«Descarga»: el texto que escribió Paco Urondo al enterarse de la muerte del Che

Hoy se cumplen 52 años del asesinato de Ernesto Che Guevara, en Bolivia, por una patrulla del ejército boliviano. Conmovido ante su muerte, el poeta, periodista y militante Francisco Urondo escribió este texto que aquí se reproduce.

Estoy por entrar al Cine Luxor, sobre la calle Lavalle, voy a ver una francesa que en su idioma original se llama Rey de corazón o decorazones y aquí la han rebautizado -imperativos comerciales- con un nombre absurdo que no me acuerdo bien cuál es. Me han hablado bien de este film y cuando salga opinaré, en efecto, que era muy lindo, que anda en esa línea de películas francesas como Los visitantes de la noche y alguna otra de esas: que el director, de Brocca, es muy bueno y una serie de cosas por el estilo. Antes de someterme al tratamiento de boleteros y acomodadores y disponerme a mirar el noticiero -donde ya sabemos las barbaridades que se pueden llegar a decir-, alcanzo a relojear los titulares de la quinta, justo en la esquina deI cine. Pero sigo de largo, porque esa noticia de que lo habían agarrado era un cuento de la semana pasada. Este chanta -chantapufi- de Barrientos, reflexiono, playboy subdesarrollado, fanfarrón, como dijo el último Nouvelle Observateur, ése que sacó en tapa una foto suya, adelantándose en una semana a lo que harían prácticamente todas las publicaciones del mundo: ese que tenía el artículo donde se decían cosas tan justas como que él no es un quijote, como muchos piensan un poco sobradoramente, sino que del quijote tiene el estilo y otra cosa son los objetivos de uno y de otro.

Entro finalmente al cine y tenían razón, la película es linda, no más: un grupo de locos se hacen cargo de la ciudad: son locos candorosos, como cronopios y ahora ocupan el lugar de la gente seria y así no tienen problemas, ni disputas, ni muertes: se entienden, el amor los rige. Alentado por la proposición del film, me vuelvo a casa caminando y me pongo a cocinar un guiso de lentejas que todos dicen que me sale muy rico: vienen amigos a comer, a despedir a otro amigo que se va a Francia a trabajar, porque aquí, de su país, prácticamente lo han echado a patadas, cuando vinieron estos últimos diciendo que iban a arreglar todo; nuestro amigo hablará otra lengua, enseñará allí lo que pudo enseñar aquí, nos extrañará y nosotros también, compañeros de mi vida. Melancólicamente, cariñosamente condimento ese plato fuerte, pero tengo problemas para meterme en el asunto: me interrumpen, me llaman por teléfono porque la noticia va tomando cuerpo, que no alcanzó en ningún momento de la semana anterior. Puede ser una patraña mejor armada: una patraña para desalentar -personalmente prefiero la gente que se mueve sobre la esperanza y me repugnan quienes especulan con el desaliento. Dentro de pocos minutos empezará a llover.

Durante una semana lloverá ininterrumpidamente, y los menos crédulos, o los no supersticiosos, pensarán que es una casualidad, una mera: que es un poco excepcional lo que está ocurriendo, pero fortuito. Los amigos van llegando cada vez más mojados, esta vez se largó en forma este tiempo de porquería. Pero las conjeturas, esta vez no son a la porteña, es decir no se habla de la humedad y las calamidades que desencadena: ni del hígado, esta vez se conjetura de otra manera; no hay serenidad, hay silencio, nadie levanta la voz aunque duden, porque realmente es raro que pudieran acorralarlo, por más mal que anduviera la cosa -andar mal, andaba, porque en los últimos tiempos habían dejado de atacar y cuando no se ataca-; y si todo fuera un desastre tenía que haber manera de sacarlo de allí, era demasiado valioso para que una patrulla, o algo por el estilo. Claro que pudieron ser sorprendidos, las delaciones y esas cosas: pero todo tiene la facha de estar preparadito por la siniestra y torpe y poderosa y enferma mano de la CIA. Es imposible que tengan tanta suerte, o que las cosas estuvieran tan frágiles. Tan es así que al día siguiente nadie cree nada, aunque siga lloviendo: y las ilusiones son rescatadas y compro el diarlo y mojándome veo esas fotos, Dios santo. Nadie se llama para ver qué le parece, si no será mula: al rato uno que otro dice que las de La Prensa son más que las de la Razón: la misma con esos ojos abiertos, rompiendo el porvenir, y esa especie de sonrisa con la boca fuerte, pero muerta.

