Roberto Arlt en Villa Obrera: la fabulosa historia del laboratorio donde intentó fabricar medias irrompibles

Por Pablo Barreiros

“El laboratorio parecía la caldera de un barco infernal. Un taller ubicado en el fin del mundo, el ámbito de un científico loco que busca destruir al sol. Un enjambre de artículos varios, adminículos y máquinas del terror, que dejaría mal parado al cambalache mejor pintado. Un galpón en el fondo de la propiedad situada en la calle Tucumán 2433, frente a la Plaza de Villa Obrera que replica en su nombre al del pueblo que la contiene, y nutre a la estirpe de los habitantes del lugar. Una arteria con casas de una orilla y una plaza en la otra, adornada por robles, eucaliptus y paraísos, musicalizada por gorriones, zorzales, benteveos y chingolos. No incorporamos en este aspecto a palomas y torcazas dado que poco hacen por la música popular. Con la congregación de la Misioneras de Cristo Rey y su capilla ofrendada a Santa Teresa, íntegramente donada su construcción por la hija de Don Anacarsis Lanús en uno de los corners, y con la escuela número 1, la más antigua del futuro distrito escolar, en el otro, sobre la calle Pergamino que algún día se llamará Dr. Lorenzo Quarracino en homenaje al famoso Lencho, futbolista destacado y medico amado por el pueblo.”

La acción transcurre en el año 1942, es imaginaria y forma parte de una novela que escribí llamada “Zamenhof”. En ella, Roberto Arlt, su protagonista, encabeza una revolución semántica contra el sistema que deplora por pura obstinación. Planea robarle una palabra, un sustantivo que ante su sola ausencia no permita explicar lo evidente, según aquellos que viven de lo evidente. En el transcurso de la historia, el jodido de Roberto tiene la necesidad de allegarse hasta Lanús, a su laboratorio, que no es imaginario, que existió y se oxidó de veras con el aire que supo respirar hasta el día de su muerte un 26 de julio de 1942, aunque desconozcamos cuándo fue la última vez que pisó la casa.

En ese galpón de los esteros de la Villa General Paz, puso curso a su quimera de fabricar medias de mujer que no se rompieran al mínimo contacto. Un alquimista con berretines de científico que terminó por consumar algo más parecido a una bota vulcanizada que a la prenda que aterciopele la extremidad más ponderada de las féminas. Cuenta la leyenda que llegó al “Far West” lanusense persiguiendo a una Secretaria de Redacción que le posibilitó el contacto con su padre, poseedor de una habitación con posibilidades de ser utilizada como laboratorio. Sucesivas explosiones lo sacaron de allí para terminar alquilándole a un tal José Cocuzza la locación de Tucumán al 2400.

“Faltando 150 metros para arribar al laboratorio, el escritor se vio obligado a frenar su marcha, el aliento lo ha dejado sólo, al igual que todos los pensamientos que giraban en su cabeza sobre la obra de ingeniería revolucionaria y los habitantes del orbe que parecen haberse esfumado como por arte de magia, o de la lluvia. Siente que su tórax está rodeado por una soga que ata a un buque naviero al puerto, cada pendulación de la marea, cada sube y baja del barco estira la amarra y su pecho sufre como Atahualpa tirado por los caballos de aquellos españoles. Claramente tiene la necesidad de frenar su impulso físico; calambres, agitación, mareos, fiebre, todo repercute en sus funciones vitales. Se encuentra empapado, el vino caliente de Álvarez le provocó la acidez de la soda caústica, el calor no logra hacer su entrada en escena y la distancia que resta es insostenible para sus escasas fuerzas, necesitaría un rayo que trascienda el éter desde el cielo y le dé un shock de vitalidad, que lo arquee sobre las puntas de sus pies y le otorgue una inercia de fuerza elemental que lo deposite hasta donde nadie lo espera, ni siquiera las lauchas moradoras. Se toma diez segundos sin pensar en nada, solamente para encontrar el aire que le falta y mientras se sujeta del pilar mojado de una casa, intenta seguir. Sabiendo que es paso por paso, busca el valor necesario para afrontar la maratón que le significa en estos momentos, la cuadra y media de distancia hacia este laboratorio donde no hay camillas con sujetadores, ni electrodos gigantes conectados a pararrayos, aún, pero todo haría pensar que esta sería la cuna donde Frankenstein, el monstruo, hubiera elegido nacer.”

Es imaginable que la primera vez que Arlt pisara estas tierras, sus calles hayan sido eso: pura tierra. Seguramente le resultara toda una aventura mesiánica arribarse desde los rincones de Flores donde pululaban sus personajes, hasta un pueblo de prosapia dudosa y procedencia incierta. Seguramente habrá encontrado aires para aguafuertes nuevos y personajes para novelas que no publicó. Es posible que su mirada de ojos verdes se cruzara con arrugas provenientes desde otros mares, como sus propios genes que llegaron desde la Prusia lejana, pero se mixturaron sobre uno de los costados del Río de la Plata. Va de suyo que desando las mismas calles que muchos de los que leemos esto desandamos cotidianamente, y hasta algunas fachadas aún existentes le pudieron sugerir la idea de venirse para siempre, o jamás nunca aquerenciarse en esta zona. Resulta lógico que el tiempo que utilizó en este cuchitril le restó espacio a su verbo tan revulsivo, y hasta quizás esto conspiró contra nuestra futura literatura que perdió a un soldado del Círculo de Boedo, en función a una ciencia que nada obtuvo con sus arbitrios como inventor. Pero lo certero, lo que nos provoca ciertas cosquillas de un orgullo que mayormente es efímero, pero orgullo al fin, es que los habitantes de Lanús podemos decir abiertamente, que entre el oxigeno que respiramos, alguna endorfina del creador de Los Siete Locos debe pulular mezclada entre todas las demás. Como en un sentimiento colectivo hecho de millones de letras y palabras, pensamientos y emociones, pico, piedra, musculo, tendón e imaginación. Sueño y dolor, remembranzas y presentes. Un colectivo tan anónimo que nadie reconoce, pero a todos nutre.

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