Diez años sin Sandro: el recuerdo del ídolo, de Valentín Alsina para el mundo

Hoy, hace exactamente diez años, fallecía Roberto Sánchez, Sandro, un enorme artista admirado y amado por multitudes, posiblemente el más grande cantante romántico de habla hispana de todos los tiempos. Tenía 64 años y un cuerpo castigado por el cigarrillo. El día en que partió, muchos recordamos el consejo de su hit «Una muchacha y una guitarra»: «No quiero que me lloren cuando me vaya a la eternidad/quiero que me recuerden como la misma felicidad». Hacemos lo que podemos. Aquí se reproducen algunos testimonios del artista, de diferentes entrevistas que concedió durante la última época de su vida. La selección fue hecha para un libro que permanece inédito, cuya historia algún día contaremos.

  • Yo siempre digo que los seres humanos valoramos las cosas
    una vez que las perdemos. Agradezco el hoy, el día a día.
    Uno, cuando era pibe, comía piedras y no se daba cuenta. Hoy
    comés una aceituna y tenés que tomar 42 remedios para el hígado.
    Agradezco poder ver el sol todas las mañanas cuando me despierto,
    el olor de las tostadas cuando me levanto, y mi gato cuando se
    sube a mi falda. Todas estas cosas tienen ahora más significado.
  • El show es el show. Pero creo en lo que hago: hacer feliz a la
    gente. ¿Viste cómo salen las chicas? Como Favaloro después de
    haber hecho una operación exitosa del corazón. ¿Sabés la alegría
    que me da?
  • El año próximo [por 2002] se cumplirán 10 años desde que
    Nina nos dejó y este disco [Para mamá] es un homenaje a ella,
    porque le agradeceré siempre el que me haya dado la vida.
  • Fue el tiempo necesario para que después no digan que intentaba
    aprovechar el momento. No hubiera soportado que alguno
    pensara que quise lucrar con la muerte de mi vieja.
  • Le canté al amor, recordé que la pasión existe y que se puede morir de amor. ¡Canté boleros, mirá qué suicida! Pero mucho antes, también traduje las primeras canciones de protesta, como la horrorosa versión de ‘Soplando el viento’. Creía en ellas, creía que ayudaban a un mundo mejor. Anduve por el Village de Nueva York y escuché a John Hammond, que es un poco el padre de todo eso. Bob Dylan le debe unas cuantas cosas. Yo tengo una formación jazzística total. Yo soy un grone. Genio es Ray Charles, que tenía un idiota al lado, en el año 53, llamado Quincy Jones, que le hacía los arreglos. Y me fui a ver a Bill Evans a un lugar donde todo el mundo tomaba hectolitros de whisky. Tenía 22 años. Estaba en la búsqueda.
  • Hace mucho que las mujeres no escuchan de otras bocas las cosas que yo les digo. Que no les hablan de amor, de pasión, de deseo. La situación de la sociedad las ha llevado a buscar trabajo y enfrentarse con los tipos en un terreno de desigualdad asqueroso. Y ha hecho que se pierda el romanticismo.
  • Me agarran los ataques y quiero componer para mí, música privada. Cuando uno compone para uno, saca afuera todo lo que tiene sin ninguna reticencia. Te jugás. Pensás que sos Juan Sebastián Sánchez. Por ahí es una porquería lo que hacés, pero vos te lo creés. Es un fantástico ejercicio musical.
  • Yo estaba muy tranquilo hasta que me agarró el ‘Corralito’ [así se llamó a la confiscación de los depósitos bancarios establecida por el gobierno de Fernando de la Rúa], así que no sé qué va a pasar. Casi 40 años de ahorro puestos en este país, casi perdidos. Por ahora, yo no paso problemas. Pero cuando se termine lo que tenía en una cuenta corriente común, no sé qué va a pasar.
  • Cuando apareció el Corralito tuve una gran depresión, me sentí deteriorado. Yo creí en mi país y se llevaron un dinero que en una de ésas hubiera servido para darle créditos a las Pymes. Fue como que te violaran.
  • Soy un cantante de verano. Cuando llega el invierno, me guardo. Bajo estas condiciones, que todo el mundo sabe, no puedo ser un cachivache lento. Soy un cantante convertible, guardo la capota y en el verano salgo de nuevo.</li>
  • Llego dos horas antes al teatro y veo que todo esté en orden, y si toda la maquinaria que hace al espectáculo está bien, me empiezo a dedicar a mí, me pongo a trabajar profundamente. Ahí es donde empieza la devolución, porque yo no pierdo de vista que ellos me dan de comer todos los santos días desde hace cuarenta años.
  • La palabra es el idioma del intelecto y la música es el idioma del sentimiento. Cuando no encontrás la palabra justa [en una canción] le metés una ‘violinada’ y queda fenómeno.
  • Escribí muchas cosas. Algunas más o menos presentables, otras muy bellas que todavía reservo para mí y otras porquerías que no sé ni por qué las grabé.
  • Siempre fui cantante y nunca un poeta. Mi relación con las letras comenzó cuando era chico. Mi madre, que sufría de artritis deformante, tenía muchos problemas para caminar, porque además era muy flaquita y entonces me usaba a mí de bastón; así me llevaba a la Biblioteca Popular Sarmiento.
  • De chiquito me fascinaba la colección Robin Hood y conocí al prosa maravillosa de Salgari o de Edgar Rice Burroughs. Mi primera canción la escribí a los 13 años y se llamaba ‘Sangrantes las nubes están’. ¿Qué tal? Con el tiempo fui mejorando.
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