Una misa, un acto y una marcha: memoria de la Resistencia peronista en Villa Obrera

Por Daniel Riera

No sin emoción leo una vieja noticia:

LANUS, 9. En la iglesia Santo Cristo, sita en la esquina de las calles Tucumán y Pergamino, de Lanús Este, se ofició la anunciada misa ofrecida por los caídos el 9 de junio de 1956. Desde las 17, numerosas personas, provenientes de distintos lugares, se dirigieron desde la estación ferroviaria hasta allí, a pie y en distintos medios de transporte.

Así se congregó en el lugar una numerosa concurrencia, notándose, además, gran cantidad de automóviles particulares y camiones en las calles cercanas.

Colmada la capacidad de la iglesia, la misa fue retransmitida por una red de altavoces, extendida alrededor de la Plaza General Güemes. Desde una cabina fue dirigido el acto.

Terminada la misa, se invitó a los participantes a concentrarse en la plaza, para escuchar el mensaje enviado por el presidente depuesto. El nombre del mandatario fue coreado insistentemente.

Después se ejecutó el Himno Nacional y se ejecutaron conocidas marchas de otras épocas.

Antes de terminar, se leyó varias veces el texto de un volante de la ex Alianza Libertadora Nacionalista, en el que se formulan acusaciones contra autoridades de la Revolución Libertadora.

La voz del gobernante derrocado llegó a través de un disco. Se refirió al carácter del movimiento que se conmemoraba y atacó duramente al gobierno revolucionario. Dijo que debe tenerse cuidado con las personas que tratan de explotar el 9 de junio para crear confusión; que debe mantenerse la calma y evitar los desórdenes. Nombró finalmente a los caídos, por riguroso orden de jerarquía, a lo que el público respondió, en cada caso, con la voz de «¡Presente!»

Luego se requirió la desconcentración en orden. Una manifestación que abarcaba tres cuadras, con cartelones y antorchas, siguió por la calle Pergamino hasta la avenida 9 de julio, recorriendo su extensión de quince cuadras y entonando las marchas partidarias y los estribillos comúnmente usados otrora, hasta llegar a la estación ferroviaria, para seguir por la avenida Pavón hacia Avellaneda.

(«Hubo manifestaciones en diversas localidades «, en La Nación del 10 de junio de 1958, reproducida en El periodismo de la resistencia peronista. 1955-1972)

Han pasado más de 60 años y en esa misma zona de Lanús, conocida como Villa Obrera, transcurre mi vida de todos los días. Vivo en la calle Pergamino, a metros de la plaza citada, a dos cuadras de la iglesia Santo Cristo. No queda sino imaginar la misa, el acto en la placita, los militantes escuchando atentamente el mensaje que Perón enviaba desde el exilio, el recuerdo emocionado de los sublevados y de los fusilados del 56, la marcha por Pergamino, las antorchas, la marcha prohibida en las voces de los manifestantes del movimiento prohibido y el líder prohibido, los manifestantes valientes que desafían todas las prohibiciones del mundo en Villa Obrera y luego toman, orgullosos, la 9 de Julio hasta la estación. La historia de la resistencia peronista tiene sus héroes y sus mártires.  La autodenominada «Revolución Libertadora» asesinó a 31 militantes peronistas que participaron en la sublevación. Seis de los sublevados fueron asesinados el 10 de junio de 1956 en la Unidad Regional de Lanús: el  Teniente Coronel José Albino Yrigoyen, el Capitán Jorge Miguel Costales y los civiles Dante Hipólito Lugo, Clemente Braulio Ros,  Norberto Ros y Osvaldo Alberto Albedro. Un pueblo sostuvo sus convicciones y un día, hace más de 60 años, se juntó a homenajearlos a ellos y a todos los demás, y a escuchar un disco con las palabras del Líder en la plaza General Güemes, más conocida como la placita de Villa Obrera. De ahí venimos los lanusenses. Aquella historia hoy nos interpela y, por qué no decirlo, también nos convoca.

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