Alberto, el presidente de la unidad del peronismo

Por Agustín Gulman.

Es el 25 de septiembre de 2018, hace pocas horas renunciaba Luis “Toto” Caputo al Banco Central, Mauricio Macri recibía un premio en el exterior donde hablaba del amor que le tomarían los argentinos a Christine Lagarde, la CGT llevaba a cabo un paro nacional contra el Gobierno y Alberto Fernández asegura que el proceso de unidad ya era un hecho inevitable. El ex jefe de Gabinete, que hasta ese momento tejía por abajo los hilos del peronismo unificado que aún sangraba por las heridas de las derrotas de 2013, 2015 y 2017, no podría haber imaginado en esa conversación que 14 meses más tarde juraría como Presidente de la Nación con Cristina Kirchner de vice, Sergio Massa como presidente de la Cámara de diputados, Axel Kicillof como gobernador bonaerense y Máximo Kirchner con un rol protagónico.

Unos días antes de que Cristina le propusiera ser candidato a presidente, Eduardo “Wado” de Pedro, flamante ministro del Interior, fue a visitarlo a sus oficinas y le preguntó qué cargo le gustaría ocupar en caso de que el peronismo venciera a Macri. La respuesta sorprendió al líder de La Cámpora que en pocos meses se ganó la confianza del presidente: “Quiero ser embajador en España, ya es hora de que los jóvenes se hagan cargo”. Seis días después, la vicepresidenta publicaba en sus redes sociales el video que sacudiría el tablero de la política y a continuación vendrían seis meses vertiginosos que convertirían a Fernández en el presidente impensado. En el medio, desplegó toda su experiencia para seducir a gobernadores, intendentes y dirigentes, desde Juan Manzur, uno de los mandatarios más cercanos, hasta Sergio Massa, a quien terminó de convocar en un cruce televisivo en el que lo invitó a tomar un café.

Hincha fanático de Argentinos Juniors, el presidente nació y se crió en Villa del Parque, a pocas cuadras de la cancha que durante la campaña sólo visitó una vez y a la que evitó ir por cábala. Ese día fue ovacionado por el público, aunque prefirió seguir los partidos de su equipo desde el living del departamento de Puerto Madero que su amigo, el publicista Enrique Pepe” Albistur le prestó hace años. Ahora, su nuevo domicilio será la Residencia de Olivos, algo que sólo lo tienta por la libertad que tendrán sus dos perros collie, Dylan y Prócer, protagonistas como nunca de la última campaña presidencial.

El presidente se fastidia con los protocolos. Maneja su celular y quienes lo rodean coinciden en que es posible que lo siga haciendo. No le gusta la idea de verse rodeado por la custodia presidencial, que ahora lo acompañará a cada paso. Como presidente electo hubo quienes le aconsejaron tener una custodia, aunque sea mínima, pero él lo rechazó. Hasta el último momento se movió en su auto, aún para ir a cenas que se extenderían hasta entrada la madrugada. Tampoco quiere que lo traten de usted. “Te pido que me tutees, no quiero que haya distancia”, le pidió hace días a un periodista. Desde que es candidato, y mucho más aún desde el 11 de agosto, pasa varias horas al día “en línea” en su WhatsApp, donde lejos de lo que podría imaginarse, aún conserva el doble tilde azul y una foto de perfil de hace algunos años con su perro, sentado en un sillón. Tiene cientos de mensajes sin leer y no tiene problema en darle su teléfono a nadie: “Anotá mi celular, 15…”, le dictó, en plena campaña, a un grupo de taxistas peronistas que fueron a sacarse una foto con él.

Algo similar le ocurre con las redes sociales. Fanático de Twitter, en los últimos meses debió medirse con sus respuestas, aunque cada tanto sorprende al felicitar a un estudiante de sociología que acaba de recibirse y le llueven pedidos de saludos. La red del pajarito, además, le sirvió para construir vínculos políticos, como el que tejió con Leandro Santoro: años atrás, el joven radical K lo criticó en las redes, aunque no creyó que fuera el ex jefe de Gabinete de Néstor, todavía distanciado de Cristina. La respuesta lo sorprendió: Alberto, para demostrar la veracidad de su identidad virtual, lo invitó a tomar un café.

