El Rosarigasario de Fontanarrosa: un homenaje

Por Pablo Barreiros.

Llegué deambulando hasta la esquina de Mendoza y San Martín. Rosarigasario está más Londres que nunca, frío ribereño, bruma espesa, viento del sur. Gris, todo muy gris. Recordé que sobre la calle Mendoza se ubicaba el teatro del Círculo, hermosa construcción repleta de historia e historias, y decidí rumbear hacia él para buscar algo en este mediodía de invierno, haciendo tiempo en mi periplo de turista (aunque más bien me considero un viajero) mientras espero a quien tengo que contactar recién para las 17 horas. La intención es encontrar algún eco, alguna reverberancia acumulada de la risa de De La Concha ante la antológica semiología del hermoso del Negro Fontanarrosa, hablando con total seriedad sobre la fuerza de la letra “R”, las “malas” palabras y la derrota cultural de la Revolución Cubana.

Un pibe de barba me considera perdido ante mi consulta con el mapa desplegable conseguido en la Secretaría de Turismo, sobre la peatonal, y pregunta afablemente como me puede ayudar. Le respondo complacido por la onda que estoy buscando el teatro. A dos cuadras, me indica, señalando la dirección con su índice derecho que termina conectando con la perspectiva de un grafiti que me llama la atención de inmediato y agendo en mi mente para evaluarlo ni bien me despida del flaco. ¿Será Leproso o de Central? No hay modo en Rosario de tener otra ideología o religión. “La esencia de todo arte es tener el placer de dar placer” reza la pared. ¡Y sí! Termino por confirmar que me encuentro en Rosario. Esto es Rosario, pienso, el arte es Rosario; la onda de preguntar al ignoto transeúnte perdido es Rosario; ser muy british es Rosario; la duda recurrente entre la filiación futbolística es Rosario. Fontanarrosa, el Negro, es Rosario. Es sentido de pertenencia, es irse para vivir volviendo, placer, amistad. Filosofía barrial y popular a modo de situaciones cotidianas.

Es casual, bah, en realidad no lo sé si tanto, que  me encuentre volcando estas palabras en el Cairo, el bar (hoy muy parecido a un shopping) donde el Negro pareció ser cotidianamente feliz, junto a sus amigos/contertulios/conocidos. Recuerdo que su partida fue un viernes y lloré al enterarme. Recuerdo que al día siguiente en la Liga de futbol dónde jugábamos con la República Separatista de Lanús, le solicitamos al árbitro, consensuando previamente con el capitán rival, hacer un minuto de aplausos antes de comenzar el partido. Recuerdo la cara del árbitro que parecía no comprender en contexto la importancia del pedido para nosotros. Recuerdo que sentí que ese podía ser el mejor homenaje posible que desde nuestro humilde espacio en esta tierra le podíamos dar.

 

En una librería de la esquina de San Lorenzo y Sarmiento, compré una libreta Moleskine, ese místico anotador de las películas que trae un elástico para mantenerla cerrada, tal vez con la esperanza de que el Negro también llevara una con él a todas partes para anotar sus ocurrencias en tiempo y lugar. Y reconozco que lo hice con cierta arrogancia de querer asemejarme a él, prometiéndome usarla para volcar todo evento inmediato que me resulte digno de ser relatado. Por lo pronto, la estoy inaugurando con una caricatura que copio de la mesa donde tomo el café y estas palabras manadas del espíritu del Negro, que ronda en este éter perfumado de ciclamato, carente del humo de cigarrillos irrespetuosos de otrora, con lugares repletos a las cinco de la tarde (ya se acerca mi cita), y tres mujeres muy mayores que juegan al Buraco en la mesa de atrás y me agrada imaginar que son habitúes del lugar y que en su momento el Negro las puede haber utilizado para dar vida a alguno de sus personajes. Como El Viejo Casale, el Loco Cansino, Inodoro, Mendieta, Boogie, y todas aquellas creaciones suyas que me hicieron soñar con morir en la cancha gritando un gol de mi equipo contra el clásico rival. Todos ellos, hasta los que desconozco, impulsan esta garra izquierda, que experimenta la vergüenza de continuar escribiendo, mientras vuelvo a sentir aquella congoja de 2007.

¡Gracias por todo, Negro!

 

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