Bronca, mucha bronca: mucha rabia. Y una de esas tristezas que te la voglio dire, con ganas de llora o de gritar como un burro perdido en el medio de las sierras. Es mi hermano mayor, el único que me quedaba y ni siquiera puedo rebuznar en el medio de la calle empapada, con el lomo echo sopa: es el único que me quedaba, depués vienen los más chicos: sí, era el que le seguía. Lo seguíamos, mejor dicho: y no porque sí. No, no tiene nada que ver con un aventurero: usted no puede entender bien esto, usted vive en un pais rico y yo me doy cuenta porque también este es un país bastante rico al lado de lo que son estas patrias latinoamericanas. Por eso me doy cuenta, porque estoy un poco en el medio -ni chicha, ni limonada- que usted no puede entender: yo un poco más porque tengo amigos que se tienen que mandar a mudar, sin ir más lejos y porque allí la gente se muere de vieja y aquí nomás, en este país que no es de los peores, en Salta y seguramente en otras provincias, cada vez que pasa un minuto -creo que menos de un minuto- se muere un chico de enfermedades curables o sencillamente de hambre, y esto lo dice la UNlCEF o una de esas. De todas formas, aunque le resulte difícil hacerse la idea, tendría que preocuparle la cosa de ese asunto de la dignidad humana: por esa idea de hacer un hombre nuevo, como él se ha cansado de repetir.

No, no hay otros caminos, si quiere habrá muchas formas de andarlos, pero por las buenas no vamos a salir de perdedores. Subo a un taxi donde hablan de él, recién empiezan a conocerlo, a saber que se arriesgó y eso impresiona, a lo mejor empieza a dar conciencia: el chofer admite que podía haberse quedado allá tranquilamente y que sin embargo vino aquí y se la jugó. Recién te avivás, Che, pero no le digo nada: cómo podía saber este muchacho de barrio meloneado por Meinas y Celtic y Bonavena y la vuelta del hombre, que él andaba por allí, como un linjera, fusil al hombro, peleando por unas ideas raras, imposibles dirán los profesionales, mientra su mundo se les deshace a sus pies. Es un compatriota, viejo: como Fangio, como Gardel, hasta como San Martín. Mejor que todos ellos juntos, querido. Que toda la historia y nuestras emancipaciones parciales, nuestras glorias aparentes y tangos llorones que vienen lamentando esta muerte como si aquellos compadres que inventaron la milonga hubieran sido víctimas de una sorda y melancólica premonición: aquellos cafiolos que ya tampoco están, porque todo está muerto y sigue lloviendo sobre la ciudad que se inunda, como Macondo, ese pueblo inventado por el Gabriel García Márquez, ése pueblo sobre el que llueve durante cuatro año seguidos -una garúa pasajera dijo, si esta garúa me moja dijo, tiro el paraguas a la mierda- después de que los extranjeros manosearan y saquearan y envilecieran y asesinaran. O para mucho antes, cuando el famoso diluvio que no debió ser para tanto al lado de lo que nos está pasando, porque aquí la cosa no arregla con salvar un casalito de cada especie: o entramos todos al arca o nos morimos ahogados. Pero todavía no nos ahogamos, empezamos a sufrir y reaparece una esperanza, asoma la cabeza con esa pertinacia que tiene la pobre aunque nadie la llame y sea inútil: pero tanto insiste que uno termina hablando de trucamiento de fotos, de que no lo vio la gente que lo había visto en vida, de que dónde diablos lo metieron, por que razón esconden las huellas digitales y de todo lo que puede llegar a hablar un habitante de esta ciudad cuando anda medio desesperado y se acoda en la mesa de un café incluso suburbano, de esos que ya comienzan a inundarse por las lluvias: Avellaneda, Lanús, pronunciando su nombre por primera vez y en plena evacuación de inundados, en pleno naufragio de sus casitas propias, y de sus propiedades privaditas. Y viaja un hermano hasta el vecino país, país hermano donde nadie sabe dónde estaban metidos los mineros, ni los estudiantes, ni qué pasó con los dirigentes -más vale que las cosas no hayan s ido como después se diría, más vale que las delaciones o las infidencias, ó los descuidos o como quierán llamarle, no hayan ocurrido-: y el hermano llega no para averiguar todas estas cosas sino para saber simplemente si ése es realmente su hermano, para mirarlo por última vez y tirar sobre su cuerpo el primer puñado de tierra sometida.

