Lanús ilusiona a su gente, pero no es ningún milagro

Por Daniel Riera.

En el reciente Mundial de básquet, un poco en serio y un poco en broma, Luifa Scola chicaneó a los periodistas: «Al primero que me hable del milagro argentino, le rompo el celular. Después se lo pago, pero se lo rompo.» Scola quería indicar con sus palabras que había mucho laburo y mucha capacidad en juego en el equipo argentino, que había una cierta falta de respeto en hablar de «milagro» cuando más bien cabía hablar de seriedad. Salvando las distancias, lo mismo se puede decir de este Lanús de Zubeldía, que despacito y en silencio, con un perfil bajísimo, ya está peleando los dos torneos locales a la vez.

La tabla de posiciones indica que Lanús está a dos puntos de Boca y Argentinos Juniors. A 10 fechas del inicio del torneo, el Grana está ahí. Falta mucho, todavía. Pero el Grana está ahí. Arrancamos el torneo preocupados por el promedio, y hoy los preocupados están a dos estaciones de tren… Así las cosas. Lanús acaba de convertir cuatro goles en Córdoba con otro plantel gasolero, gasolerísimo, que de la mano de Zubeldia va ensamblando un funcionamiento de equipo. Hay que creer en Lanús, que afrontó este torneo con una inversión mínima y una cantera que responde cuando es convocada. El viernes, el Grana intentará meterse en la semifinal de la Copa Argentina en un durísimo partido ante Independiente. Con seriedad y en silencio, olvidado definitivamente aquel partido ante River -la única derrota que sufrió en la Superliga- Lanús aprovecha sus recursos al máximo. Porque Marcelino la rompe, porque Vera es una de las revelaciones del torneo, porque el Pepe es inoxidable y el Laucha también (y vuelve pronto), porque tiene un arquerazo, porque el que le toca entrar, cumple, y porque cuando se pone a tocar en velocidad, agarrate. No siempre deslumbra, no siempre juega igual, pero la mano del técnico se ve y Boca gastó millones y millones de dólares y tiene dos puntos más que nosotros en la Superliga, y ya no está en la Copa Argentina. Así que vamos partido tras partido, por supuesto, pero nadie nos va a quitar el derecho a ilusionarnos. Y si, quién te dice, bordamos este año la séptima estrellita en la camiseta, no lo dudes: no habrá sido ningún milagro.