el reparto de vinos, y quién sabe, quizá hubiera terminado siendo dueño de una vinoteca.
Lo mismo pienso de Filomia. Si no me hubiera cruzado con ella, quizá jamás habría vuelto a leer con esa voracidad con la que leo hoy.
Y quién sabe. Quizá tampoco estaría escribiendo nada de esto.
Y ni hablar de YBC, que vio a un dramaturgo en mí mucho antes de que naciera.
Siempre estuve en contra de aquellas personas que te dicen que para ser o convertirte en lector tenés que leer a tal o cual autor. Mucho más en esta época, donde leer parecería haberse convertido en una especie de consumo vintage, de minorías.
Por supuesto que cuanto más leas y más autores dialoguen en tu cabeza, mejor.
Pero creo que no estamos en ese mundo ahora.
El lenguaje no es alto ni bajo. La lengua, al igual que la materia, está siempre en movimiento.
Y el gusto es amplio. Como decía mi abuela, siempre hay un roto para un descosido. Al igual que con las personas, hay libros para todos.
Pienso en Jesse Fisher, el personaje interpretado por Josh Radnor en aquella película de 2012 llamada Amor y letras. Fisher se vuelve loco cuando descubre que una chica que le gusta, interpretada por una joven Elizabeth Olsen, pasa su tiempo leyendo una novela de vampiros, similar a Crepúsculo, en lugar de leer a autores que él considera verdaderamente importantes, como J. D. Salinger.
Tanto se enoja Fisher con los gustos literarios de la chica que termina cuestionando su inteligencia. Y, entre una cosa y otra, termina perdiéndola y pasando una noche solo en un bar, bastante lejos de la vida intelectual que tanto defiende.
A veces, lo que no te gusta habla más de vos que lo que te gusta.
Fisher debió aprenderlo porque, hacia el final de la película, termina siendo bastante menos soberbio con los libros que leen los demás y él mismo reconoce que aquel libro de vampiros le había gustado un poco.
Estamos en un mundo donde la lectura ya no compite solamente con el Sega Genesis. Compite con Netflix y el resto de sus superamigas plataformas. Compite con las redes sociales, con los shorts lavacerebros, con ese consumo vacío de un minuto y medio que mirás uno atrás del otro como un zombi para alejarte de, como decía mi mamá y Martin Heidegger, todo el peso del ser.
Claro que Heidegger pensaba estas cosas en una época anterior al celular. Antes de que el capitalismo encontrara la manera de vendernos en cuotas un artefacto que, una vez en nuestras manos, terminaría arruinándonos para siempre el tiempo libre y alejándonos más de lo que nos comunica.
Un aparato que llevamos a todos lados para no tener que encontrarnos nunca con ese aburrimiento que tanto preocupaba al filósofo alemán y a mi mamá. Ya no hace falta sentir el peso de nuestro propio ser. Alcanza con desbloquear la pantalla.
Pienso en Milan Kundera y en La insoportable levedad del ser, aquella novela en la que, partiendo de Nietzsche, reflexiona sobre el peso y la levedad de nuestra existencia.
Quizá hoy tengamos tantas maneras de sacarnos el peso de encima que terminamos viviendo en una levedad insoportable. Pasamos de un video a otro, de una pantalla a otra, como si estuviéramos cambiando de canal para no encontrarnos nunca con nosotros mismos.
Siempre tengo dos o tres libros en mi mesa de luz, cuyos autores seguramente deben odiarse entre ellos. Pero a mí ese choque de ideologías me encanta. Me gusta que autores que jamás se sentarían a tomar una birra juntos tengan que convivir todas las noches al lado de mi cama.
Leo antes de dormir. Es una costumbre que fui adquiriendo para alejarme de las pantallas antes de cerrar los ojos. Hace un tiempo leí un artículo que explicaba que la luz de los celulares puede alterar la producción de melatonina, esa hormona que ayuda a regular el sueño, y hacer que nos cueste más dormirnos.
Así que ahora, cuando llega la noche, trato de dejar el celular a un costado y agarrar un libro.
Los autores podrán seguir sin tomarse esa Honey entre ellos. Yo, por lo menos, intento producir melatonina.
Si veo a un chico leyendo, sea lo que sea, cierro el partido. Si veo en el colectivo o en una sala de espera a alguien con un libro, el partido está ganado.
Ganado como sea.
Con los once colgados del travesaño. No importa. Los tres puntos están.
Cuestión que, después de varios días y escribiendo esto, terminé entendiendo al pediatra de mi hijo.
Nunca preguntó qué estaba leyendo. Tampoco pareció importarle.
Sonreía porque veía a un nene sin un celular y con un libro en la mano. Para él debía ser como encontrarse con el fósil de aquel tiranosaurio rex que yo había visto una vez en las nubes.
Y quién sabe.
Quizá ese libro que ahora tiene mi hijo sea su versión de Los días del Venado.
Y quizá dentro de muchos años termine agradeciéndole a su profesora de Lengua.
Como aprovecho ahora este espacio para hacer algo que yo nunca hice y que debí hacer hace mucho tiempo.
Gracias, señorita Filomia.
Usted nunca lo supo, pero con aquella novela me cambió la vida.
Todavía hoy, cuando me aburro, hago lo que me enseñaron de chico.
Busco un libro para que el peso del ser quede bien lejos.

