Cristina Kirchner desde su secuestro judicial: «La gente siempre vuelve» y apunta contra Milei y el armado del Lawfare
En su primera entrevista exclusiva concedida a un medio internacional desde la consumación de su secuestro judicial —tras la ratificación de la condena a seis años e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos—, Cristina Fernández de Kirchner rompió el silencio desde su departamento en Recoleta en un mano a mano con The Washington Post. En una extensa charla, la expresidenta analizó el escenario político regional e internacional, criticó con dureza el programa económico de Javier Milei, reconoció errores de la última gestión peronista y confirmó la presentación de su caso ante el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas para recuperar sus derechos políticos.
La denuncia ante la ONU para frenar la proscripción y el secuestro judicial
Acompañada por su abogado Rafael Valim —quien fuera asesor en la estrategia legal que logró la anulación de las causas armadas contra Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil—, Cristina Fernández de Kirchner confirmó que acudió al Comité de Derechos Humanos de la ONU para denunciar el entramado del Lawfare, la violación sistemática del debido proceso y la quiebra de sus garantías fundamentales. La presentación sostiene que la exmandataria fue responsabilizada penalmente por actos administrativos de terceros y que se le denegó el acceso a pruebas clave en una causa amañada.
«Díganme dónde puse la plata», desafió la expresidenta durante la entrevista. «Si me la hubiera robado, no estaría en prisión: estaría libre porque habría podido comprar al sistema judicial argentino, que es corrupto», aseveró. El objetivo de la presentación internacional busca que los organismos multilaterales reconozcan el quiebre institucional para frenar la proscripción y lograr la restitución de sus derechos políticos con vistas a las elecciones presidenciales de 2027.
Un análisis crítico sobre el presente económico, la gestión de Milei y la autocrítica peronista
Respecto a la coyuntura nacional, Cristina trazó un diagnóstico severo sobre el impacto de las medidas de ajuste aplicadas por la administración de Javier Milei. Remarcó que la ciudadanía padece la pérdida del poder adquisitivo, el aumento del desempleo y el incremento de la pobreza, señalando que la promesa de cambio del actual gobierno está derivando en un profundo desencanto social.
Asimismo, la titular del Partido Justicialista realizó una autocrítica sobre el último gobierno del Frente de Todos. Reconoció que la elevada inflación y el deterioro salarial afectaron la «cultura del trabajo», generando una distorsión donde los trabajadores formalizados percibían ingresos similares o inferiores a quienes recibían asistencia estatal. Sobre los desafíos del campo popular, enfatizó la necesidad de construir alternativas creíbles que atiendan las demandas económicas cotidianas y el problema de la deuda externa, superando la polarización destructiva.
Geopolítica global: elecciones en EE. UU., el triunfo de Lula y la mirada estratégica
En el plano internacional, Cristina Fernández de Kirchner vinculó el escenario sudamericano con la política global, anticipando que un eventual revés electoral de Donald Trump y el Partido Republicano en los comicios legislativos de Estados Unidos marcaría el inicio de un nuevo ciclo progresista en la región. «Paradójicamente, el hombre que ha hecho todo lo posible para ayudar a los gobiernos de derecha a ganar en América Latina perderá en su propio país», afirmó.
A nivel personal, relató detalles de su rutina diaria de acondicionamiento físico, lectura y estudio de idiomas en medio de la privación de su libertad, recordando la visita que le realizó el presidente brasileño Lula da Silva, quien le aconsejó no deprimirse. «Sé por qué estoy aquí: por lo que represento, por el gobierno que construimos y por mi negativa a someterme a los poderes establecidos. La historia no se escribe en líneas rectas; hay avances y retrocesos, pero la gente siempre vuelve», concluyó.
Transcripción textual del reportaje / Full Text Transcript
Versión en español
Cristina Kirchner apuesta a la derrota de Trump — y a su propio regreso Cristina Fernández de Kirchner, cumpliendo seis años bajo arresto domiciliario por corrupción, le ha pedido al Comité de Derechos Humanos de la ONU que revise su procesamiento.
BUENOS AIRES — Cristina Fernández de Kirchner, la expresidenta de Argentina, abrió las altas puertas arqueadas y salió al balcón.
La multitud abajo, recién llegada de una manifestación para protestar contra los recortes educativos del presidente libertario Javier Milei, se había detenido frente a su departamento para corear su nombre.
“¡Cristina presidenta!”, gritaban sus seguidores, sin inmutarse por el hecho de que cumple una condena de seis años de prisión domiciliaria por corrupción y está inhabilitada de por vida para ejercer cargos públicos. “¡Cristina presidenta!”
