El golpista Juan Guaidó, la obsecuencia de Macri y la pésima costumbre de los «golpes parlamentarios» en América Latina

Por Daniel Riera.

Lo que sucede con el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela no es otra cosa que un intento de golpe de Estado. No hay muchas vueltas para definirlo. Tampoco las hubo en Honduras en 2009, con la destitución de Manuel Zelaya; en Paraguay en 2012, con la destitución de Fernando Lugo, y en Brasil en 2016, con la destitución de Dilma Rousseff. Casualmente, ninguno de los tres era del agrado de los Estados Unidos. Que se apliquen subterfugios parlamentarios y que el presidente sea un civil y no un militar puede confundir sólo a aquellos que deseen ser confundidos. Los tanques de guerra en la Casa de Gobierno, los «comunicados número 1» y los dictadores con ropa de fajina cada vez son más inusuales: ahora los golpes los da – o al menos los intenta dar- el Congreso, con los mismos apoyos externos de siempre.

En la Argentina tuvimos nuestro propio golpe parlamentario: fue en 1962, el derrocado fue el radical intransigente Arturo Frondizi y el que llegó en su lugar fue José María Guido, presidente provisional del Senado. Detrás de Guido estaban las botas, como siempre. Puede decirse que la legitimidad del mandato de Frondizi era menor que la del de Maduro, en la medida en que accedió al poder bajo elecciones con el partido mayoritario (el peronismo) proscripto. Sin embargo, no lo derrocaron por eso sino precisamente por lo contrario: en 1962, Frondizi empezaba a desproscribir al peronismo y así Andrés Framini ganó con toda comodidad las elecciones a gobernador de la provincia de Buenos Aires. No llegó a asumir. El golpe vino antes.

Hay mucha gente en las calles de Venezuela apoyando al golpe: sí, es cierto. Este apoyo de una parte de la ciudadanía no lo hace legítimo. De acuerdo con lo que entendemos por sistema democrático, gobierna el que tiene más votos y los que quieren el golpe, ay, o bien tuvieron menos que Maduro o bien, directamente, ni se presentaron a elecciones. También hubo una multitud en la Plaza de Mayo el 6 de septiembre de 1930, con el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen, y otra el 16 de septiembre de 1955, cuando la autodenominada «Revolución Libertadora» derrocó a Juan Domingo Perón. Todos los golpes de Estado alegran a los más enconados opositores al gobierno, pero la democracia es otra cosa.

Dicen que Maduro hizo fraude. Bien:   “…el proceso electoral llevado a cabo en Venezuela el 20 de mayo de 2018 carece de legitimidad por no haber contado con la participación de todos los actores políticos venezolanos, ni con la presencia de observadores internacionales independientes, ni con las garantías y estándares internacionales necesarios para un proceso libre, justo y transparente», dijo la declaración de los 12 países reunidos en Lima, conocidos como el Grupo de Lima. El hecho es que hubo elecciones de las cuales participaron seis fórmulas y 16 partidos políticos, que se adelantaron en el marco de un diálogo con la oposición (correspondía legalmente que fueran en diciembre), y que hubo 150 personas que participaron como veedoras: 14 comisiones electorales de ocho países, 2 misiones técnicas electorales y una delegación de la Central Electoral de Rusia. Una de las personas que dio fe de la legitimidad de los comicios fue el ex primer ministro español José Luis Rodríguez Zapatero, insospechado de chavista. Tres fuerzas políticas decidieron no participar de los comicios, con el objetivo político de restarles representatividad: son las que forman la llamada «Mesa de la Unidad Democrática». De una de ellas, Voluntad Popular, proviene Juan Guaidó, el hombre que se autoproclamó presidente de Venezuela.

El reconocimiento rápido de Mauricio Macri a la «presidencia» de Guaidó, como sólo lo hicieron hasta ahora 14 países en el mundo, entra en el terreno del papelón, de la obsecuencia y de la intervención en los asuntos internos de otros países. Los 180 países restantes prefirieron ser más prudentes. Macri mostró la misma velocidad en reconocer al igualmente ilegítimo gobierno de Michel Temer, cuando incluso se adelantó a los Estados Unidos. Lo mismo hicieron los supuestamente opositores y supuestamente peronistas Sergio Massa, Miguel Ángel Pichetto y Juan Manuel Urtubey, muy a menudo alineados con las políticas de la Casa Rosada, y acaso también de la Casa Blanca. Ni siquiera la Unión Europea -que sí cuestionó las elecciones de mayo de 2018 y, por ende, la legitimidad de Maduro- se atrevió a tanto. Pidió adelantamiento de los comicios, diálogo entre oficialismo en la oposición, pero no reconoció a Guaidó como presidente. Si se concreta, el de Guaidó será el cuarto golpe de Estado en diez años en el continente. Ojalá que no.

 

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