El relato del olvido *** Por SEF
El fin de semana pasado, con motivo de la celebración de Halloween, que año tras año crece en nuestro país a tasas chinas, les propuse a mis dos hijos ver algunos capítulos de una serie de terror infantil que yo veía allá por los años noventa.
La serie en cuestión se llamaba ¿Le temes a la oscuridad? (¿Are You Afraid of the Dark?). Era una clásica serie de televisión de terror y misterio para jóvenes, creada por D. J. MacHale y Ned Kandel, que transmitía en su momento Nickelodeon, el canal forjado en Orlando, Florida.
La serie comenzaba con un grupo de jóvenes que se reunían en secreto por la noche, en un viejo bosque, alrededor de una fogata, para narrar distintas historias de terror que luego veíamos en pantalla, en pequeñas historias de veinte minutos.
Antes de comenzar el relato, uno de los miembros de esta sociedad arrojaba un «polvo mágico» al fuego para hacerlo estallar y decía la famosa frase: «Someto a la aprobación de la Sociedad de la Medianoche esta historia que titulo…», y a continuación, el nombre de la historia que se iba a narrar.
Cada episodio presentaba un relato de terror diferente y auto conclusivo sobre fantasmas, brujas, casas embrujadas, monstruos y objetos malditos.
Cuestión que el viernes por la noche puse algunos capítulos para el disfrute de mis hijos, que querían a toda costa ver algo de terror, y la serie me pareció apropiada.
Uno de los capítulos que vimos se llamaba «El relato del olvido», en el que se narra la historia de dos hermanos que no se llevan del todo bien y deben afrontar su día a día, en su mayoría solos, porque su mamá trabaja desde la mañana hasta el anochecer.
Camino al colegio, Max (el hermano mayor) compra en una tienda mágica, atendida por un vendedor ventajero llamado Sardó (con tilde en la ó, como él mismo afirma), un lápiz y una goma embrujados.
Ambos elementos, sin saberlo de antemano, tienen la particularidad de que, cuando uno escribe el nombre de algo o lo dibuja y luego lo borra con la goma, el objeto o la persona desaparece y es transportado a una dimensión paralela conocida como el Olvido.
Tal es así que Max, durante varios minutos, se dedica a borrar cosas que le molestan para fastidiar a Shelby, su hermana, o simplemente por mero disfrute. Así borra, en lo sucesivo del capítulo, un piano, un perro que lo persigue cada vez que vuelve del colegio y la tarea de su hermana.
Pero Max sube la apuesta cuando, enojado con Shelby, la dibuja y la borra. Ahí se da cuenta de que se mandó una flor de cagada.
Luego de quemarse las pestañas viendo cómo volver a traer a su hermana a la vida, termina encontrando la solución: borrarse él mismo e ir al Olvido para recuperarla.
En el capítulo, el Olvido se presenta como un lugar atemporal lleno de objetos apilados en desuso, como radios y televisores transmitiendo sonidos e imágenes para nada, para nadie. Un lugar repleto de cosas amontonadas unas sobre otras, como el galponcito del fondo de mi casa, que tranquilamente podría ser el set donde se recreó aquel Olvido de la serie.
Mientras miraba la serie con mis hijos, que se reían por la actitud de estos dos hermanos en quienes se sentían representados, yo me pregunté: ¿dónde van las cosas que son olvidadas?
Porque hay una diferencia enorme entre perder algo y olvidarlo. Cuando perdemos algo, sabemos que falta. Cuando lo olvidamos, ni siquiera nos damos cuenta de que desapareció.
Uno, a lo largo de su vida, compra y tira miles de objetos. El capitalismo nos acostumbró a que todo tiene fecha de vencimiento. Los objetos, las costumbres y, a veces, hasta las personas.
Mercado Libre no existe. Es una utopía. Lo único libre es el mercado. Nosotros corremos atrás, tratando de alcanzarlo.
Me acordé y reflexioné sobre dónde habrá ido a parar mi MP3 azul, en el que tenía cargados algunos temas descargados del Ares, una vieja plataforma pirata que servía para descargar música desde la web. Descargabas un tema y diez virus.
Ese MP3 me acompañó durante los últimos años del colegio, en las caminatas de casa al Polimodal. Solo precisaba dos pilas AA y tenías un mes asegurado de música en tus oídos.
O aquel MP3 negro que una novia me prestó alguna vez, cargado de temas de Eros Ramazzotti, para que me acompañara en mis viajes en el 37, cuando iba a visitar a mi mamá, que estaba internada después de una operación en el Centro Gallego.
