Viveros: la mejor forma de miniturismo en el conurbano
Por Leonardo Torresi.
Turismo en el Conurbano no hay. Se podrían ir a ver algunos lugares, como la iglesia con los murales de Soldi en Glew o algunos caserones famosos, como el de Perón de la calle Gaspar Campos, en Vicente López, o la célebre casa de Sandro, pero ¿Quién podrÍa quedarse mas de 5 minutos delante de un paredón de piedra de una cuadra cheta de Banfield?
En el conurbano, hay, sin embargo, una forma de miniturismo, que es la visita al vivero.
Los viveros son algo más, o mucho más, que un negocio común. Con un shopping comparten la idea de la salida, del paseo; con un corralón el adentro y el afuera; pero lo más interesante es que los viveros son lo más parecido que podemos encontrar en el conurbano a un jardín botánico, un zoológico, e incluso esas instalaciones llamadas rainforest que suele haber en algunos centros de atracciones internacionales.
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Los viveros son una fiesta para los sentidos. Hay pajaritos, a lo mejor algún conejo, y si las normativas no autorizan un loro vivo, lo reemplazará algún ejemplar en porcelana fría que no cantará la marcha peronista pero es un adorno posible.
Los viveros son bastante policlasistas o al menos aptos para todos los saldos de tarjeta. De las populares alegrías del hogar que uno puede meter de tres o cuatro en los canastos, hasta la chetada de los cactus o las plantas que de unos años a esta parte todo el mundo llama “suculentas”. Las macetas abarcan todos los gustos: de las de diseño que pueden valer dos lucas hasta las más gauchitas con el plástico que copia el color maceta y hasta trae una banda dorada alrededor.
Hay agua chorreando en alguna fuente con aspiraciones grecorromanas, árboles frutales que jamás compraremos (el limonero es prácticamente el único arbol con recompensa habilitado en el conurbano) y, lo más excitante, porque refuerza la idea del tour, algunas plantas que están ahí solo para ser observadas durante la visita, ya que los propios dueños desaconsejan comprar porque casi ninguna de las condiciones ambientales o de intensidad de cuidado que les podamos brindar en nuestras pobres rutinas garantizarían su supervivencia.
Los dueños son casi siempre familias con vocación de servicio, en el sentido menos irónico. “Traeme una hoja”, es la respuesta fervorosa apenas uno les sugiere que tiene algún problema con alguna planta de la casa.
Si pensamos en grande, los viveros, junto con las plazas y parques (que están siempre por debajo de la superficie por habitante sugerido por los organismos internacionales) son el pulmón verde de nuestras localidades superpobladas.
Conurbásico: los viveros son lo que más se acerca a la idea de escapada a la naturaleza que tenemos a mano.
Y que puede quedar perfectamente a dos cuadras de la casa de uno, enfrente de cualquiera de la canchas del ascenso y con una gomería de un lado y el local del pibe que arregla consolas del otro.