Kirchner, vistiendo jeans, una remera negra y un rosario de oro, saludó con la mano, dijo gracias, se llevó una mano al corazón y envió besos.
El encuentro de un reciente jueves duró apenas unos segundos. Los tribunales argentinos le han dejado poco margen para algo más.
Regresó del balcón, respiró hondo, se hundió en un sofá de cuero marrón y reanudó una entrevista con The Washington Post, la primera con un medio internacional desde su sentencia el año pasado.
A Kirchner también se le ha prohibido la entrada a los Estados Unidos, pero ve las posibilidades de un regreso para ella y para el movimiento político de izquierda que la llevó a la presidencia.
“La historia no se escribe en líneas rectas”, dijo. “Hay avances y retrocesos. Pero la gente siempre vuelve”.
El ejemplo más claro, dijo, serían las pérdidas que pronostica para el presidente Donald Trump y los republicanos el martes en las elecciones de medio término de EE. UU.
“Paradójicamente, el hombre que ha hecho todo lo posible para ayudar a los gobiernos de derecha a ganar en América Latina perderá las elecciones en su propio país”, dijo Kirchner. Confía en que los votantes estadounidenses lancen una ola progresista.
Kirchner, exmiembro del Congreso, senadora, primera dama, vicepresidenta y presidenta, es una de las figuras más polarizantes de Argentina, y lleva poco menos de 18 meses de su condena.
Pero a sus 73 años, sigue siendo un ícono del peronismo, el movimiento populista que ha moldeado la política del país durante generaciones.
Sigue siendo la presidenta del Partido Justicialista de izquierda de Argentina, fundado hace 80 años por Juan Perón y su esposa, Eva, y co-líder del Frente de la Patria, el bloque de oposición más grande en el Congreso Nacional. Encuestas recientes han mostrado que sus índices de aprobación son ligeramente superiores a los de Milei, aunque ambos se ubican en los 30 puntos.
Aun así, se sintió alentada por los jóvenes manifestantes afuera de su ventana. “Muchos de ellos son estudiantes”, dijo.
Por ahora, el mundo de Kirchner se limita a su departamento de 200 metros cuadrados. Ha establecido una rutina: come sano, hace ejercicio de cuatro a cinco veces por semana en una cinta de correr, una plataforma de step y pesas, y estudia inglés y chino “para evitar que mis neuronas envejezcan”.
Pasa sus tardes leyendo y siguiendo los acontecimientos políticos mundiales por televisión.
La parte más difícil, dijo, es no poder compartir sus pensamientos con amigos y aliados. Tiene permitidas cuatro horas de visitas a la semana, distribuidas en dos días, con no más de tres personas a la vez. Puede usar un teléfono celular, pero teme que sus comunicaciones estén intervenidas.
Su viejo amigo Luiz Inácio Lula da Silva, reelecto presidente de Brasil la semana pasada, la visitó el año pasado. Lula pasó 580 días en prisión por cargos de corrupción antes de ser liberado en 2019 y que sus condenas fueran anuladas.
“Me dijo: ‘Haz ejercicio y no te deprimas’”, contó. “Pero no tengo derecho a deprimirme ni a atormentarme ante el sufrimiento de los demás. Sé por qué estoy aquí: por lo que represento, por el gobierno que construimos y por mi negativa a someterme a los poderes establecidos”.
Kirchner, abogada de profesión, fue primera dama de Argentina cuando su esposo, Néstor Kirchner, fue presidente de 2003 a 2007. Luego lo sucedió como presidenta de 2007 a 2015. (Néstor Kirchner falleció en 2010).
Más tarde, se desempeñó como vicepresidenta del candidato presidencial que ella misma eligió, Alberto Fernández, de 2019 a 2023, cuando se la consideraba demasiado polarizante para encabezar la fórmula.
En medio de una crisis económica, Fernández y Kirchner optaron por no buscar la reelección en 2023. Ese año, Milei, un cercano aliado de Trump, capitalizó la indignación pública ante la inflación, el desencanto con la clase política tradicional y la frustración con la corrupción.
Kirchner reconoce que los peronistas contribuyeron a su propia derrota. Bajo Fernández y Kirchner, la inflación anual alcanzó el 211 por ciento y la tasa de pobreza subió al 40 por ciento, erosionando los salarios y dejando a algunos trabajadores sin poder adquirir lo básico.
“Hubo una ruptura en la cultura del trabajo”, dijo. “La gente veía que quienes trabajaban jornadas de ocho horas, soportaban jefes y largos viajes en transporte público ganaban lo mismo o menos que los vecinos que recibían planes sociales”.
