Día de la Militancia: a 47 años del regreso de Perón, el testimonio del Padre Mugica: «Una experiencia excepcional en la historia de nuestro pueblo»

El 17 de noviembre de 1972, Juan Domingo Perón regresó a la Argentina después de 17 años exiliado. Desde ese día, y en honor a la lucha de la militancia peronista que resistió durante 17 años hasta que logró traerlo de regreso al país, se celebra el Día de la Militancia. El sacerdote Carlos Mugica fue uno de los «notables» del peronismo que viajó en el vuelo charter que lo trajo de regreso al General. En esta entrevista de época describe sus sensaciones y sus sentimientos de aquel momento.

—Padre, ¿por qué viajaron ustedes a buscar al general Perón?

—Cuando el padre Vernazza y yo recibimos la invitación del Movimiento Justicialista para acompañar la delegación que iba a buscar al general Perón, decidimos viajar luego de hacer muchas consultas con sacerdotes de distintas tendencias, por el hecho de que sentimos que teníamos que estar presentes —precisamente— porque somos sacerdotes, porque no se trataba simplemente de un hecho político sino de un hecho histórico que trasciende ampliamente lo político y que se puso en evidencia por la representación de las personas que viajaron, que era multiforme, que respondía a distintos sectores del quehacer nacional. Sentimos que debíamos estar presentes porque los más amplios sectores de la patria esperaban este acontecimiento, y ahora los hechos van dando razón a esto: una gravitación decisiva para que se superen los innumerables problemas que padece nuestro pueblo: desocupación galopante, un millón y medio de hermanos nuestros que no tienen trabajo, situaciones irritantes de injusticia… un estado de postración nacional, Y nosotros vemos en este regreso el cumplimiento de un prolongado, perseverante e intenso anhelo popular, porque el pueblo en estos 17 años jamás ha perdido la esperanza de volver a reencontrarse con su líder; y lo significativo es que hoy también los jóvenes son los que están presentes en primera fila en la calle para saludarlo.

Padre Carlos Mugica (centro).

Nosotros, como sacerdotes y respondiendo a lo que nos enseñan nuestros obispos en, por ejemplo, el documento de Acción Pastoral del Episcopado, donde se nos señala que la acción de la Iglesia debe realizarse desde el pueblo y con el pueblo, sentimos que en este viaje teníamos que acompañar las esperanzas de nuestro pueblo.

Cuando yo volví, una de las alegrías más grandes fue que una señora de unos 50 años, de la villa, me dijo: «Los pobres también estábamos en el avión porque estaba usted». Y ellos saben perfectamente que yo no soy pobre, pero también saben perfectamente que yo estoy al lado de ellos. Como lo hemos declarado nosotros en el momento en que viajamos, entregando una declaración a la prensa, que fue silenciada…, la razón particular por la que el padre Vernazza y yo estábamos en este viaje es porque somos sacerdotes que trabajamos en las villas de emergencia, porque vivimos en contacto allí con lo más noble de nuestro pueblo, los más postrados, los más explotados, los que viven sumergidos por el hambre, la explotación y la marginación y que también viven llenos de esperanzas; lo cual se evidenció en esa estupenda peregrinación a Lujan que hicimos hace tres semanas en la cual los villeros gritaban frente a la Virgen Santísima: «Las villas en la acción contra la explotación», «Las villas en la acción por la liberación». Ven en Cristo y la Virgen —precisamente— a aquellos que siempre estuvieron de parte de los pobres. Es muy notable que un villero dijera en Lujan, refiriéndose al Señor Jesucristo y a la Virgen, lo siguiente: «Yo le pido a la mamá del divino peleador que nos ayude a tener tuerzas para pelear por nuestra dignidad». No veía en Jesucristo a un blando, chirle, como ciertas imágenes que lo presentan sino a aquel que lucha para que haya fraternidad, para que haya paz, la cual sólo puede ser fruto de la justicia, como dice Paulo VI.

