Ganarle al olvido

Por Maia Moreira*.

En la vieja cancha de Lanús, donde hoy circulan miles de pibes, de estudiantes y de socios, y donde los autos entran y salen para que el playón no tenga descanso, había una placita. “Ahí debemos haber jugado juntos alguna vez y no lo recordamos. Siempre decíamos eso”. Viviana recuerda todo con puntos y comas. Y no es para menos: El Negro, quien fue su marido y el padre de Mariana y Fernanda, sus primeras dos hijas, también fue su compañero de lucha.

1949 fue un año de crisis para el Granate, que peleó por la permanencia hasta el final. Venía pobre de puntos y falto de suerte pero el 21 de agosto, en un partido inolvidable, le dio vuelta un 0-3 a Boca y le ganó en el minuto 85 con un grito de Carlos Lacasia. Unos días después del épico triunfo, el 6 de septiembre, nació Rodolfo Ortiz en el Hospital Fiorito de Avellaneda. Su casa quedaba en la calle Esquiú entre Margarita y Las Piedras, en el corazón de Lanús, y ahí aprendió a querer a una camiseta que lo acompañaría a lo largo de la vida.

El Negro perdió a su papá a los seis años y, por cuestiones económicas, su madre lo mandó junto a Hugo, su hermano mayor, a un colegio pupilo en General Rodríguez. Con Zacarías, su papá, se fueron los juegos en la placita del club durante los días de partido y se fue también la posibilidad de ver a un Lanús que le peleaba a los poderosos de igual a igual. Nicolás Daponte, Héctor Guidi y José Nazionale, dueños del mediocampo, fueron parte de los Globetrotters que disputaron con el River de José María Minella la final del torneo de 1956, logrando el subcampeonato y quedando en la memoria de los futboleros por la elegancia y el estilo de su juego.

Hasta los 18, Rodolfo alternó las visitas a lo de su mamá con su estadía en General Rodríguez pero no volvió a ver a su Granate, que por ese entonces era conocido como el equipo de Los Albañiles, con Bernardo Acosta y Miguel Ángel Silva como estandartes. Se recibió del Bachillerato Técnico Agropecuario y empezó a estudiar arquitectura en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Su actividad militante comenzó en la facultad y ahí se cruzó con quien sería su esposa. “Nos conocimos en la lucha. Ambos éramos delegados”, apunta Viviana con los ojos llenos de satisfacción y de nostalgia. Se casaron en abril de 1972 y se mudaron a Lanús, barrio al que Rodolfo regresó entre recuerdos y entusiasmos.

Para fines de 1971, El Negro ya militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), donde se encargaba de trabajar en el desarrollo de la juventud. Aunque muchas veces no coincidía en tiempo y espacio con el equipo de sus amores, siempre tenía una radio a mano con el partido de fondo para seguir con atención la campaña y debatir de fútbol con sus amigos. Algunas veces iba a la cancha a repartir volantes con otros militantes, incluso con Viviana, quién lo retaba porque se descuidaba viendo el partido. “Negro, no te distraigas, repartí”, le decía cuando él se prendía al alambrado y su mirada se fundía siguiendo el recorrido de la pelota. Quien entiende de pasiones sabe que el fútbol y la vida son un poco la misma cosa y así respiraba Rodo, con compromiso y con responsabilidad pero también con pasión. Hablaba del fútbol como organizador social considerándolo una de las herramientas para la transformación, lo analizaba, lo discutía con su suegro – también granate –, lo disfrutaba con su cuñado y lo repasaba con sus amigos. Siempre había un tiempo para Lanús.

A Rodolfo lo secuestraron el 29 de marzo de 1976 junto a otros once compañeros y, como miles y miles, nunca volvió. El proceso genocida llevó adelante un plan sistemático de exterminio que pretendió convencer a la sociedad de que cuestionar las injusticias del orden social imperante habilitaba el abuso de la fuerza, la muerte, las torturas y las desapariciones.

En 1998, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) contactó a la familia del Negro y le informó sobre una realidad demoledora: Rodolfo había estado detenido 44 días en el centro clandestino de detención conocido como Puente 12 y había sido asesinado el 12 de mayo de 1976. Su cuerpo había aparecido en un baldío en la localidad de Quilmes. La policía lo había identificado y había decidido enterrarlo como NN. También le contó que sus restos estaban en la fosa común del cementerio de Avellaneda. El EAAF pudo identificarlo en 2006. En febrero de 2007, año en el que Lanús salió campeón por primera vez de un torneo local, Viviana se presentó como querellante junto con otros familiares y compañeros en la causa sobre la quinta La Pastoril de Moreno buscando justicia.

Rodolfo, El Negro, era un apasionado. En la cancha y en la vida, anduvo con la ilusión de construir un mundo más justo donde los sueños de todos tuvieran lugar. En la Fortaleza, esa que visitó poco pero intensamente, no se lo olvida, porque donde hay silencio no hay memoria; y porque en el Ciudad de Lanús, como en tantos otros estadios, la decisión está tomada: se juega siempre para ganarle al olvido.

*Integrante de la Coordinadora de Derechos Humanos del Fútbol Argentino

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