Pero llega tarde, lo tienen de aquí para allá y finalmente le salen con eso de que no solo está enterrado sino incinerado y de aquí empezarán a creer las fantasías, ya que era imposible incinerarlo porque no había crematorios: de que lo habían intentado, pero infructuosamente, de que lo habían llevado aquí o allá, incluso Estados Unidos: en fin, pasaba lo que pasó con el cuerpo de Evita que todavía andan diciendo cosas y descubriendo lugares. Pero con tantas contradicciones, todos sospechan que realmente su cuerpo sea ese que en pena andará pór esos cerros o por las entrañas del monstruo, y nadie cree y su hermana sonrie y hasta nos entusiasmamos porque la esperanza, esa maldita, nos ha seducido otra vez y ya nadie cree, ni el taxista, ni los inundados, ni nosotros y Ovando que como si nada tuviera que ver con el asesinato, le comenta al propio hermano, por qué no se fue, como diciendo por qué nos obligó a esto que ahora nos acongoja, por qué no se fue, su hermano se pudo haber ido, como diciendo y nosotros ahora nos sentiríamos mucho mejor pero todavía nadie le cree, piensa que está embalurdando, que no responden sus palabras incluso a la sinceridad, al posible cansancio del asesino profesional, a su tedio sustentado en la pereza que le da reiterar monótonamente su tarea: aunque en particular esta gente sea la primera vez que lo hace, no importa, porque son heredos asesinos y hasta es posible que sinceramente lamentara tener que haberlo liquidado de mala manera y yo pienso que si él ha muerto así, nosotros hombres de su generación, también terminaremos de mala manera, derrotados o con un balazo trapero y los ojos abiertos para llegar a mirar, como los gatos, en plena noche, en plena violencia, los primeros pasos del único mundo que admitimos. Y justamente esa noche todo hace pensar que no hay duda, que ya empezó la cosa, que nadie intente volverse atrás, porque es demasiado tarde, casi de madrugada y abrimos el diario fresquito,
todavía con olor a tinta -ese olorcito que tanto seduce a la gente de mi profesión- y, para mayores detalles, en la segunda de Clarin, Debray declarando, extendiendo el primer certificado de defunción, porque por más mal que la haya pasado, no puede decir que está muerto si no tiene la certeza y me imagino a los enviados especiales, tan mundanos, tan acostumbrados a andar por allí, y ahora llenos de polvo y calor y coyas que los miran sin sonreír, sin saber qué tienen que hacer, si delatar o salvar, balbuceando, una vida triste, demasiado tiempo arrinconada. Esa noche no hay caso, no te podés dormir: alguien te agarra de la garganta, y no te deja respirar y querés gritar, como un burro, como un cóndor, como un pobre gato herido y no hay caso; tampoco se puede llorar, a lo mejor dar una trompada contra una pared o contra una puerta y romperte una mano o romper unos visillos de madera y los vecinos no tienen idea de por qué uno se ha puesto así y pasa una pareja por la calle y te miran y sigue lloviendo.