Y si pienso dónde estarán aquellos reproductores de música, también me pregunto si estarán acompañados del walkman Sony azul y el discman gris de la misma marca, al lado de mis casetes y mis discos, comprados algunos en Musimundo y otros en el puesto pirata que tenía un flaco en la puerta de un supermercado del barrio.
Ibas por medio kilo de pan y te venías con tres discos y dos películas.
A veces la vida es injusta con algunos. Aquel sujeto que tantas alegrías nos había dado terminó preso por vender películas y discos piratas. La Justicia hizo su trabajo y dejó a todo un barrio sin películas para disfrutar los sábados por la noche.
Esas películas también deben estar guardadas en el Olvido junto con la videocasetera, los VHS y el DVD.
Después hay cosas que desaparecieron sin que nos demos cuenta. Un día estaban y al otro se habían ido.
Como las cabinas telefónicas. Esa aventura de llamar desde la calle y sentir que el tiempo de la conversación dependía de las monedas que te quedaban en el bolsillo. Cierro los ojos y recuerdo todas las cabinas como «honguitos» sobre Boulevard Marítimo, frente al mar, en Mar del Plata.
Los boletos del colectivo. Que te tocara capicúa era como haber descubierto un tesoro.
Las cámaras de fotos y sus rollos. Eran 24 fotografías para momentos especiales como cumpleaños, las fiestas o las vacaciones, y esa adrenalina al ir a revelarlas y ver cómo habían salido.
Me acuerdo de una vez que con mi hermana le quitamos la cámara de fotos a mi mamá sin que ella lo supiera y nos sacamos fotos jugando. Cuando fuimos a revelarlas, mi vieja se encontró con todas las fotos en primer plano de nuestros ojos, lenguas, narices…
Ella nos retó, pero nunca se dio cuenta de que habíamos inventado lo que hoy llamamos selfie.
La lista es larga y podría seguir con las guías telefónicas, los disquetes (muy de moda en los dibujitos de los noventa entre los villanos: siempre había uno que amenazaba con destruir el mundo poniendo un disquete en una computadora para vaya uno a saber qué), las cartas escritas a mano, el teléfono fijo de la casa, saber el número de memoria de tus amigos, tus familiares o, peor aún, de tu novia, y tener que llamar y bancarte hablar primero con su madre o, peor, con su padre.
Ahora mismo no sé dónde están todas mis cosas de esta lista, como tampoco recuerdo la última vez que memoricé el teléfono de alguien.
¿Adónde habrá ido a parar Fotolog y aquel muro donde las firmas eran limitadas? ¿Y el MSN Messenger, donde pasábamos horas hablando con amigos y desconocidos?
Un día mandé mi último zumbido, cerré sesión y nunca más volví a abrirlo.
¿Dónde habrán quedado aquellos nicks interminables escritos en colores?
Disculpen que sea reiterativo, pero ¿Adónde habrán ido a parar todas aquellas tarjetas de recarga de Movicom que me bajé para seguir mandando SMS o para descargar tonos polifónicos de las revistas del momento?
¿Adónde habrá ido a parar Arrancacorazones en versión polifónica?
¿Y la viborita del Nokia 1100? ¿Dónde estará aquella serpiente que se alimentaba de cuadraditos negros y que nos hacía pasar horas intentando superar nuestro propio récord?
En fin, la lista es larga e interminable y, mientras leen, seguramente a su Olvido podrán agregar varios objetos más que estarán acumulados por ahí.
Pienso que el progreso tiene una costumbre bastante cruel: convierte en basura cosas que alguna vez nos hicieron felices.
Si no, pregúntenle a Silvio Rodríguez, que una vez perdió un jean azul y nunca pudo superar semejante pérdida. Tanto fue así que terminó componiendo una canción que se volvería inmortal.
Ojo, no solo los objetos viajan al Olvido. También lo hacen los lugares.
Se me viene a la mente el videoclub que estaba a dos cuadras de mi colegio, donde pedíamos películas con el número de cuenta de la mamá de uno de mis amigos. Todos teníamos el mismo número de cuenta, el 242, y la mamá de mi amigo, una cuenta enorme de películas de alquiler que debía pagar.
O aquel Blockbuster de al lado de la municipalidad, por Pavón, donde, si alquilabas un «estreno», tenías que devolverlo en 24 horas o te cobraban una multa millonaria. Ibas y lo tirabas en el buzón de la puerta.