Kirchner fue condenada en 2022 en un esquema de contratación de obras públicas en la provincia de Santa Cruz durante su presidencia que, según los fiscales, benefició a un empresario aliado. Fue declarada no culpable de liderar una asociación ilícita dedicada al cobro de cobornos y sobreprecios ligados a proyectos viales en la Patagonia.
Kirchner niega cualquier delito y califica su procesamiento como una persecución política.
“Díganme dónde puse la plata”, dijo. “Porque sinceramente, si me la hubiera robado, no estaría en prisión. Estaría libre, porque habría podido comprar al sistema judicial argentino, porque son corruptos”.
Kirchner y su abogado, Rafael Valim, han pedido al Comité de Derechos Humanos de la ONU que revise su caso argumentando que se le denegó el debido proceso y sus derechos fundamentales. Ese fue el camino que tomó Lula; Valim fue asesor en su caso.
Kirchner y Valim afirman que fue responsabilizada de manera injusta por las acciones de su jefe de gabinete y otros ministros, y que a su defensa se le denegó el acceso a pruebas clave.
La prioridad, dijo Valim, es restituir los derechos políticos de Kirchner y anular su inhabilitación para ejercer cargos públicos.
El comité de la ONU puede dictaminar si se violaron los derechos de un acusado. No tiene la autoridad para revocar fallos de tribunales nacionales. Sin embargo, como signataria del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, Argentina está obligada a cumplir con sus estándares.
“La decisión debe ser presentada ante el poder judicial argentino”, dijo Valim. “Pero dada la tradición de derechos humanos de Argentina y la apertura de su sistema legal a las decisiones internacionales sobre derechos humanos, veo una posibilidad mucho mayor de cumplimiento, incluso en el caso de Cristina, a pesar de que este es un sistema que quiere perseguirla”.
Argentina ha estado históricamente comprometida con el multilateralismo y el derecho internacional, señaló Flávia Piovesan, exvicepresidenta de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Agregó que los gobiernos de derecha, como el de Milei, a menudo retratan la supervisión extranjera como una injerencia, pero indicó que un fallo favorable podría ser contundente.
“A los ojos de la comunidad internacional, habrá sido reivindicada”, dijo Piovesan, profesora de derecho en la Pontificia Universidad Católica de São Paulo. “Eso crea una narrativa poderosa que podría tener un impacto en la arena política interna”.
Con eso es con lo que cuentan Kirchner y Valim. “Si Argentina no cumple”, dijo Valim, “preveo una movilización social irresistible del pueblo argentino”.
Kirchner se sentó a una mesa roja en su comedor, rodeada de libros y una gran televisión que alternaba mayoritariamente entre canales internacionales. Consideraría postularse para la presidencia nuevamente en 2027, dijo, cuando se espera que Milei busque la reelección. La oposición aún no se ha encolumnado detrás de un único candidato.
“Cuando recupere mis derechos políticos, ¿por qué no?”, dijo.
Cuando Milei y otros líderes de derecha en el mundo no cumplan sus promesas, sostiene, la ira contra el sistema que los impulsó se volverá en su contra.
Kirchner reconoce que los votantes han perdido la fe en la democracia y en la política tradicional. Han estado dispuestos a respaldar a líderes que prometen derribar los sistemas existentes.
“Pero ahora muchos argentinos están frustrados porque sus vidas no han mejorado, el dinero no les alcanza para llegar a fin de mes y ven un gobierno que no solo no hace nada por los pobres, sino que los ataca activamente”.
El panorama económico de Argentina es mixto. Milei ha logrado reducir la inflación respecto a los picos que heredó. Sin embargo, la pobreza aumentó este año a medida que los ingresos de los hogares lucharon por mantenerse al ritmo del creciente costo de vida. El desempleo también ha subido.
Milei se ganó el elogio de los mercados financieros por recortar el gasto y levantar los controles cambiarios como parte de su esfuerzo por reestructurar la golpeada economía argentina. Pero los costos sociales de su plan de austeridad están pesando sobre su imagen política. Sus índices de aprobación cayeron a los niveles más bajos desde que asumió el cargo.
El desafío ahora para los progresistas, dijo Kirchner, no es simplemente recuperar el poder, sino comprender la rabia que ha llevado a los votantes hacia líderes que prometen romper el sistema y ofrecer una alternativa creíble. Lo que se necesita, dijo, son propuestas que la gente crea que realmente se pueden implementar, particularmente para abordar las preocupaciones económicas cotidianas y la deuda.