Al día siguiente mi mujer le pasa a mi hija un cuento de Cortázar; dentro de un rato vamos al puerto a despedir a ése amigo; el protagonista del cuento también se llama Ramón, como le decían ahora en Bolivia: había sacado el nombre del cuento donde él es el protagonista, como ahora también lo es de todas las conversaciones -no se puede hablar de otra cosa, parece mentira- de todos los sueños, de todos los sentidos, de todo lo que se ve y se toca y cuando leo el epígrafe donde dice eso de morir dignamente junto a un árbol estoy a punto de no aguantar y tampoco al dia siguiente cuando escucho un disco en el que el otro dice que esta humanidad ha dicho basta y ha echado a andar. Y, no se sabe cómo, vuelve el hermano y el padre también dice y la esperanza es reflotada, porque a ese Ramón no le faltaban los molares que él ya no tenía; y tampoco los médicos hablaron de la herida de Playa Girón y las infelices ilusiones se reacomodan sobre un lecho de hojas quebradizas, porque justamente la muerte les sirve de sustento. Y ahora sí que sigue lloviendo y es domingo y teóricamente han pasado ocho días; después conoceremos el nombre de ese capitancito Gary Prado y las órdenes que él mismo impartía para que lo curaran, y ese cachetazo a ese coronel Selniche y después esa bala en el corazón y los testimonios de que no está herido de muerte que dieron los soldaditos Beno Giméncz, Miguel Taboada, Julio y otro, que también vieron cómo el capitán disparaba su pistota y el forense Martínez Caso asegurando que tenía siete heridas de bala, cinco de ellas en las piernas, una en la garganta -cayó y el ”Willy” lo cargó en hombros pero lo arrastraron y él quiso defenderse, pero se le trabó el arma- y la restante en el pectoral, debajo de la tetilla izquierda; este proyectil le atravesó el corazón y el pulmón. Usted cree que con esa herida pudo sobrevivir siquiera diez minutos, como dijeron. No, imposible, es una herida mortal; en fin, estaba muerto y asesinado; sigue lloviendo y es domingo y teóricamente han pasado ocho días; hay ciento cincuenta mil refugiados, 100 muertos habitantes de Buenos Aires, la Reina del Plata, la capital más grande del subdesarrollo y manejo un Fiat 600 prestado y voy a casa de un amigo que tiene una radio transoceánica y, en una de esas, se puede escuchar el discurso de Fidel, a pesar de la tormenta. Manejo despacio, con prudencia, esta mañana amaneció muerta una tortuga que hacía un mes le había regalado a mi mujer y que es un bicho que se supone debe vivir más de trescientos años y que en realidad es un sobreviviente antediluviano; no se ve bien con esa cortina de agua, de tiempo, de porvenir muerto cayendo sobre la ciudad y enciendo la radio del coche para ver si pasan algún informativo mientras vamos llegando y dicen que ha admitido que esa muerte es tristemente verídica.

Ha corrido la suerte del agredido, aunque el agredido no corrió su suerte. Sigue vivito y coleando y ya escucho en esa radio tan potente detalles fatídicos entre descargas electricas, flotando en un éter contaminado y no queda más remedio que admitir y al día siguiente su hermana me dice que sí, que era su cuerpo, que ahora se daban cuenta de que no quería reconocerlo, que negaba la gran desgracia de América; su cuerpo de santo, porque yo no sé si lo conocíamos bien me dice, pero le ha salido ese aspecto de santo que a lo mejor era necesario también para sacudir ese mundo postrado, aunque parezca un precio demasiado alto para terminar con el oficialismo de izquierda y los grupitos disidentes y paralizados y los focos aislados y empezar de una buena vez, antes que algunos pretendan desensillar y todo termine en lamentaciones, y nadie haya perfeccionado los errores, porque aquí no se trata de andar dejándose madrugar; veo el porvenir en el pleito de sus chicos y el de los míos y de tantos en esta tierra basureada. Ya no se le pueden pedir órdenes a mi comandante; ya no anda para seguir contestando; ya ha dado su respuesta. Habrá que recordarla, o adivinarla o inventar los pasos de nuestro destino.