Alberto se afilió al Partido Justicialista en 1983 de la mano de su amigo de toda la vida Jorge Argüello, ex embajador argentino en los Estados Unidos y Portugal. En el inicio de la democracia trabajó en la dirección general de Asuntos Jurídicos del Ministerio de Economía, con Raúl Alfonsín como presidente. De esos tiempos guarda una foto con el presidente radical que lo acompaña en sus oficinas y que hace tiempo alguien estampó en una remera y le obsequió. Con Carlos Menem trabajó en la superintendencia de Seguros de la Nación hasta 1995. Luego desembarcaría en la provincia de Buenos Aires con Eduardo Duhalde, como vicepresidente del Grupo Banco Provincia. En 1998, junto a Duhalde, Néstor y Cristina Kirchner, Carlos Tomada, Eduardo Valdés fundaron el Grupo Calafate, con el objetivo de disputar la hegemonía menemista. Ese grupo de pensamiento y debate que tuvo sus primeras reuniones en la casa del matrimonio Kirchner, fue la piedra fundacional del kirchnerismo. A fines de 2017, Fernández trató de emular el grupo Calafate y creó el “Grupo Callao”, que se transformó en la “usina” de ministros de su flamante gabinete.

Con todos ellos mantiene buen vínculo: a Duhalde lo recibió hace poco en sus oficinas; a Tomada le guarda un cariño especial; y con Valdés mantiene diálogo permanente, a tal punto que este domingo, su anteúltima cena antes de asumir como presidente fue en el restaurante del diputado, que se ofreció de anfitrión para un encuentro que incluyó además a Cristina. De esa época (y de antes también) conserva a otros amigos como Julio Vitobello, flamante secretario general de la Presidencia, que ayer, junto a Miguel Cuberos Ignacio Saavedra ultimaban los detalles de la asunción y el multitudinario acto de esta tarde, que incluirá varias horas de música en la Plaza de Mayo.

Fanático del rock nacional, Alberto conserva varias guitarras – una de ellas, tal vez la más extraña de todas, fue un reciente obsequio de una colaboradora tras la victoria electoral – y en la campaña se cansó de cantar “Sólo se trata de vivir” y “La balsa”, los hits de Litto Nebbia, el fundador del rock nacional que fue profesor de guitarra de un adolescente Alberto Fernández. En los últimos meses se dio el gusto de tocar, además, con Gustavo Santaolalla y aprovechó la coincidencia de su viaje a México con una gira de Jorge Drexler para zapar algunos temas con el uruguayo. Fernández cree que se debe potenciar la cultura y proteger a los artistas y creadores. Una de sus primeras definiciones en esta materia fue devolverle rango de Ministerio a la secretaría de Cultura, y poner allí al cineasta Tristán Bauer, un hombre muy cercano a Cristina Kirchner que dirigió, entre otras películas recientes, “Tierra Arrasada” y “El Camino de Santiago”, sobre la muerte de Santiago Maldonado, en el que también trabajó Florencia Kirchner.

CRISTINA Y LA CANDIDATURA

Docente universitario, el 15 de mayo estaba dando clases de Teoría General del Delito y Sistema de la Pena en la Facultad de Derecho de la UBA cuando recibió el mensaje de Cristina Kirchner que lo invitaba a su departamento en Recoleta para mantener una conversación que le cambiaría la vida por completo. Ese miércoles, la ex presidenta le planteó la idea y le dijo que el país necesitaba a alguien como él: «Vos te llevás bien con todos». A la noche, cuando llegaba a Puerto Madero, llamó a su novia, la periodista Fabiola Yáñez, y le dijo que tenían que hablar urgente. A su hijo Estanislao le contó la novedad dos días más tarde, el viernes a la noche, unas horas antes de que la noticia tomara trascendencia pública.