Nosotros pensamos que este regreso histórico hace renacer la esperanza de nuestro pueblo. Además, nosotros hemos estado en esta comitiva por una razón de justicia, de reparación. Así como los «curas» fuimos señalados por nuestro pueblo como aquellos que colaboramos a alejar a Perón de su pueblo, pienso que también tiene que haber curas junto a Perón en este momento en que él vuelve a acercarse a su pueblo. Nosotros hemos estado presentes no porque seamos peronistas, sino porque somos sacerdotes, porque entendemos perfectamente que como sacerdotes, siempre los pobres deben encontrar en nosotros una solidaridad definitiva, porque Jesucristo nuestro señor fue pobre y vivió siempre junto a los pobres, aunque luchó por la liberación de todos, pero desde los pobres; y pienso que la perspectiva de un sacerdote —hoy— debe ser desde los pobres. A partir de los pobres debe amar a todos.

También debe amar a los ricos. Y precisamente por amor a los ricos tiene que hacerles ver que si no pone su riqueza al servicio de la comunidad, no entrará en el reino de los cielos.
En esta comitiva nosotros no hemos llevado la representación de nadie sino que fuimos como simples cristianos y simples sacerdotes que hemos querido participar en una experiencia excepcional de la historia de nuestro pueblo.

—¿Qué cosas del viaje recuerda que lo hayan impresionado…? ¿Por qué no me va contando, tal cual fue sintiendo, los distintos momentos del viaje… ?

—A pesar de que en el avión había representantes de distintas posiciones, me parece importante remarcar que todo quedó un poco postergado, por decir así; y creo que todo el mundo tomó conciencia de que estábamos participando de un hecho histórico, que éramos 130 privilegiados y que había muchos otros quizás con mucho más derecho para estar en ese avión; algunos que hoy están en la cárcel y otros que han muerto en el camino. Y lo que más me impresionó fue el diálogo que tuve con el doctor Cámpora, por quien yo tengo un enorme respeto, porque pienso que ha sido una herramienta fundamental en el regreso del general Perón. Yo creo que Cámpora empieza a ser reivindicado y pese a la campaña realmente desleal y deshonesta que se ha llevado contra él desde los medios de difusión. Creo que su figura emerge con una gran fuerza porque realmente ha demostrado una fidelidad total a la misión que le encargó el general Perón y porque ha tenido el coraje de soportar toda la propaganda en su contra. Me narró que en los momentos más difíciles de la campana contra él, el general Perón le mandó una carta diciéndole: «¿Lo atacan, doctor Cámpora? Significa que usted está cumpliendo bien su cometido.»

Después me impresionó muy bien la actitud de Leonardo Favio, que quedó reflejada en unas declaraciones que salieron en «Crónica», en donde señala —y yo estoy totalmente de acuerdo— que en este momento, más que nunca, tal como nosotros lo recordamos en la misa de San Pedro, no tenemos que olvidarnos de tantos que, como Fernando Abal Medina, Ramus y otros que cayeron en la lucha del pueblo, que dieron su vida por la fraternidad (que habían equivocado o no los medios, eso sólo Dios lo juzgará), pero que realmente se jugaron enteros, pusieron su vida para que exista la justicia en nuestra patria, y tantos que hoy están en la cárcel. Yo pienso en la alegría que sentirán Masa, Maguid y muchos otros, a quienes algún día se les hará realmente justicia

—¿Tuvo algún contacto con el general Perón durante el viaje?

— No. En realidad el único contacto son el general Perón fue un fugaz saludo que le pudimos hacer todos y en el cual yo, personalmente, en medio de la emoción que tenía, le señalé simplemente que en este saludo, con este abrazo que yo le quería dar, lo estaban abrazando sus hermanos de las villas, para quienes empezaba a salir el sol. Después, a la vuelta, hubo una consigna tácita que fue totalmente respetada: no molestarlo para que llegara en las mejores condiciones posibles. Nuestra misión era estar junto a él: en alguna medida, aunque mínima, para colaborar en su seguridad personal, y para que todo el espectro de los distintos sectores estuviera presente.

