A 28 años del ascenso de Lanús en cancha de Quilmes: El salto al vacío de una lágrima de sal

Por Pablo Barreiros.

Una gota de sudor nace por la sien derecha de Gilmar; esa mixtura de cromosomas, humores y pesares que confluyeron un día, entre los pedruscos del cretácico, en la añosa ciudad de Colonia del Sacramento. El uruguayo tiene en su composición una extraña alquimia compuesta por polvos fatigados en la Medialuna de las Tierras Fértiles, aromas de al menos tres regiones distintas bañadas por el Mediterráneo y pólvora de guerras para esclavizar o liberarse. Es la comunión exacta de la camiseta que viste, el acento de la “u” en Lanús, la amalgama perfecta de la historia de un escudo con forma de sello entrelazando tres letras y la humildad de su prosapia. Posee el germen de todo barrio multicultural nacido y crecido a la sombra de los árboles de estas pampas. Es hábil y también voluntarioso, sutil y algo tosco, místico y blasfemo; bastante tano, muy gallego, un poco francés, algo polaco, griego, judío, aborigen. Late al ritmo de un tambor africano y ostenta la precisión y el pique corto de un pierrot en carnaval.

Porta en sus pies la revancha histórica de los descendidos, de aquellos que nacieron para sufrir, de los que no están hechos de festejos. Acaricia con ellos la posibilidad de la felicidad para un pueblo negado, el sueño de los que sobrevivieron al oprobio de la tercera categoría, la utopía de los que forjaron el origen de un club hecho de barro y paja que pudo haber soñado con el bronce, pero rápidamente supo que su realidad estaría empuñada en lata.

La certeza de un disparo penal, don que ha sido negado por Dios a los mortales, que Diego o Pelé también los han errado, es lo que está en juego. Un ascenso; tan sólo conectar a la red es lo que separa la gloria del desatino eterno. El otro barrio, con río y similares problemas, sufre por su suerte en inversa proporción. Estadio repleto, miles de un lado y del otro empujan o soplan para que el balón juegue a favor de sus intenciones. Infesto el aire de pulsiones endócrinas.

Gilmar sabe que de su pericia dependen miles de almas anónimas para ser reivindicadas con la pertenencia al Olimpo. Mares de gotas de sudores, fundadores de esta quimera en forma de Club, provenientes de todos los ciclos del agua del mundo que abrevaron en una determinada circunstancia histórica, en un particular cruce de coordenadas, se unirán a las lágrimas de la tribuna; a mis propias lágrimas que no creen, junto a mi corazón palpitante que añora las ausencias para un abrazo de pertenencia a los colores y a la historia individual, hostigado por lo plomizo de un día que promedia 1990. Vientos nacidos en múltiples gritos de gol de aquí, de allí y del más allá también, se suman a un tifón y firman la hazaña. Gilmar convierte y la gota de sudor, que ya se hizo adulta, rueda por su sien derecha y salta hacia el vacío, mutando en vuelo glorioso a lágrima de sal que encierra la venganza de los pobres y la pasión de los oprimidos…

Reviví el ascenso de 1990 en la cancha de Quilmes

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