Con Cristina conversa por Telegram, toma jugo de pomelo como pocos (el último fin de semana hasta le convidó de su vaso a Macri en la misa que compartieron en Luján) y cuando no puede conducir su propio auto para las actividades le gusta viajar con Daniel Rodríguez al volante, un amigo al que conoce desde hace más de dos décadas y con quien compartió, por ejemplo, el desayuno previo a ir a votar el 27 de octubre. Es una pieza clave, porque era quien se encargaba de cuidar a su perro cuando Fernández estaba de viaje.

Entre 2008 y 2018 no sólo se mantuvo alejado de Cristina Kirchner, sino que además se lanzaron dolorosas acusaciones cruzadas. En esa década se dedicó a asesorar empresas, trabajó para pymes, dio clases y trabajó en el estudio de la avenida Callao con su socia, la flamante ministra de Justicia Marcela Losardo, quien lo acompañó en cada una de sus aventuras políticas. Su salida del gobierno quedó marcada por la 125, la ley que promovía las retenciones móviles y que desató la guerra del campo con el gobierno. El kirhcnerismo lo acusó de ser un lobbysta del Grupo Clarín y Repsol; y él la acusó de comandar un gobierno “patético”, y hasta llegó a decir que en el segundo mandato de la ex presidenta era “difícil encontrar algo virtuoso”.

El reencuentro con Cristina fue a instancias de algunos dirigentes, principalmente de Juan Cabandié, que insistieron en ambas terminales. Un día, después de bastante insistencia, Cristina le respondió: “Decile que venga al Instituto Patria”. Tras diez años, aseguran que ese día no hubo pase de facturas ni rencores. Desde entonces, Fernández comenzó a hacer con Cristina lo que supo hacer primero con Néstor y luego con ella: construir vínculos y diseñar estrategias. Fue el artífice del encuentro con Felipe Solá, las conversaciones con Eduardo Duhalde y, el más complicado, con Massa.

El presidente cree que las causas por corrupción en la obra pública son parte de una estrategia de persecución y que, a lo sumo, el vínculo con Lázaro Báez fue una “falta ética”. Cree que es necesaria una reforma del Poder Judicial y de los servicios de inteligencia, y no oculta sus críticas a algunos jueces federales con despacho en Comodoro Py como Julián Ercolini, quien procesó y mandó a juicio a Cristina y curiosamente fue alumno de Fernández

Considera, además, que hay que ponerle especial atención a la “corrupción privada”, un tema al que le puso especial énfasis en sus tiempos en el BAPRO. “Para muchos la corrupción no es un problema, siempre es un costo: el que paga una coima lo carga al precio. En el mundo existe lo correcto y lo incorrecto, pero en Argentina hay una zona intermedia que es el curro, algo que en principio está prohibido pero lo toleramos, son vicios, todos tienen pequeñas actitudes que hacen que la sociedad sea menos transparente”, definió tiempo atrás a este periodista.

HERENCIA PESADA

Más allá de los números fríos de una economía en picada, la millonaria deuda, la pobreza y la desocupación en aumento, Fernández deberá lidiar con dificultades de un mundo completamente distinto al del 2003, manteniendo el equilibrio dentro del Frente de Todos, con una particularidad histórica: tener de vicepresidenta a una ex presidenta que se fue del poder con millones de personas cantándole “vamos a volver”, y un presidente saliente que se marcha con un 40 por ciento de los votos.

Más allá de algunas reformas en la decoración, cuando esta tarde Alberto Fernández se siente por primera vez en su despacho en la Casa Rosada no se encontrará con nada muy diferente a lo que supo ver y vivir más de una década y media atrás, cuando llegó de la mano de Néstor Kirchner en medio de una crisis galopante que tiene algunos parecidos con la actual. Sin embargo, habrá una diferencia central: esta vez, la botonera la maneja él, un presidente impensado hace apenas siete meses.