El ciber donde jugábamos al Counter-Strike o al Age of Empires todos al mismo tiempo en red, la librería de la estación Lanús donde mi mamá me compraba libros, la tienda de juguetes de la esquina donde me compraba los Power Rangers y los Caballeros del Zodiaco, el Cine Rex donde un día nos rateamos del colegio para ver Daredevil comiendo pochoclos aquella tarde de primavera.
No todos desaparecieron de la misma manera. Algunos cerraron, otros cambiaron de rubro y otros, a veces, siguen ahí, pero ya nadie entra.
Hay negocios que cierran y al mes siguiente tienen otro cartel. Pero uno sigue llamándolos por el nombre del negocio anterior, como intentando arrancarlos del Olvido.
Un ejemplo de esto es el famoso Auchan. Aquel hipermercado de la subida de la autopista, en Sarandí, que hace años dejó de existir, pero al que todavía seguimos llamando por su antiguo nombre.
¿Y mis bandas de la adolescencia? Aquellas con las que tocábamos cada fin de semana en un boliche distinto.
¿También estarán descansando en aquel set de televisión de la serie filmada en Orlando?
¿Y Vete, aquel tema con el que una noche cortamos una calle de Villa Gesell y logramos que todos salieran de sus balcones veraniegos para cantarlo con nosotros?
¿Eso también habrá ido a parar al Olvido?
Quizá todavía haya alguien que recuerde aquella canción. Alguien que esa noche salió al balcón, la cantó con nosotros y después siguió con sus vacaciones sin saber que, tantos años después, yo seguiría pensando en ese momento y escribiría este recuerdo para La Unión de Lanús.
También al terreno de lo olvidado viajan esas cosas que uno hace por última vez sin saberlo.
Nadie nos avisa cuando estamos haciendo algo por última vez.
Pienso en la última vez que llevé a mi hijo mayor a upa. No recuerdo cuándo fue. Seguramente lo levanté, caminamos un rato y después lo bajé al piso porque se me partía la espalda a la mitad, como tantas otras veces. Seguramente me habrá pedido que lo volviera a levantar y yo le habré dicho que después lo llevaba de nuevo en los hombros.
Sin saber que jamás volvería a subirlo en mi espalda.
La última vez que jugué imaginando un partido de fútbol en el patio de mis abuelos, donde las macetas eran los jugadores del equipo rival. La última vez que mi mamá me llamó para avisarme que ya estaba la comida. Tampoco recuerdo la última vez que le pegué un almohadonazo a mi hermana Julieta y ella salió corriendo, llorando, a decirle a mi mamá que le estaba pegando. O la última vez que jugamos con mis amigos debajo de la lluvia sin tener que preocuparnos por ir a trabajar o cumplir obligaciones al otro día. La última vez que dormí en la casa de mis padres. Al día siguiente me mudé, sin saber que aquella noche había sido la última.
O simplemente la última vez que compartimos un mate con alguien.
Ninguna de esas cosas tuvo una despedida. No hubo una ceremonia ni un aviso.
Simplemente sucedieron, como repetí a mansalva a lo largo de esta columna, por última vez.
Recuerdo haber estado junto a mi primo viendo a Cerati en el Club Ciudad de Buenos Aires, durante la presentación de Fuerza natural. Al terminar el recital, Gustavo se despidió diciendo:
—Nos vemos a la vuelta.
Con mi primo nos miramos y dijimos que íbamos a estar atentos para sacar las entradas cuando volviera.
No hizo falta.
Gustavo nunca regresó.
A veces, lo que termina viajando al Olvido no son las cosas que dejamos atrás, sino los momentos que creíamos que todavía nos quedaban por vivir.
Nietzsche, con su idea del eterno retorno, se preguntaba qué pasaría si tuviéramos que vivir nuestra vida una y otra vez, eternamente.
Yo me pregunto si, en alguna de esas vidas, volvería a encontrar mi MP3 cargado de temas. Quizá en una repetición del universo todavía esté sentado en el 100 3, tratando de desenredar los auriculares, mientras espero que termine de sonar Sing, de Travis.
Nuestro querido Borges escribió un cuento extraordinario llamado La memoria de Shakespeare, en el que un hombre hereda la memoria del dramaturgo inglés. Pero no hereda solamente sus recuerdos, su talento o sus conocimientos. También recibe sus miedos, sus angustias y aquellas cosas que quizá el propio Shakespeare hubiera preferido olvidar.
Y ahí aparece otra paradoja. Nos pasamos la vida intentando recordar las cosas que se nos escapan, pero ¿qué pasaría si no pudiéramos olvidar absolutamente nada?
