«Argentinos, Peronistas, Nunca Derrotados»: el conmovedor recuerdo de Osvaldo Papaleo de su cautiverio tras el golpe del 76

Por Osvaldo Papaleo.

En medio de la cuarentena recordemos el 24/3/76. Somos la generación del segundo Perón. Lo conocimos en Puerta de Hierro, lo gozamos en la Patria y lo despedimos llorando abrazados el 1 de Julio de 1974. Con todo lo que eso significa. Y podemos contar que la noche del golpe nos despedimos temiendo lo peor. Despertamos en el buque 33 Orientales amarrado en el Apostadero Naval de Retiro. Ahi estábamos los funcionarios del periodo 73/76 con todas las contradicciones y enfrentamientos. Y los dirigentes gremiales que terminaron con nosotros defendiendo el orden constitucional. Un popurrí de antología: Jorge Taiana, Antonio Cafiero (había retornado del Vaticano para ser detenido), Carlos Menem, Lorenzo Miguel, Duilio Brunello, Raul Lastiri, Miguel Unamuno, Julio Gonzalez, Adalberto Wimer, Diego Ibañez, Julio Labake, Pedro Arrighi, Martinez Baca, Jorge Vásquez, Abel Cucchietti, Pedro D’attoli, Norma Kennedy, Deheza, Rafael Cicchelo, y varios mas. Estuvimos 127 días en 21 camarotes que oficiaban de calabozos. Las visitas de nuestros familiares era por turno en el comedor del buque y nos bañaban con una manguera también por riguroso turno. En agosto los incluidos en el Acta Institucional salieron con helicópteros para el penal de Magdalena. El resto en celulares fuimos a Villa Devoto. Foto con número, acero para el pelo, y régimen de guerrilla. Caímos al pabellón 35, ahí ya estaban Julio Guillan, el Mono Graci Sussini, numerosos dirigentes telefónicos, Vicente Fabro ( un menor en un cárcel federal) y muchos compañeros del interior. El país entero era una gran cárcel. En la parte superior del penal, casi aislado, estaba Dante Gullo, del cual teníamos noticias por ese milagroso correo carcelario no oficial. Invierno duro. Nos trasladan a la cárcel vieja de Caseros. Ahí había acceso a visitas, diarios, radios y tremendos torneos de ajedrez y scrabel. Afuera el país ardía y me entero por los noticieros de la ejecución de mi amigo Sergio «el ruso» Karakachoff y por la presión internacional lentamente se concretan las libertades de la mayoría hacia fin de año. Cada liberado con la rutina del telegrama «llegué bien» para asegurar la vuelta sin desapariciones. Algunos permanecieron detenidos mucho tiempo, otros hasta la vuelta a la democracia. En mi caso junto a mi hermana Lidia volví en abril de 1977 a un centro clandestino de detención llamado Puesto Vasco del circuito Camps. Se me ocurre en medio de este ocio sanitario contar nuestra experiencia que no fue única ni exclusiva para demostrar que en las situaciones límites aparece lo mejor del ser humano. Estuvimos presos en condiciones infrahumanas y no recuerdo una discusión, un gesto de egoísmo, todo fue solidaridad ante lo que parecía irreversible. La cárcel, vaya paradoja, sirvió para poner a prueba nuestra calidad militante, al amor por el otro. Somos la generación del Proceso, ni héroes ni villanos, sólo compañeros que podemos exhibir el valor de lealtad. Como entona Vìctor Heredia, un juglar moderno, el «todavía cantamos», nosotros, obvio, cantamos La Marcha. Para los jóvenes hay muchos nombres que poco le pueden expresar. Para saber más pongan en Google: Argentinos, Peronistas, Nunca derrotados. Ahí están nuestras historias..