“¿Es posible gobernar racionalmente una sociedad en la que el 50 por ciento piensa que el otro 50 por ciento debe desaparecer?”, se preguntó.
Sus clases de chino, dijo, le han dado una nueva forma de pensar sobre la pregunta. En Occidente, dijo, la política se ha visto moldeada durante mucho tiempo por la expectativa de que un lado debe derrotar al otro. En la filosofía china, las fuerzas opuestas del yin y el yang coexisten en lugar de buscar eliminarse mutuamente.
Afuera, más ruidos llegaban desde la vereda. “¡Ahí vienen los bombos!”, sonrió Kirchner.
Entre sus seguidores, una mujer sostenía un cartel que decía “¡Cristina Libre!”.
“Hoy hay mucha gente por las protestas”, dijo Christina Rivera, quien estaba entre los manifestantes. “No siempre es así. Pero vengo todas las semanas para que ella sepa, allá arriba, que no está sola”.
English Original Version
Argentina’s Kirchner is betting on Trump’s defeat — and her own comeback Cristina Fernández de Kirchner, serving six years under house arrest for corruption, has asked the U.N. Committee on Human Rights to review her prosecution.
BUENOS AIRES — Cristina Fernández de Kirchner, Argentina’s former president, opened the tall, arched doors and stepped onto the balcony.
The crowd below, fresh from a demonstration to protest education cuts by libertarian President Javier Milei, had stopped outside her apartment to chant her name.
“Cristina for president!” supporters shouted, undeterred by the fact that she is serving a six-year sentence house arrest for corruption and banned for life from holding public office. “Cristina for president!”
Kirchner, wearing jeans, a black top and a gold rosary, waved, said thank you, held a hand to her heart and blew kisses.
The encounter on a recent Thursday lasted just seconds. Argentina’s courts have left her little room for anything more.
She returned from the balcony, drew a deep breath, sank into a brown leather sofa and resumed an interview with The Washington Post, her first with an international outlet since her sentencing last year.
Kirchner has also has been barred from entering the United States, but she sees the possibilities of a comeback for herself and for the left-wing political movement that carried her to the presidency.
“History is not written in straight lines,” she said. “There are advances and setbacks. But the people always come back.”
The clearest example, she said, would be the losses she predicts for President Donald Trump and the Republicans on Tuesday in the U.S. midterms.
“Paradoxically, the man who has done everything to help right-wing governments win in Latin America will lose the elections in his own country,” Kirchner said. She is hoping U.S. voters will launch a progressive wave.
Kirchner, a former member of congress, senator, first lady, vice president and president, is one of Argentina’s most polarizing figures, and she is not quite 18 months through her prison term.
But at 73, she remains an icon of Peronism, the populist movement that has shaped the country’s politics for generations.
She’s still president of Argentina’s left-wing Justicialist Party, founded 80 years ago by Juan Perón and his wife, Eva, and co-leader of the Homeland Front, the largest opposition bloc in the National Congress. Recent polling has shown her approval ratings to be slightly higher than Milei’s, though both are in the 30s.
Still, she was heartened by the young demonstrators outside her window. “Many of them are students,” she said.
For now, Kirchner’s world is limited to her 2,150-square-foot apartment. She has established a routine, eating healthy, exercising four to five times a week on a treadmill, a step platform and weights, and studying English and Chinese “to keep my neurons from aging.”
She spends her afternoons reading and following political developments around the world on television.
The hardest part, she said, is not being able to share her thoughts with friends and allies. She is allowed four hours of visits a week, spread across two days, with no more than three people at a time. She can use a cellphone, but she fears her communications are monitored.
Longtime friend Luiz Inácio Lula da Silva, who was reelected president of Brazil last week, visited her last year. Lula spent 580 days in prison on corruption charges before he was released in 2019 and his convictions were annulled.
“He told me, ‘Exercise, and don’t get depressed,’” she said. “But I don’t have the right to get depressed or torment myself in the face of others’ suffering. I know why I’m here: because of what I represent, the government we built and my refusal to submit to established powers.”
Kirchner, a lawyer, was first lady of Argentina when her husband, Néstor Kirchner, was president from 2003 to 2007. She then succeeded him as president from 2007 to 2015. (Néstor Kirchner died in 2010.)
Later, she served as vice president to the presidential candidate she chose, Alberto Fernández, from 2019 to 2023, when she was seen as too polarizing to head the ticket.
