HIMNO de cancha, canción de PATRIA

Por Pablo Barreiros.

Con diez años de edad yo era petizo y feo, de esos petizos y feos jamás mirados por las chicas de su generación, ni de generaciones previas ni mucho menos posteriores. En el colegio la fila se hacía de menor a mayor y, por lo menos, tenía la suerte de que Farías era un centímetro más bajo. Ese día, como todos los de corriente, se cantó Aurora mientras se izaba la bandera en una solemnidad prusiana. Recuerdo que luego Noemí, la directora, tomó el megáfono y contó con cierta alegría que hoy distingo más que en su momento, que la Argentina acababa de recuperar las queridas Islas Malvinas. Una exclamación general y absolutamente espontanea ganó el espacio. Todos gritábamos y nos abrazamos como en el gol furioso del final (como canta Tabaré Cardozo). Todos, educandos y señoritas sonreíamos sin filtros, lo recuerdo bien, con abrazos de calidad, con corazones risueños porque se sentían importantes. Manifestaciones majestuosas de un ADN nacionalista que se multiplicó escuela por escuela, pero que se borró súbitamente en un dialogo de mínimas proporciones, no registrado jamás por los libros de historia: Farías, que creo era de los más eufóricos, giró para preguntarme sin dejar de mostrar su sonrisa:

  • ¡Che! ¿Qué carajo son las Malvinas?

Yo era un pibe bastante bobo pero bien informado. Que vivía en la casa de Elisa, empleada municipal con educación primaria; y de Carlos, atorrante con ínfulas de intelectual, dueño de una librería. Una casa con libros desparramados por todos lados, que mi viejo me dejaba en lugares estratégicos para que yo los leyera pensando que lo hacía clandestinamente ante su desconocimiento que no era tal. Todos forrados con papel madera, cómo para que cuando viajaba en colectivo a nadie se le ocurriera mirar sus títulos. Mi vieja trabajaba, cocinaba y limpiaba, y representaba las mayores virtudes de un mundo de hombres. Mi viejo, por su parte,  en los escasos momentos que pasaba en casa me contaba sobre gobernantes de dudosa legitimidad. Sobre historias de políticos y hombres que entregaban la vida. Sobre el peronismo y el anarquismo. Sobre gente sin paradero cierto. Pero también me hablaba de geografía, de viajes, de literatura, de cine, de tango, de historias, de los conventillos donde vivió toda su infancia y juventud. Tenía una gran facilidad para dormirse mientras me las contaba, dejándome a expensas de la imaginación que aprendí a desarrollar. Todos los días volvía del trabajo con el diario Crónica o La Razón que depositaba en mi regazo antes de darme el beso, como invitándome a leer aunque sea sus títulos. Y los domingos compraba el Clarín, pidiéndome que le cuente los chistes de la contratapa, y yo ya sabía que lo hacía con el objetivo que todos ustedes imaginan. Es cierto, yo no entendía mucho, pero considero que estaba bastante bien informado y, sobre todo, enterado de las estrategias de mi padre. Fue así que con todo ese bagaje de información le respondí a Farías con gesto de “vos no sabes nada”:

  • ¡Ni puta idea! (reconozco que seguramente no hice esa construcción gramatical, mucho más moderna en lo coloquial que las que se usaban en aquella época, pero para el caso me parece que representa muy bien la intención grafica)

Lo que siguió por los próximos meses fue el chauvinismo más puro y rancio que podía encontrarse en el mercado. Escuelas repletas de banderas, mapas calcados con guirnaldas y ornamentos celestes y blancos. El himno a las Islas cantado por todos lados, marcha que es casi un Rocanrol, con una lírica hermosa por simple y vertical. La música nacional por sobre la anglosajona (y como lo disfruté). Los estamos ganando, las anécdotas de guerra graficadas para niños y adolescentes en la revista Billiken de la Editorial Atlántida, y para adultos en la revista Gente o similares, y para todo el mundo en la tapa de los diarios. José Gómez Fuentes como locutor “oficial” y Nicolás Kasansew su corresponsal desde ATC. La derrota in/esperada, el regreso de los pibes, la caída de las ilusiones junto con la selección en España. La continuidad de la noche porteña. La vuelta de la democracia. El mito activo de Los Redondos de Ricota. La Primavera alfonsinista. Las películas “Los pibes de la Guerra”, “La noche de los lápices”, Función Privada, el fin de la secundaria, el Loco de la Colina, Dolina, el Che Guevara, la juventud peronista, los ’90…

Durante mucho tiempo no entendí de qué se trataban “las Malvinas” en función al Ser Nacional. Si de una mancha, si de una necesidad de auto referenciarse como país siempre en vías de desarrollo, si de nacionalismo chauvinista, si de repetir eslóganes. Si el pedido era sentido o simplemente se hacía por inercia. La primera de todas las conclusiones apuntó al famoso manotazo de ahogado de una banda de facinerosos que sostenían el poder. A la par se colaban las miradas perdidas de los pibes obligados a aportar su voluntad, sangre y juventud para que estos hijos de putas peleen su guerra. Luego fui entendiendo que las Islas compendian las historias de quienes las vivimos. Para bien y para mal. De quienes tuvimos la posibilidad de respirar el mismo aire de los sucesos acaecidos in situ. De quienes fuimos a las islas. De quienes volvimos. De quienes nos quedamos allá. De quienes pudimos zafar de ir. De quienes fuimos con nuestra madre, casa por casa, a prevenir los riesgos de un bombardeo o una invasión (les recuerdo que Elisa era municipal y por ende jefa de manzana). De los que vivimos las largas jornadas de colectas: la gente donaba alimentos, pero también alianzas, joyas, dinero, ropa de lana, tiempo de trabajo. De quienes nos poníamos contentos escuchando las bajas de los enemigos mediante los partes de guerra del Estado Mayor Conjunto. De quienes creíamos en la guerra y de quienes no. ¡De todos! Y me pongo en todas las afirmaciones porque todos soy yo y yo soy parte de todos.

Malvinas es eso, es mucho más que una guerra y soldados caídos, es, a mi criterio, la única acción colectiva que hoy en este país hecho puzle, une el grito de dos hinchadas, sin importar cuales, ni tampoco en que cancha. Es lo único por lo que todos los componentes de un colectivo dividido hasta el paroxismo, saltan al unísono en un estadio. Es, de todos, el más emotivo de los actos. El que fundamenta, al menos un día al año, el sentido de pertenencia cada vez más ultrajado. Donde nadie pide socarronamente “Cuenten las dos verdades” o pone la terrible hijaputez de #NoFueron30000 a lo que yo respondería con un #AsíHayaSido1. Es la única conmemoración que tan sólo por propia fuerza les dice a propios y extraños: ¡Loco! ¡Yo soy de acá!; ¡Vos sos de acá!; ¡Somos todos de acá! Aunque vos, o yo, o nosotros, o ellos hayamos o hayan votado a gente que hasta las sacó del billete de 50 pesos.

Hoy sigo siendo petizo y feo pero estoy más convencido de saber de que se tratan las Malvinas en nuestros corazones o, al menos, en los corazones de aquellos que entendemos este tipo de nacionalismos sin fronteras, de rutas puentes y endorfinas. Un HIMNO de cancha, CANCIÓN de una patria cada día más difusa que todavía tiene la esperanza de algún día SER…

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