—¿Qué nos puede contar, padre, de la larga y aún confusa anécdota de la audiencia papal, la resignación de Perón y la visita de monseñor Cassaroli?

—Bueno, en primer lugar, una de las cosas que más me sorprendieron fue la enorme importancia que le dio a Perón toda la prensa italiana; en segundo lugar, por lo que pude conversar con algunos sacerdotes italianos y por lo que pude ver en la televisión, se considera que la visita de monseñor Cassaroli a Perón tiene un particular relieve. Es cierto, y como se dijo, Perón resignó la posibilidad de tener una audiencia con el Papa para evitar alguna implicancia política e impedir que la Santa Sede tuviese una situación molesta con el gobierno argentino. La entrevista de monseñor Cassaroli se consideró como una distinción que se le hacía al general Perón desde el momento en que éste no había hecho una visita previa al Vaticano.

—¿Quién es exactamente monseñor Cassaroli?

—Bueno, es una figura que tiene un enorme prestigio. En «Corriere de la Sera» se dice que es uno de los «papábiles». Y se lo considera que es algo así como el Kissinger del Vaticano, porque es el que se ha encargado del delicado restablecimiento de las relaciones con países del este europeo: Polonia, Hungría, Yugoslavia y eventualmente con la URSS. En síntesis, un hombre de absoluta confianza del Santo Padre.

—¿Cómo se evaluaba en el peronismo eso de Perón como prenda de paz?

—Vuelvo a repetir que mi presencia allí no estaba dada como peronista sino como sacerdote que vive junto a los pobres, a los humildes, a los trabajadores, a nuestro pueblo que es peronista. Pienso que el regreso del general Perón puede ser prenda de paz porque el justicialismo y el peronismo son ansia profunda de justicia; y lo que más me impresionó, no sólo en el avión sino también en los hermanos de la villa, es que en este momento no hay el menor ánimo de revancha. En cambio, si lo acabamos de ver en ese espíritu realmente anticristiano, de revancha, en las declaraciones de ciertos sectores antipopulares, gorilas, aquellos que no se resignan a perder sus privilegios. Las declaraciones del almirante Rojas son una verdadera incitación a la violencia.

—¿Qué sensación tuvo al llegar a Buenos Aires?

—La sensación que experimenté (personalmente) fue de una cierta incertidumbre, porque momentos antes de aterrizar se nos comunicó que sólo nueve personas podían bajar a tierra. A medida que veníamos bajando, en medio de la lluvia alcanzamos a ver que Ezeiza era una zona desierta. Y al bajar, después que la policía penetró en el avión para ver sí había armas de fuego, como se nos dijo, la sensación que tuve fue la de llegar a mi patria convertida en una cárcel. Tenía la sensación de llegar no a Buenos Aires sino a Vietnam.

—Bueno, usted ya está en Buenos Aires… ¿qué hizo luego? ¿Tomó contacto con su gente en la villa?

—Bueno, aunque llegamos a las 11, sólo pudimos salir del Aeropuerto a las 2. Vine a casa e inmediatamente a la villa. Y ahí viví la sensación mezcla de alegría y de tristeza: alegría, porque el general Perón estaba en la Argentina, y tristeza, porque no lo habían podido acompañar. Esa situación —al día siguiente— comenzó a transformarse en una desbordante alegría, y vuelvo a señalar que en ningún momento, en mis hermanos de la villa, yo, vi la menor actitud revanchista o rencores. Nuestro pueblo siempre es positivo. Había una profunda alegría y una gran esperanza. Me preguntaban si yo sabia cuánto tiempo se Iba a quedar Perón. La gente quiere que se quede… la gente quiere que Perón sea presidente.

(Publicada en la revista Extra en Noviembre de 1972. Preservada por El Ortiba.)