Amid an economic crisis, Fernández and Kirchner declined to run for reelection in 2023. That year, Milei, a close Trump ally, tapped into public anger at inflation, disillusionment with the political establishment and frustration with corruption.
Kirchner acknowledges that the Peronistas contributed to their own defeat. Under Fernández and Kirchner, annual inflation reached 211 percent, and the poverty rate climbed to 40 percent, eroding wages and leaving some workers unable to afford basic necessities.
“There was a breakdown in the culture of work,” she said. “People saw that those who worked eight-hour days, endured bosses and long commutes were earning the same or less than neighbors who received government benefits.”
Kirchner was convicted in 2022 in a public works contracting scheme in the province of Santa Cruz during her presidency that prosecutors said benefited a business ally. She was found not guilty of heading an organization that engineered bribes and overpricing tied to roadwork projects in Patagonia.
Kirchner denies wrongdoing and describes her prosecution as politically motivated.
“Tell me where I put the money,” she said. “Because honestly, if I had stolen it, I wouldn’t be in prison. I’d be free, because I would have been able to buy the Argentine judicial system, because they are corrupt.”
Kirchner and her lawyer, Rafael Valim, have asked the U.N. Human Rights Committee to review her case on the grounds she was denied due process and fundamental rights. That’s the path Lula took; Valim was an adviser in his case.
Kirchner and Valim say she was unfairly held responsible for the actions of her chief of staff and other ministers, and her defense was denied access to key evidence.
The priority, Valim said, is to restore Kirchner’s political rights and overturn her ban from public office.
The U.N. committee may rule on whether a defendant’s rights were violated. It doesn’t have the authority to overrule national courts. But as a signatory to the International Covenant on Civil and Political Rights, Argentina is obligated to uphold its standards.
“The decision must be submitted to the Argentine judiciary,” Valim said. “But given Argentina’s human rights tradition and the openness of its legal system to international human rights decisions, I see a much greater possibility of compliance, even in Cristina’s case, despite the fact that this is a system that wants to persecute her.”
Argentina has historically been committed to multilateralism and international law, said Flávia Piovesan, a former vice president of the Inter-American Commission on Human Rights. She said right-wing governments such as Milei’s often portray foreign oversight as interference, but said a favorable ruling could be potent.
“In the eyes of the international community, she will have been vindicated,” said Piovesan, a law professor at Pontifical Catholic University of São Paulo. “That creates a powerful narrative that could have an impact on the domestic political arena.”
That’s what Kirchner and Valim are counting on. “If Argentina fails to comply,” Valim said, “I foresee an irresistible social mobilization by the Argentine people.”
Kirchner sat at a red table in her dining room, surrounded by books and a large television that alternated among mostly international channels. She would consider running for president again in 2027, she said, when Milei is expected to seek reelection. The opposition has not rallied behind one candidate.
“When I recover my political rights, why not?” she said.
When Milei and other right-wing leaders around the world fail to deliver on their promises, she argues, the antiestablishment anger that has propelled them will turn against them.
Kirchner acknowledges that voters have lost faith in democracy and traditional politics. They have been willing to back leaders who promise to tear down existing systems.
“But now many Argentines are frustrated because their lives have not improved, their money doesn’t last until the end of the month, and they see a government that not only does nothing for the poor but actively attacks them.”
Argentina’s economic picture is mixed. Milei has succeeded in driving inflation down from the heights he inherited. But poverty rose this year as household incomes struggled to keep pace with the rising cost of living. Unemployment has also climbed.
Milei won praise from financial markets for slashing spending and lifting currency controls as part of his effort to overhaul Argentina’s long-troubled economy. But the social costs of his austerity drive are weighing on his political standing. His approval ratings have fallen to their lowest levels since he took office.
The challenge now for progressives, Kirchner said, is not simply to regain power, but to understand the anger that has driven voters toward leaders promising to upend the system and to offer a credible alternative. What’s needed, she said, are proposals people believe can actually be implemented, particularly to address everyday economic concerns and debt.
“Is it possible to rationally govern a society in which 50 percent think the other 50 percent must disappear?” she asked.
Her Chinese lessons, she said, have given her a new way to think about the question. In the West, she said, politics has long been shaped by the expectation that one side must defeat the other. In Chinese philosophy, the opposing forces of yin and yang coexist rather than seek to eliminate each other.
Outside, more sound rose from the sidewalk. “Here comes the drumming!” Kirchner smiled.
Among her supporters, one woman held a sign that read “Free Cristina!”
“It’s crowded today because of the protests,” said Christina Rivera, who stood among the demonstrators. “Not always like this. But I come every week, so up there she knows she’s not alone.”

