Cristina, la gran ajedrecista del Frente de Todos

Por Daniel Riera.

«Le he pedido a Alberto Fernández que encabece la fórmula que integraremos juntos, él como candidato a Presidente y yo como candidata a vice», dijo ella, y sentenció la historia.

«La sorpresa es un principio de la conducción, vale decir, es el factor que nos permite sacar ventaja de un momento de inacción que el adversario tiene frente a la propia conducción, por no haber previsto un incidente que va a producirse. Para obtener la sorpresa no es necesario que el adversario no conozca nada hasta que se produzca la decisión. No; es suficiente que cuando él la conozca ya no esté en tiempo de reaccionar convenientemente y neutralizar la acción de esa sorpresa. En la acción de la conducción política tiene una importancia extraordinaria la sorpresa. Es mediante la sorpresa que uno, muchas veces, desarma totalmente al adversario político», escribió Juan Perón en su libro Conducción Política. 

Tal como lo aconsejabaPerón,Cristina Fernández de Kirchner hizo la jugada sorpresiva, la que nadie esperaba, y le dio un giro a la política argentina, un giro que terminó sellando la unidad del peronismo y aliados  depositándolo en la Casa Rosada al cabo de cuatro años de macrismo. De manera casi inmediata, apenas el video de aquí arriba fue subido a las redes sociales, se esfumó el frente opoficialista que se había dado en llamar Alternativa Federal. Fue entonces cuando los gobernadores más díscolos se alinearon tras la candidatura de Alberto (sólo rechazaron el convite el cordobés Juan Schiaretti y el salteño Juan Manuel Urtubey), y con el tiempo también se sumaron Sergio Massa, los sindicalistas de la CGT (moderados y moyanistas), y hasta la centroizquierda que alguna vez fue casi AntiK, a través de Pino Solanas Victoria Donda. No eran Todos, pero sí casi todos: una amalgama formidable que se concretó en tiempo récord, que permitió ganar las elecciones en primera vuelta  y que se plasmó además en lo que ni siquiera ella durante sus dos presidencias pudo disfrutar: bloques unificados en la Cámara de Diputados y en el Senado de la Nación.

El Senado que, desde mañana, justamente ella presidirá.

Cada vez que un kirchnerista quiere reírse, evoca aquel vaticinio de Jorge Lanata, que en 2016 le auguraba a Cristina un futuro como «Una pobre vieja sola y enferma». Se equivocaba Lanata, como es público y notorio. Se equivocaban también los macristas que cantaban «No vuelven más». Al cabo de dos mandatos como presidenta de la Nación, Cristina descubrió que la mejor manera de mantenerse en el centro de la escena política argentina era no ocuparla de manera explícita. Para quienes la imaginaban jaqueada por causas judiciales, para quienes creían que bastaba con la sombría figura del juez Claudio Bonadio para sacarla de carrera, ahí está Cristina, con una vitalidad política que la corporación mediática no previó y, desde luego, no deseó. Acaso el 13 de abril de 2016, cuando habló ante más o menos 300 mil personas en la mañana de un día laborable en los tribunales de Comodoro Py, comprendieron que no sería tan sencillo. No sólo por la multitud que salió a bancarla (nadie, ni siquiera aquellos que la odian dudan de que la militancia kirchnerista es la más dinámica y la más masiva del país, y no sólo dentro del peronismo), sino porque, en aquel discurso de Comodoro Py, si se lo leía con atención, allí estaban algunas de las claves de su acción política de los años por venir. Fue ese día cuando propuso «conformar un gran frente ciudadano» que aglutinara a las víctimas del neoliberalismo, un frente ciudadano donde «el punto de unidad son precisamente los derechos perdidos o la felicidad perdida». Entonces Cristina dijo: «Habrá gente que nunca será kirchnerista, pero ¿sabés qué? La cuenta de luz, de gas y el chango del supermercado lo tienen que llenar igual los k, los anti-k y todos». Fue ese mismo día que, enojada con los propios, frenó los insultos de algunos partidarios al diputado Diego Bossio con una tajante lección de política. «Así no van a convencer a nadie», señaló. 

La necesidad tiene cara de hereje y la provincia de Buenos Aires es el distrito electoral más importante del país. Se acercaban las elecciones de medio término, en 2017, y Cristina debió salir al ruedo, tal vez antes de lo deseado, para las elecciones de medio término. Unidad Ciudadana se llamó la coalición que armó en apenas cuatro meses y que la llevó como candidata a senadora («El Frepasito», la llamaba irónicamente Jorge Asís), mientras Florencio Randazzo se quedaba con el sello (pero no con los votos) del PJ y un preocupado  Alberto Fernández decía por las pantallas de C5N «No entiendo por qué estamos separados».  CFK ganó las PASO  y perdió las generales, pero sacó el 37 por ciento de los votos, se convirtió en senadora nacional, evitó una catástrofe electoral y mantuvo al peronismo en carrera con vistas al 2019. Entonces, desde el bunker que había montado en Sarandí para seguir el resultado de los comicios, Cristina dijo a quien quisiera oírla, «Unidad Ciudadana será la base -no la totalidad, pero sí la base- de la construcción de una alternativa a este gobierno».

En público y en privado, siguió tejiendo una unidad con todos los sectores de su partido que tiempo atrás parecía imposible. Recompuso su relación con Alberto Fernández y al poco tiempo éste se transformó en el principal promotor de su candidatura. Fue Alberto, precisamente, quien le sugirió que escribiera un libro en el que expresara su visión de la historia y se defendiera de las acusaciones que había recibido. Así lo hizo. Sinceramente es el libro más vendido desde el regreso de la democracia con más de 300 mil ejemplares vendidos, y representó el 15 por ciento de las ventas de la Feria del Libro. Cada una de las muchas veces que se presentó acudieron miles de personas a lo largo del país. Nunca antes -tal vez con la única excepción de La razón de mi vida y el Nunca Más- un libro había intervenido de ese modo, en vivo y en directo, en el debate político y social de los argentinos. En el día de la presentación del libro, Cristina propuso «un nuevo contrato social» y citó al Perón de 1974, el que se presentó ante el país como prenda de unidad nacional y dejó sus ideas sobre el futuro en el libro póstumo «El modelo argentino». Por esos días, Cristina ya encabezaba todas las encuestas electorales sin haber anunciado jamás su candidatura, pero el peronismo no terminaba de cerrar filas en torno a su figura y el macrismo se preparaba a pura grieta para una campaña sangrienta. Entre los peronistas, y entre todos los preocupados por las consecuencias devastadoras que podía tener una segunda presidencia de Mauricio Macri, se había puesto de moda la frase «Con Cristina sola no alcanza y sin Cristina es imposible». Y así llegamos al 18 de mayo, cuando ella, así como quien no quiere la cosa, subió un videíto a YouTube.

«Le he pedido a Alberto Fernández que encabece la fórmula que integraremos juntos, él como candidato a Presidente y yo como candidata a vice», dijo ella, y sentenció la historia.