Quizá el olvido no sea solamente ese lugar oscuro al que van a parar las cosas que desaparecen.
Quizá también sea una forma de protegernos.
Y pienso también en La Renga, que alguna vez cantó sobre una nave del olvido.
Quizá el olvido también sea eso. Una nave a la que, de vez en cuando, uno se sube para cantar a los gritos, bailar un rato y olvidarse de todo aquello que le pesa.
Porque no siempre queremos recordar. A veces también necesitamos olvidarnos de algunas cosas para poder seguir viviendo.
George Harrison, otro que parecía entender bastante bien estas cosas, cantaba que todas las cosas debían pasar en aquel disco hermoso llamado All Things Must Pass.
Harrison tenía razón. Todo pasa. Incluso las cosas que alguna vez creímos que iban a durar para siempre.
Al terreno del Olvido también van a parar aquellos principios de obras que nunca fueron, cuentos que finalizaron antes de comenzar, poemas inconclusos y escritos de todo tipo.
Historias que alguna vez quisimos contar y que, por algún motivo, dejamos de escribir.
Pensar en el olvido y la escritura también me hace recordar una frase que me enseñaron durante mis años de formación como dramaturgo: “Escribimos para recordar aquello que el día de mañana ya no va a existir”.
Desde entonces pienso en la escritura como una especie de cápsula del tiempo. Una herramienta contra el olvido. Una manera de guardar algo de lo que somos antes de que el tiempo se encargue de borrarlo.
Algo parecido a esa necesidad de escribir para no morir que asocio con Alfonsina Storni.
Quizá un poco de eso exista también en mí. Escribir para perdurar. Aunque sea en el corazón de los que más te quieren.
Porque, al final, uno no escribe solamente para contar lo que pasó.
A veces uno escribe para que no terminen de desaparecer.
Creo que también por esa lucha contra el olvido es que, desde que nació mi hija, le escribo un diario donde voy narrando sus días en esta tarea titánica de crecer en este mundo.
Ahí conservo desde el día de su nacimiento y su primera comida hasta su primer día de jardín. Pequeños acontecimientos que hoy parecen insignificantes, pero que algún día quizá ni ella ni yo podamos recordar con exactitud.
Me gusta creer que, cuando sea grande, podrá abrir ese diario y encontrarse con una versión de sí misma que ya no existe.
Y, de paso, encontrarse un poco conmigo y decir:
—¡Qué al pedo que estaba mi viejo, que se la pasaba escribiendo de qué color fue mi primera caca!
Pienso también en Coco, aquella maravillosa y lagrimosa película de Disney que reflexiona sobre el olvido.
En un momento, uno de los esqueletos comienza a desaparecer, como les sucedía a los hermanos de Marty McFly en Volver al futuro. Pero, a diferencia de estos últimos, que se desvanecían porque su destino estaba siendo modificado, en Coco los personajes desaparecen porque ya nadie los recuerda.
La película nos enseña algo hermoso: mientras alguien nos recuerde, jamás terminaremos de caer en el Olvido.
Mientras aquel capítulo llegaba a su fin en la pantalla, había algo que me seguía haciendo ruido: si todo pasa, ¿adónde va?
Quizá la pregunta no sea dónde van las cosas que olvidamos.
Quizá la verdadera pregunta sea otra.
¿El olvido es un lugar al que van las cosas o es un lugar del que nosotros nos vamos?
Pienso en el galponcito del fondo de mi casa. A veces creo que debería entrar y empezar a revisar todo lo que hay ahí adentro. Quizá encuentre el walkman o algún casete que todavía conserve la música de aquellos años.
O quizá encuentre algo peor: una parte de mí que había olvidado que existía.
Cuando finalmente terminó el capítulo, mis hijos querían seguir viendo historias de terror. Para ellos, el Olvido era solamente una dimensión fantástica, llena de cajas apiladas, donde un chico había ido a buscar a su hermana, borrada con una goma blanca.
Yo, en cambio, me había quedado pensando en todas las cosas que fui dejando atrás.
Ellos todavía no saben que algún día también van a olvidarse de algunas cosas que hoy tienen a diario.
No sé dónde habrán quedado mis reproductores de música. Pero cada vez que escucho Sing, de Travis, vuelvo a estar sentado en el 100 3, con los auriculares enredados y toda una vida por delante.
El MP3 desapareció. El viaje, por suerte, aún no.
Y mientras termino de escribir esto, miro mi viejo y querido reloj Casio. Lo llevo en la muñeca desde chico y todavía sigue funcionando.
Parece que el tiempo todavía no pudo con todo.

